Alto Aruya

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miércoles, 1 de julio de 2020

EL CAZADOR Y EL JAGUAR

En un lejano lugar de la selva, vivía una vez un cazador Ashéninka junto a su esposa y sus dos pequeños hijos. 
En cierta ocasión el hombre se fue al monte a revisar una trampa de aves que había dejado el día anterior.
Esta trampa se llamaba horcadera y constaba en cercar con hojas de palmera los senderos por donde las perdices y panguanas frecuentaban en busca de sus alimentos. 
Una vez hecho el cerco; en cada sendero se entreabría un poco las hojas y, en estos espacios se colocaban cuerdas de nailon con un nudo corredizo, de tal manera que las aves terminaban ahorcadas cuando intentaban pasar.

Aquel hombre caminaba tranquilo a través de la maraña con su arco y flechas en la mano. Atravesaba cristalinos riachuelos y con su presencia hacía huir a uno que otro venado que se le cruzaba por el camino.
A esas horas de la tarde, las diurnas aves daban sus últimos cantos y era todo un  maravilloso concierto de melodías que alegraban y enfriaban el corazón del selvático. 

Él anhelaba encontrar una perdiz azul para preparar con ella un delicioso caldo con yucas.  Esta especie se caracteriza por poseer un brillante plumaje azul en su pecho y también, por ser de un mayor tamaño.  

De repente, en medio de su trayecto un crujir de hojas secas lo detuvo. Volteó a ver a todos lados y no había nada.  Entonces continuó su camino hasta pasar por un lugar lleno de árboles de guavilla y, en cuyas ramas muchos monos pichicos se deleitaban con sus gordos frutos.
"La próxima vez voy a traer a mis hijitos para que vengan a recoger guavillas" pensó el cazador. 
Y mientras se alejaba del lugar se oyó un fuerte bullicio tras sus espaldas. Eran los monitos quienes chillaban alborotados como si hubieran visto algo que les había perturbado tremendamente.

Esta vez el ambiente se volvió un poco tenso; por el aire se percibía unos escalofriantes respiros que no provenían necesariamente del cazador. El hombre pausó la marcha, ya que de repente comenzó a sentirse vigilado por unos ojos procedentes de los matorrales. Volteó a observar a todos lados de nuevo y soltando un hondo suspiro aceleró el paso. 

Ni bien llegó a las horcaderas se puso a revisarlas una por una. En la primera; no había nada; en la segunda; una pequeña panguana pero, en estado de descomposición.
-Pucha, esta habrá caído temprano- se lamentó el hombre y antes de que pudiera dar un paso más, un fuerte aleteo le llamó la atención; más adelante, una gran perdiz azul había caído en la trampa. El ave trataba de huir y el cazador corrió a sujetarla cuando de pronto un poderoso rugido le puso los pelos de punta. 
Al tratar de mirar hacia atrás solo sintió un pesado cuerpo que se abalanzó sobre él y lo derribó al suelo. ¡Se trataba de un enorme jaguar!

Comenzó entonces una mortal lucha entre el cazador y la fiera; esta con sus garras trataba de sujetarlo y tomarle del cuello, mas el desdichado hombre se protegía como podía.  
Para suerte del cazador, ese día utilizaba cushma. Entonces tomó una de sus flechas e hirió al animal en el pecho. Este lo soltó y lanzó un fuerte gruñido, en ese momento el cazador sin saber qué hacer, se sacó su cushma y se la puso en la cabeza del jaguar.
La enfurecida fiera trataba de quitársela de encima y el hombre aprovechó para huir del lugar. 

Corría sin mirar hacia atrás; sorteaba árboles, saltaba troncos caídos, cruzaba arroyos, y por momentos creía escuchar los pasos del jaguar corriendo tras él.
Como loco salió gritando del monte hacia su patio donde jugaban felices sus dos pequeños hijos. De inmediato los tomó en sus brazos y los metió en la casa donde se encontraba su esposa tejiendo una canasta.

Cerró de golpe la puerta y exclamó:
-¡Kashekari! ¡kashekari!-*
Su mujer lo miró con los ojos bien abiertos mientras este caminaba de aquí por allá observando hacia el monte por las rendijas de la casa.
Estaba semi desnudo y ensangrentado, su pecho y piernas estaban llenos de arañazos y, en sus brazos tenía marcas de las mordeduras del jaguar. 

