Alto Aruya

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miércoles, 1 de julio de 2020

EL CAZADOR Y EL JAGUAR

En un lejano lugar de la selva, vivía una vez un cazador Ashéninka junto a su esposa y sus dos pequeños hijos. 
En cierta ocasión el hombre se fue al monte a revisar una trampa de aves que había dejado el día anterior.
Esta trampa se llamaba horcadera y constaba en cercar con hojas de palmera los senderos por donde las perdices y panguanas frecuentaban en busca de sus alimentos. 
Una vez hecho el cerco; en cada sendero se entreabría un poco las hojas y, en estos espacios se colocaban cuerdas de nailon con un nudo corredizo, de tal manera que las aves terminaban ahorcadas cuando intentaban pasar.

Aquel hombre caminaba tranquilo a través de la maraña con su arco y flechas en la mano. Atravesaba cristalinos riachuelos y con su presencia hacía huir a uno que otro venado que se le cruzaba por el camino.
A esas horas de la tarde, las diurnas aves daban sus últimos cantos y era todo un  maravilloso concierto de melodías que alegraban y enfriaban el corazón del selvático. 

Él anhelaba encontrar una perdiz azul para preparar con ella un delicioso caldo con yucas.  Esta especie se caracteriza por poseer un brillante plumaje azul en su pecho y también, por ser de un mayor tamaño.  

De repente, en medio de su trayecto un crujir de hojas secas lo detuvo. Volteó a ver a todos lados y no había nada.  Entonces continuó su camino hasta pasar por un lugar lleno de árboles de guavilla y, en cuyas ramas muchos monos pichicos se deleitaban con sus gordos frutos.
"La próxima vez voy a traer a mis hijitos para que vengan a recoger guavillas" pensó el cazador. 
Y mientras se alejaba del lugar se oyó un fuerte bullicio tras sus espaldas. Eran los monitos quienes chillaban alborotados como si hubieran visto algo que les había perturbado tremendamente.

Esta vez el ambiente se volvió un poco tenso; por el aire se percibía unos escalofriantes respiros que no provenían necesariamente del cazador. El hombre pausó la marcha, ya que de repente comenzó a sentirse vigilado por unos ojos procedentes de los matorrales. Volteó a observar a todos lados de nuevo y soltando un hondo suspiro aceleró el paso. 

Ni bien llegó a las horcaderas se puso a revisarlas una por una. En la primera; no había nada; en la segunda; una pequeña panguana pero, en estado de descomposición.
-Pucha, esta habrá caído temprano- se lamentó el hombre y antes de que pudiera dar un paso más, un fuerte aleteo le llamó la atención; más adelante, una gran perdiz azul había caído en la trampa. El ave trataba de huir y el cazador corrió a sujetarla cuando de pronto un poderoso rugido le puso los pelos de punta. 
Al tratar de mirar hacia atrás solo sintió un pesado cuerpo que se abalanzó sobre él y lo derribó al suelo. ¡Se trataba de un enorme jaguar!

Comenzó entonces una mortal lucha entre el cazador y la fiera; esta con sus garras trataba de sujetarlo y tomarle del cuello, mas el desdichado hombre se protegía como podía.  
Para suerte del cazador, ese día utilizaba cushma. Entonces tomó una de sus flechas e hirió al animal en el pecho. Este lo soltó y lanzó un fuerte gruñido, en ese momento el cazador sin saber qué hacer, se sacó su cushma y se la puso en la cabeza del jaguar.
La enfurecida fiera trataba de quitársela de encima y el hombre aprovechó para huir del lugar. 

Corría sin mirar hacia atrás; sorteaba árboles, saltaba troncos caídos, cruzaba arroyos, y por momentos creía escuchar los pasos del jaguar corriendo tras él.
Como loco salió gritando del monte hacia su patio donde jugaban felices sus dos pequeños hijos. De inmediato los tomó en sus brazos y los metió en la casa donde se encontraba su esposa tejiendo una canasta.

Cerró de golpe la puerta y exclamó:
-¡Kashekari! ¡kashekari!-*
Su mujer lo miró con los ojos bien abiertos mientras este caminaba de aquí por allá observando hacia el monte por las rendijas de la casa.
Estaba semi desnudo y ensangrentado, su pecho y piernas estaban llenos de arañazos y, en sus brazos tenía marcas de las mordeduras del jaguar. 