Ya estaba oscureciendo así que al ver que nada sucedía, salió a revisar todo el lugar. Luego juntó bastante leña y encendió una fogata en el patio para alumbrarse por la noche. 
Por su parte, su esposa le preparó algunos remedios para aliviar sus heridas y después, se puso a dormir a sus hijitos para que no hicieran ningún ruido, ya que seguramente aquella noche el felino seguiría el rastro del cazador hasta llegar a su casa.

El hombre pasó la noche entera cuidando de su familia y felizmente amaneció el día sin ningún suceso, apenas se habían escuchado algunos rugidos lejanos por la madrugada. 
Como ellos vivían solos en esa parte del monte decidieron mudarse rio abajo cerca de unos parientes suyos y allí construyeron su casa. 

Por otro lado, el cazador continuó yendo al monte hacer sus horcaderas. Pero en estas veces llevaba consigo una escopeta que había conseguido gracias a unos regatones que llegaron a la zona. 
De esta forma se sentía más seguro, ya que ahora podría defenderse de cualquier ataque, ya sea del mismo jaguar o cualquier otra fiera del monte.

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*Kashekari: Jaguar en idioma Ashéninka.

Cuento
▪Autor: Fernando Bartra

sábado, 13 de junio de 2020

El Bufeo Colorado

Lorenita bailaba alegremente en medio de la multitud al ritmo de la cumbia.
Era el aniversario de su distrito y el alcalde había armado un fiestón para toda la población.
Aquella noche tocaba la mejor banda local. Además, había bastante comida, muchas cajas de cerveza y grandes tinajas llenas de masato. 

La joven como buena Asháninka vestía una hermosa cushma color caoba que estaba adornada con semillas, huesos y coloridas plumas de guacamayo. 
En sus mejillas resaltaban unas brillantes líneas rojas pintadas con achiote. Asimismo, llevaba suelto su largo cabello negro y con una cautivadora sonrisa llamaba la atención de propios y extraños.

Sin embargo, ella no había venido sola. Sus padres y demás familiares habían acudido a la celebración también. Ellos estaban sentados en las bancas, al costado del escenario, conversando amenamente con otros paisanos venidos de lejos.

De repente los ojos de la joven se cruzaron con las de un muchacho rubio, alto y buen mozo. Este parecía haberla estado vigilando y extrañada se preguntó: 
-¿De dónde será ese chico?-
Y continuó bailando tratando de restarle importancia al asunto cuando sintió que alguien le tocó los hombros y oyó una voz que le dijo:
-Hola señorita ¿puedo bailar con usted?-
Asustada se dio media y al darse cuenta de que se trataba del misterioso muchacho sonrió nerviosa.
-Hola buenas noches. Sí amigo.- y comenzaron a bailar y charlar jovialmente.

-Tu vestido te queda muy lindo- Le dijo el joven.
-¡Ay gracias! Sí, es la ropa tradicional de mi pueblo- respondió sonrojada la muchacha.
-¿Y cuál es tu nombre linda señorita?- prosiguió.
-Mi nombre es Lorena ¿y el de usted?-
-Me llamo Gabriel y soy natural de la costa-.
-Que bueno joven ¿y ya has probado el masato?-
-¡Oh, todavía no! ¿serías tan amable de convidarme?-
-¡Ay perdón, por supuesto que sí! ¡Que mala anfitriona soy!- exclamó con risas la muchacha y fueron a beber la espumosa bebida.

Al promediar las once de la noche todos estaban ebrios y bailaban con regocijo al son de la música. 
-Vamos andar un rato por el puerto para que te pase la mareación- Le propuso el joven.
Lorena asintió con la cabeza y se fueron caminando guiados por la luz del alumbrado público.
El extraño le inspiraba confianza, ya que se había mostrado respetuoso y caballeroso con ella. Por otro lado, sus padres Don Joel y Doña María no se habían percatado de la ausencia de la muchacha y seguían brindando y conversando.

Aquella noche una fresca brisa soplaba en el puerto. El cielo estaba estrellado y se escuchaba el golpear de las olas contras las muchas canoas y botes de los visitantes que habían venido desde sus comunidades para participar del evento.

Mientras caminaban por la orilla Lorena le preguntó al muchacho cómo era el lugar donde vivía. Al oír esto, los ojos del foráneo se tornaron rojos como brasas ardientes y volteando a mirar a la chica, le agarró fuertemente del cuello y cubriéndole la boca con sus manos la arrastró hacia el agua.
Ella desesperada pataleaba y trataba de gritar pero, el muchacho la sumergió rápidamente con él.
 
Mientras tanto en la fiesta sus padres se despidieron de sus paisanos y fueron a buscarla para regresar a casa. Sin embargo, no la encontraron por ningún lado. Entonces comenzaron a preguntar a la gente que estaba en el lugar y estos les contestaron de que la habían visto salir de la fiesta con un hombre.
Estas palabras hirieron el corazón de los padres de Lorena. 
¡No podía ser posible que su querida hija hubiera sido capaz de hacer algo semejante!

Decepcionados esperaron unas horas más por si la chica volvía pero, esta no regresaba.
Entonces decidieron retornar a casa, ajenos de lo acontecido con la muchacha. 
-¿Cómo es posible que mi Lorenita haya hecho algo así?- Se preguntó dolido Don Joel. 
-Mañana va a chupar una bruta ishangueada esa muchacha- Repuso enojada Doña María, su madre.
-¡¿Dónde ha aprendido que debe encamarse con cualquier sisurro?!- prosiguió malhumorada.

Al día siguiente, la madre de Lorena la esperaba en casa con una rama de ishanga mas, su hija no se apareció en todo el día. 
Entonces preocupados salieron a preguntar por ella de aquí para allá. 
Alguien debería saber algo de la muchacha, ya que era muy conocida en aquel pueblo por ser amable y solidaria con todos.
Sin embargo, regresaron entristecidos sin mayor información sobre su hija, aparte de ser vista andando con un extraño en la noche de la fiesta. 
 
Los días pasaban y era tal la desesperación de sus padres que no tuvieron más remedio que acudir a un poderoso brujo de la zona. Este les dijo que era necesario realizar una sesión de ayahuasca y les pidió que volvieran a cierta hora de la noche.

Así que más tarde a la hora pactada la pareja acudió a la cita. Dentro de una casa vieja, en un cuarto oscuro y  bien cerrado, los tres tomaron una copita de ayahuasca. Entonces el curandero se puso a cantar los ícaros y las visiones empezaron.

Ante ellos apareció un maravilloso y conocido paisaje. Era un paraje que quedaba a unas vueltas rio abajo donde se ubicaba una profunda poza. Delante de sus ojos se formaron temibles remolinos y hermosos seres comenzaron a emerger y llenar el lugar. 
Aparecieron bellas sirenas que saltaban y jugaban en el agua. Por otro lado gigantescas anacondas se enroscaban entre ellas y también los enojados yacurunas salían a observar lo que sucedía montados en sus coloradas anguilas.

Los padres de Lorena miraban atónitos todo este acontecimiento y de repente, desde otro turbulento remolino emergió su querida hija junto al misterioso muchacho quien la había raptado. Este no era más que el mismísimo bufeo colorado que los miraba con ojos inyectados de odio.
La chica al ver a sus padres corrió llorando hacia ellos y cuando quiso abrazarlos el bufeo colorado la arrastró hacia él y se sumergieron de nuevo al agua.

-¡Hijita!-Exclamó sollozando su madre.
-No es cualquier bufeo colorado- dijo el brujo. -Es el bufeo supay un malvado espíritu que rapta a la gente para convertirlos en sus esclavos en su reino.-
-¿Qué podemos hacer entonces?- preguntó su padre.
-Ni bien pase el efecto de la ayahuasca tenemos que ir a la poza llevando vidrios rotos con mapacho para arrojarlos al agua.- respondió el brujo. -Esto le va hacer correr.-

Acabada la sesión fueron pues por los materiales que necesitaban y remando en canoa se dirigieron hacia la poza.
Cuando llegaron al lugar esparcieron los vidrios rotos y pedazos de mapacho.
De repente las aguas se agitaron y un enorme bufeo colorado saltó delante de ellos y huyó dando chapuzones rio arriba. En el monte los tunchis malignos comenzaron a silbar y a lo lejos los perros del pueblo aullaban de dolor. 
-No hay nada más que hacer. ¡El bufeo supay de venganza la ha matado!- Exclamó triste el brujo. -Si me hubieran buscado el mismo día de la desaparición yo habría podido salvarla- finalizó.
Esa noche, Don Joel y su esposa retornaron desconsolados a casa.  