Ya estaba oscureciendo así que al ver que nada sucedía, salió a revisar todo el lugar. Luego juntó bastante leña y encendió una fogata en el patio para alumbrarse por la noche. 
Por su parte, su esposa le preparó algunos remedios para aliviar sus heridas y después, se puso a dormir a sus hijitos para que no hicieran ningún ruido, ya que seguramente aquella noche el felino seguiría el rastro del cazador hasta llegar a su casa.

El hombre pasó la noche entera cuidando de su familia y felizmente amaneció el día sin ningún suceso, apenas se habían escuchado algunos rugidos lejanos por la madrugada. 
Como ellos vivían solos en esa parte del monte decidieron mudarse rio abajo cerca de unos parientes suyos y allí construyeron su casa. 

Por otro lado, el cazador continuó yendo al monte hacer sus horcaderas. Pero en estas veces llevaba consigo una escopeta que había conseguido gracias a unos regatones que llegaron a la zona. 
De esta forma se sentía más seguro, ya que ahora podría defenderse de cualquier ataque, ya sea del mismo jaguar o cualquier otra fiera del monte.

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*Kashekari: Jaguar en idioma Ashéninka.

Cuento
▪Autor: Fernando Bartra

sábado, 13 de junio de 2020

El Bufeo Colorado

Lorenita bailaba alegremente en medio de la multitud al ritmo de la cumbia.
Era el aniversario de su distrito y el alcalde había armado un fiestón para toda la población.
Aquella noche tocaba la mejor banda local. Además, había bastante comida, muchas cajas de cerveza y grandes tinajas llenas de masato. 

La joven como buena Asháninka vestía una hermosa cushma color caoba que estaba adornada con semillas, huesos y coloridas plumas de guacamayo. 
En sus mejillas resaltaban unas brillantes líneas rojas pintadas con achiote. Asimismo, llevaba suelto su largo cabello negro y con una cautivadora sonrisa llamaba la atención de propios y extraños.

Sin embargo, ella no había venido sola. Sus padres y demás familiares habían acudido a la celebración también. Ellos estaban sentados en las bancas, al costado del escenario, conversando amenamente con otros paisanos venidos de lejos.

De repente los ojos de la joven se cruzaron con las de un muchacho rubio, alto y buen mozo. Este parecía haberla estado vigilando y extrañada se preguntó: 
-¿De dónde será ese chico?-
Y continuó bailando tratando de restarle importancia al asunto cuando sintió que alguien le tocó los hombros y oyó una voz que le dijo:
-Hola señorita ¿puedo bailar con usted?-
Asustada se dio media y al darse cuenta de que se trataba del misterioso muchacho sonrió nerviosa.
-Hola buenas noches. Sí amigo.- y comenzaron a bailar y charlar jovialmente.

-Tu vestido te queda muy lindo- Le dijo el joven.
-¡Ay gracias! Sí, es la ropa tradicional de mi pueblo- respondió sonrojada la muchacha.
-¿Y cuál es tu nombre linda señorita?- prosiguió.
-Mi nombre es Lorena ¿y el de usted?-
-Me llamo Gabriel y soy natural de la costa-.
-Que bueno joven ¿y ya has probado el masato?-
-¡Oh, todavía no! ¿serías tan amable de convidarme?-
-¡Ay perdón, por supuesto que sí! ¡Que mala anfitriona soy!- exclamó con risas la muchacha y fueron a beber la espumosa bebida.

Al promediar las once de la noche todos estaban ebrios y bailaban con regocijo al son de la música. 
-Vamos andar un rato por el puerto para que te pase la mareación- Le propuso el joven.
Lorena asintió con la cabeza y se fueron caminando guiados por la luz del alumbrado público.
El extraño le inspiraba confianza, ya que se había mostrado respetuoso y caballeroso con ella. Por otro lado, sus padres Don Joel y Doña María no se habían percatado de la ausencia de la muchacha y seguían brindando y conversando.