Es muy triste describir el inmenso dolor que les embargó cuando al día siguiente tuvieron que ir a reconocer el cadáver de su hija. Unos pescadores lo habían encontrado flotando cerca al puerto de donde había sido raptada por el bufeo colorado.
Los escépticos decían que se había ahogado de borracha. Otros que el extraño había abusado de ella y la había asesinado para que no dijera nada.
A pesar de las habladurías y fríos comentarios de la gente los padres de la joven guardaron silencio. 
Mantuvieron con ellos la verdad del suceso por respeto y amor a su hija. 

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Cuento
▪Autor:
Fernando Bartra
▪Pintura:
Amaro Serruche


jueves, 28 de mayo de 2020

El Cazador y el Ente de la Colpa

Con un rifle en la mano Pedro aguardaba impaciente a que algún animal viniese a beber agua de aquella Colpa.
Sentado sobre su tarima se sentía un poco decepcionado porque no había logrado cazar nada aquella noche.

Ya rayaba el alba y, en su casa Otilia, su mujer, se levantaba a preparar el desayuno. Pronto los regatones llegarían al pueblo con sus botes cargados de productos de primera necesidad y otros artículos. Y era por ese motivo que su esposo, don Pedro, había salido a cazar, ya que quería intercambiar carne de monte por unas cajas de cartucho y un par machetes.

Aquella mañana era fría, la neblina cubría todo el lugar y un ambiente lúgubre embargaba el panorama. Apenas se escuchaban el ruido de los grillos que saltaban entre las anchas hojas de bijao.

En silencio Pedro seguía observando alerta por si se acercaba un animal y de pronto oyó un ruido que provenía del manantial. 
Al levantar la vista vio a una mujer semi desnuda que de espaldas se masajeaba delicadamente los brazos con un poco de greda. 
-¿Qué hace esta mujer a estas horas por aquí?- se preguntó curioso el cazador.
 
El hombre se acercó sigilosamente al borde del manantial y, al oír el crujir de las hojarascas en el suelo la mujer rápidamente volteó a verlo y sonrojada exclamó:
-¡Ay Pedro me asustaste!
-¿María? ¿Qué estás haciendo acá?-le preguntó el hombre, al darse cuenta de que era una de sus vecinas a quien solía acortejar a espaldas de su esposa. 
-Ah, solo he madrugado para curarme con un poco de greda fresca, creo que me han hecho daño- respondió melosa la supuesta María.
-Mmm ¿y has venido solita o con tu marido?-
-¡Ay no Pedro, solita he venido!-
-Aya ¡qué estás esperando entonces! vamos a mi tarima...- le insinuó el hombre.
Sin mediar palabras la mujer salió del agua y subió a la tarima del cazador. Se quitó por completo la ropa y empezaron a tener relaciones sexuales.

Mientras tanto en su casa, Otilia esperaba paciente a su esposo para desayunar juntos. Sentada en una banca de la cocina se imaginaba al cazador volviendo con su carga de venado o majás, ignorando lo que realmente sucedía.

-Mariíta, no vayas a contar a nadie sobre esto ¿ya?- indicó Pedro una vez consumado el acto. 
-No te preocupes mi amor ¡¿Cómo se te ocurre que yo voy a estar contando a la gente sobre lo nuestro?!- le susurró la mujer pero, esta vez con una tétrica voz y soltó una fuerte carcajada.
En ese preciso instante el hombre sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Sus ojos se abrieron bien grandes  cuando la mujer, mirándolo fijamente, se paró frente a él y se convirtió en una enorme sachavaca. 
El hombre gritó horrorizado y el animal de un brinco saltó de la tarima y huyó hacia la espesura.
El despavorido Pedro corrió también camino al pueblo, gritando y profiriendo maldiciones a aquel ente maligno. 

Una vez en casa, se tranquilizó un poco y se metió a la cocina. Temblaba mientras trataba de calentar sus manos en la fogata, ya que un terrible escalofrío le consumía. 
Su mujer, atolondrada por el extraño actuar de su esposo, le preguntó qué le pasaba.
-Nada mujer. Estoy bien, solo que no hallé mitayo y vine preocupado-. Respondió el hombre. 
Ella le creyó y fue sola a ver a los regatones que ya habían llegado. El cazador no había querido acompañarla, le dijo que sentía cansado y se había quedado echado en su hamaca tratando de despejar su mente de lo ocurrido.

Pero llegó la noche y dentro de su mosquitero el cazador deliraba a causa de una altísima fiebre.
Balbuceando repetía:
-¡Ahí viene una linda señorita! ¡Me está llamando! ¡Dice que me quiere llevar!- 
Mientras tanto su desesperada mujer, le pasaba paños húmedos por la frente pero aún así, la temperatura no le bajaba. Esperanzada le dio de beber un té preparado con piri piris especialmente para curar el espanto mas, estas hierbas no causaron efecto alguno en el cazador. 
Así que por la madrugada, en una fría madrugada, entre gritos y delirios... Pedro dejó de existir.

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•Cuento: 
  Fernando Bartra 

jueves, 21 de mayo de 2020

El Pescador y la Boa Negra

Eran como las cinco de la mañana cuando Julio, sin avisar a su esposa, salió de su casa y se dirigió presuroso al río.
El pescador aprovechó que aún estaba oscuro pues no quiera que nadie supiera a dónde iba. 

Cuando llegó al puerto desató la cuerda de la canoa que estaba atada a una rama de cetico, luego se subió a la embarcación y comenzó a remar rápidamente mirando hacia todos lados.
El hombre se encontraba nervioso, quería asegurarse de que nadie lo hubiera visto. Él era un pescador que había venido de la ciudad hacía un año atrás y había decidido quedarse en aquel pueblo, ya que se había enamorado perdidamente de una joven del lugar. 

Se tranquilizó un poco cuando vio que ya se había alejado del pueblo. Comenzó a silbar imitando el canto de las panguanas, mientras navegaba por el serpentino rio.
El día ya daba sus primeros albores. Los monitos frailecillos, más conocidos como huasas, saltaban y se colgaban de rama en rama por los árboles de las riberas.
-Es más tranquilo vivir aquí- Solía decir el pescador a su joven esposa. 
Pero en realidad, no se había acostumbrado del todo a las reglas de la comunidad, ya que aún no perdía su picardía.

Dentro del territorio de aquel pueblo, había una enorme cocha donde había muchos peces, especialmente los paiches. Este era una reserva y allí la pesca estaba prohibida para cualquier persona, solo podían hacerlo anualmente para el aniversario del pueblo. 

Lo que no sabían es que el majadero de Julio, se había propuesto pescar la mayor cantidad de paiches y gamitanas para luego vender la carne salada a un próspero comerciante de otro pueblo que en uno de esos días viajaría a la ciudad. 
Es por eso que no quería que nadie viera a dónde iba, no quería que la gente se enterara que en la tarde del día anterior, a escondidas, había dejado colgando sus redes en las aguas de aquella cocha.

Llegó hasta cierto paraje del río y se metió por un riachuelo y continuó navegando hasta llegar a la cocha. 
Mientras bogaba por las oscuras aguas, los bulliciosos loros parecían incómodos con su presencia, volaban y parloteaban entre los árboles cargados de deliciosos shimbillos. 
Las huamas que flotaban le estorbaban el paso y parecían advertirle que debería salir de allí porque la madre de la cocha, que dormía plácidamente en sus profundidades, saldría enfadada a dar caza al atrevido intruso. 

Julio recogía la trampa cuidadosamente
¡Qué alegría¡
Paiches, pacos y gamitanas llenaban la embarcación y de pronto ¡trac! ¡trac! algo dentro del agua rompió las redes. 
-¡Oh no! ¿justo tenía que haber palo acá?- Replicó enfadado el pescador y se paró para poder jalar un poquito más fuerte la trampera.... y de repente ¡Buuuum!
Un fuerte golpe lo arrojó al agua.

Desesperado quiso subirse a la canoa cuando sintió que unos poderosos colmillos se incrustaron en su hombro y una fuerza descomunal envolvió todo su cuerpo. 
¡Era la boa negra quien le había dado caza! 
Esta fiera le había lanzado fuertemente una bola de agua cuyo estruendoso sonido retumbó por toda la cocha. 

Dentro del agua los poderosos anillos de la boa comenzaron a presionar con fuerza el cuerpo del infortunado pescador. 
En su mente, el resignado Julio, creyó escuchar una voz que le decía:
-Muérdele bien fuerte hasta que te suelte. Los dientes del ser humano son venenosos para esas diabólicas boas.- 
Efectivamente, esto solía aconsejar un pueblerino cada vez que contaba su historia cuando casi fue devorado por una anaconda.

Dentro de la cocha, casi sin respiración, el hombre mordió con fuerza la dura piel de la serpiente y sintió cómo esta comenzó a estremecerse y desenvolverse de su cuerpo.
Julio aprovechó rápidamente para salir hacia la superficie y jadeando logró subirse a su canoa.
Remó vigorosamente hasta meterse por el riachuelo que lo llevaría al río.

Tras sus espaldas oía que las aguas de la cocha rompían en fortísimas oladas, los monos y aves chillaban y trinaban despavoridos, los árboles crujían y caían por el fuerte viento que soplaba. Era la boa negra que agonizante se revolcaba de dolor y con su cola golpeaba cada rincón de sus dominios. 

Julio, arrepentido por haberse metido a la reserva del pueblo, navegó desorbitado sin paiches ni gamitanas de vuelta a la comunidad.
En su mente resonaba de nuevo la voz del pueblerino:
-Los dientes del ser humano son venenos para esas diabólicas boas pero...
pero después de morderle, al día siguiente toditos tus dientes se caen-

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Cuento:
Fernando Bartra

¡Espero que lo disfruten! 😀

viernes, 15 de mayo de 2020

El Demonio del Maspute

Había parado de lloviznar y hacía un poco de frio dentro del maspute. La tarde daba sus últimos pasos por la espesa selva y se retiraba poco a poco, dejando camino libre a la temible oscuridad.

Alberto estaba listo con su flecha, eran las ocasiones perfectas para que las perdices bajaran a comer las exquisitas semillas que solo ellas saben degustar.

Él era un cazador Ashéninka de mucha experiencia. Muy bueno con la cerbatana, con el  arco y las  flechas. Experto en hacer horcaderas y masputes para las aves.

En su pueblito allá en las faldas de los cerros de Atalaya, la población estaba aumentando y la comida escaseaba. Por eso, los hombres tenían que caminar cada vez más lejos en el monte para buscar mitayo. 
 
Alberto estaba preocupado por su esposa y sus dos pequeños hijos, dentro de poco se acabarían sus víveres así que, él necesitaba conseguir carne de monte para intercambiarlo con los regatones. 

-Mujer, voy a ir a mi maspute más tarde. Prepara mi fiambre por favor-. Dijo Alberto.

-Ya amor.  Tráeme tu morral para ponerte un pedazo de venado ahumado y tu yuquita asada- respondió su mujer.

El hombre le pasó su morral y se fue a prepararse. Alistó sus flechas y arco. Untó con veneno de rana a las agujas de la cerbatana y ya estaba listo partir.

-Papito cuidate mucho-. le decía su hijita.
-¡Papito yo también quiero ir! !yo también quiero ir!-  repetía el varoncito mientras sollozaba en los brazos de su madre.
Desde medio camino su papá les dijo: 
-No estén llorando hijitos, les voy a traer coquito y uvilla  si se quedan tranquilitos-.
Dicho esto, los niños se calmaron porque les gustaba las frutas que su padre traía cada vez que iba al monte.

El bosque ya no era el mismo de hacía unos años atrás. Los animales habían huído más lejos  hacia los cerros. Todo eso por la llegada de empresas madereras que destruían su habitat y les quitaban el espacio para reproducirse y frutos para alimentarse.

El hombre caminó como una hora por la trocha hasta llegar al lugar donde había hecho su maspute. 
El sol se iba alejando poco a poco tras los inmensos cerros y ya se escuchaban el canto de aquellas aves por todos lados.

Alberto se acomodó nuy bien en su maspute y empezo a imitar el canto de la perdiz.

-Fiiii  fiiii- Silbaba.
 No le respondían nada.
-Fiiii fiiii -Repitió otra vez . 

-Fiiii fiiii - Le respondieron esta vez, pero lejos .

Él siguió reparando y cada vez aquella supuesta perdiz le respondía cada vez más cerca.

Las perdices tienen la costumbre de caminar varias veces por el mismo lugar los cuales dejan como trochas. 
Había muchas asi que, Alberto las miraba atentamente para ver si por ahi venía una. 

-Fiii fiii- se oyó muy cerca.
El hombre puso una flecha en el arco y escuchaba muy atento para ver de dónde provenía exactamente el sonido.

-Fiii fiii-. Cantó la supuesta ave otra vez.
Pero su canto sonaba muy extraño, muy gutural y tenebroso.

Alberto se sintió un poco incómodo y el ambiente empezó a ponerse tenso. 
En ese momentos escuchó el ruido de las hojas secas pisadas por algo más pesado que una perdiz.

El cazador pensó que tal vez sería un paujil. Se alegró y con mucha atención se puso a ver el sendero mientras escuchaba cómo esto que hacía crujir las hojas se acercaba lentamente. 
 
El hombre silbó una vez más y el "ave" le reparó a unos metros en frente de él. 
Miró fijamente y de pronto, de entre la maleza salió caminando un horrible ser que silbó frente a él como la perdiz.

Era un ser pequeño, parecía salido del mismo infierno, su cara era horripiliante, tenía enormes garras, pelos por todo el cuerpo y patas de añuje.
Caminaba lentamente mirando hacia arriba y se dirigía hacia el maspute de Alberto.

En ese momento, bajó la cabeza y miró directamente a los ojos del pobre hombre que se quedó  como petrificado. Las piernas le comenzaron a temblar  y con el corazon le latía aceleradamente por el miedo.

-¡Dios líbrame de este demonio!- Exclamó Alberto y comenzó a correr de vuelta a casa gritando desesperado por el camino. 

Llegó al pueblo y se cayó en el patio de su casa botando espuma y temblando como un epiléptico.
Su mujer que hacía dormir a sus hijitos en la hamaca corrió asustada a verlo:
-¡Alberto! ¡Alberto! ¿qué te ha pasado? Dime ¡¿Qué tienes?! - le gritaba mientras le sobaba  tratando de tranquilizarlo.

Los vecinos escucharon los gritos de la mujer y corrieron a ver lo que sucedía.
-¡¿Qué le ha pasado a mi compadre?!- Preguntó sorprendida una vecina.  
 -Se había ido al monte a traer mitayo pero...-. La esposa no pudo continuar y se echó a llorar. 
-Tráeme agua de azar y agua florida.- ordenó la vecina.
Rápidamente le trajeron lo que había pedido. Ella le dio de beber un poco de agua de azahar, rezó un padre nuestro y le roció el agua florida por todo el cuerpo a Alberto.
Esto le tranquilizó un poco, lo subieron a su emponado y ahí se quedó dormido...

Y así estuvo postrado varios días. Por las noches se levantaba desesperado tratando de huir de algo mientras gritaba;
-¡He visto al shapshico¡ ¡He visto al demonio!-.  Y caía dormido nuevamente.
Sus paisanos venían a orar por él y ayudaban a su mujer con los deberes hasta que el hombre logró recuperarse y nunca más quiso volver solo al monte. 

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Cuento 
Fernando Bartra

Las Sirenas

Era la época del mijano y cierto día, la familia de Pablo decidió ir de pesca. Este anuncio puso feliz al joven porque gustaba mucho de esta actividad.
Su madre le dijo que irían a la Poza, que era un sitio del río bien conocida por ser muy profunda.  Allí el mijano de palometas y lisas comían de los frutos que caían de los ceticos.
Irían por la tarde para colgar las tramperas y pasarían la noche en una playa que se encontraba cerca al lugar.

Acabando de oír esto, el joven no perdió más tiempo, inmediatamente se puso a arreglar la trampera junto a su hermano pequeño quitándoles las hojarascas y ramas, y metiéndolas en un costal.

-¡Má, ya está listo la trampera!-gritó el joven.
-¡Ya hijo, vengan a almorzar ya para irnos!- respondió desde la cocina, Doña Elena, su madre.
-¡Pablo, tu plato ya está servido en la mesa!- Exclamó su esposa. 
En los pueblos generalmente la hora del almuerzo oscila entre las dos o tres de la tarde. 
Así que luego de disfrutar los boquichicos asados, acompañados con arroz y yuca, la familia entera se enrrumbó rio arriba en peque peque.

Llegaron a la playa y desembarcaron sus cosas y solo bajó la esposa de Pablo para cuidar de su pequeño cuñado y prender la candela para la cena.
El resto de la familia fue a colgar las extensas redes en las profundas aguas de aquella poza.
Gustosos veían a los peces saltar y boquear, comiendo los frutos que caían al río.

Mientras Pablo remaba lentamente, su madre y su padre soltaban las redes.
-Deberíamos venir más seguido a este  sitio- mencionó el joven.
-Sería bueno pero, el problema es que el mijano baja hasta salir al Ucayali- Respondió Don Carlos, su padre.
-Si hijo, por eso hay que aprovechar ahora, ya después salamos y soleamos el pescado, y tenemos para un mes.- Dijo Doña Elena.
-Aya má... ¿Y por qué no vino la tía Julia con nosotros?-
-Es que pasado mañana es su minga y está preparando su masato- Respondió ella.

Retornaron a la playa ya oscureciendo. Luego de cenar se metieron a sus mosquiteros a esperar para recoger las tramperas al día siguiente.
Pablo, acostado en su cama con su esposa, suspiró profundamente y se esforzó en conciliar el sueño. Afuera los murciélagos volaban en mancha, dormir en el mismo monte era fascinante: se podía oír los sonidos de todos los animales que habitaban en el lugar y uno que otro bufeo saltando en la oscuridad del rio.

Por la madrugada el joven sufrió una pesadilla, en ella oyó que una suave voz le llamaba desde la Poza.
Y cuando miró hacia allá, vio a dos hermosas mujeres desnudas, llevaban el cabello muy largo, eran blancas y de encantadora voz.
Como hipnotizado el joven salió de su mosquitero y caminó por la arena directo al rio. Con el agua hasta las rodillas, las mujeres riéndose coquetamente, se acercaron y le jalaron de la mano sumergiéndolo dentro del agua.

Mientras nadaban hacia las profundidades Pablo se dio cuenta de que, desde la cintura para abajo, en lugar de piernas y pies ellas
tenían enormes colas de pez.
Esto lo asustó pero, las sirenas lo calmaron con sus caricias, y pronto llegaron a un hermoso reino.
Allí había muchas otras mujeres hermosísimas como ellas, estas sonriendo se acercaban a tocarlo y a mirarlo.
También había enormes y coloridas anacondas, bufeos colorados en su forma humanoide y otros seres místicos y maravillosos que nadaban de aquí para allá.
Vio que vivían felices, en paz, y había abundancia de alimento y muchos tesoros.

-Deja a tu mujer y ven vivir con nosotras. Aquí nunca te faltará nada y jamás conocerás la muerte- Le susurró una de las sirenas.
Pablo aún sorprendido se recordó de su esposa y su familia. ¡No quería abandonarlos!
-!No, no, sáquenme de aquí por favor¡- Exclamó agitado. 
-¿Por qué quieres irte tan rápido?- preguntaron las sirenas mirándolo seductoramente.
Pablo se desesperó y quiso nadar hacia la superficie. 
-Te vamos a dejar ir pero, si un día quieres venir, solo lánzate a esta poza y nosotras te recogeremos- le dijeron las sirenas.

En ese instante el desesperado muchacho se despertó en su cama lanzando un fuerte grito.
Su esposa se levantó a verlo, y su madre también salió de su mosquitero a ver lo que sucedía.
-¿Qué le pasó hija?- preguntó parada desde afuera.
-Ha tenido pesadilla suegra. Está bien sudado.- le respondió su nuera.
Pablo jadeando dijo:
-He soñado con las sirenas, me querían llevar a vivir con ellas-
-Ay hijo, haz de orar antes de dormir, esos son espíritus malos- le dijo su madre.
-Ya mamita, a ver voy a tratar de descansar de nuevo- respondió el joven más calmado.
-Ya hijito, hasta mañana- se despidió Doña Elena.
Él se arrodilló a orar, abrazó muy fuerte a su esposa y pudo dormir tranquilo el resto de la noche.

Luego de aquella pesca, el joven no fue el mismo de antes. Andaba perturbado por aquella pesadilla y siempre solía mirar con melancolía hacia el rio. 
A veces, cuando iba en canoa a colgar la trampera, le parecía ver sentadas en algunas rocas de las riberas a aquellas sirenas. Estas se peinaban sus largos cabellos y cuando se daban cuenta de la presencia del joven, coquetamente le sonreían y se lanzaban al agua.

En casa, su mujer comenzó a darse cuenta de que algo no andaba bien en su esposo pero, esta no le decía nada. Mas bien callaba y le contaba todo a su suegra.
-Gracias hija, haz de avisarme nomás, ya mañana voy a hablar con él-. Decía la madre del muchacho.

Y ese mañana nunca llegó porque una tarde, Pablo desorbitado salió de su casa con remo en mano.
Se fue al puerto para tomar su canoa y comenzó a remar rumbo a aquella Poza donde había sufrido la pesadilla.
Cuando llegó, se formaron remolinos alrededor de su canoa, él simplemente se paró, y sin meditarlo se arrojó al agua.

Su familia nunca volvió a saber nada de él. Lo buscaron desesperados durante varios días y por todos lados pero, al final solo encontraron su canoa varada en medio de una palizada.

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▪Cuento: 
     Fernando Bartra
▪Gracias por la pintura al artista: 
     Amaro Serruche