Aquella noche una fresca brisa soplaba en el puerto. El cielo estaba estrellado y se escuchaba el golpear de las olas contras las muchas canoas y botes de los visitantes que habían venido desde sus comunidades para participar del evento.

Mientras caminaban por la orilla Lorena le preguntó al muchacho cómo era el lugar donde vivía. Al oír esto, los ojos del foráneo se tornaron rojos como brasas ardientes y volteando a mirar a la chica, le agarró fuertemente del cuello y cubriéndole la boca con sus manos la arrastró hacia el agua.
Ella desesperada pataleaba y trataba de gritar pero, el muchacho la sumergió rápidamente con él.
 
Mientras tanto en la fiesta sus padres se despidieron de sus paisanos y fueron a buscarla para regresar a casa. Sin embargo, no la encontraron por ningún lado. Entonces comenzaron a preguntar a la gente que estaba en el lugar y estos les contestaron de que la habían visto salir de la fiesta con un hombre.
Estas palabras hirieron el corazón de los padres de Lorena. 
¡No podía ser posible que su querida hija hubiera sido capaz de hacer algo semejante!

Decepcionados esperaron unas horas más por si la chica volvía pero, esta no regresaba.
Entonces decidieron retornar a casa, ajenos de lo acontecido con la muchacha. 
-¿Cómo es posible que mi Lorenita haya hecho algo así?- Se preguntó dolido Don Joel. 
-Mañana va a chupar una bruta ishangueada esa muchacha- Repuso enojada Doña María, su madre.
-¡¿Dónde ha aprendido que debe encamarse con cualquier sisurro?!- prosiguió malhumorada.

Al día siguiente, la madre de Lorena la esperaba en casa con una rama de ishanga mas, su hija no se apareció en todo el día. 
Entonces preocupados salieron a preguntar por ella de aquí para allá. 
Alguien debería saber algo de la muchacha, ya que era muy conocida en aquel pueblo por ser amable y solidaria con todos.
Sin embargo, regresaron entristecidos sin mayor información sobre su hija, aparte de ser vista andando con un extraño en la noche de la fiesta. 
 
Los días pasaban y era tal la desesperación de sus padres que no tuvieron más remedio que acudir a un poderoso brujo de la zona. Este les dijo que era necesario realizar una sesión de ayahuasca y les pidió que volvieran a cierta hora de la noche.

Así que más tarde a la hora pactada la pareja acudió a la cita. Dentro de una casa vieja, en un cuarto oscuro y  bien cerrado, los tres tomaron una copita de ayahuasca. Entonces el curandero se puso a cantar los ícaros y las visiones empezaron.

Ante ellos apareció un maravilloso y conocido paisaje. Era un paraje que quedaba a unas vueltas rio abajo donde se ubicaba una profunda poza. Delante de sus ojos se formaron temibles remolinos y hermosos seres comenzaron a emerger y llenar el lugar. 
Aparecieron bellas sirenas que saltaban y jugaban en el agua. Por otro lado gigantescas anacondas se enroscaban entre ellas y también los enojados yacurunas salían a observar lo que sucedía montados en sus coloradas anguilas.

Los padres de Lorena miraban atónitos todo este acontecimiento y de repente, desde otro turbulento remolino emergió su querida hija junto al misterioso muchacho quien la había raptado. Este no era más que el mismísimo bufeo colorado que los miraba con ojos inyectados de odio.
La chica al ver a sus padres corrió llorando hacia ellos y cuando quiso abrazarlos el bufeo colorado la arrastró hacia él y se sumergieron de nuevo al agua.

-¡Hijita!-Exclamó sollozando su madre.
-No es cualquier bufeo colorado- dijo el brujo. -Es el bufeo supay un malvado espíritu que rapta a la gente para convertirlos en sus esclavos en su reino.-
-¿Qué podemos hacer entonces?- preguntó su padre.
-Ni bien pase el efecto de la ayahuasca tenemos que ir a la poza llevando vidrios rotos con mapacho para arrojarlos al agua.- respondió el brujo. -Esto le va hacer correr.-

Acabada la sesión fueron pues por los materiales que necesitaban y remando en canoa se dirigieron hacia la poza.
Cuando llegaron al lugar esparcieron los vidrios rotos y pedazos de mapacho.
De repente las aguas se agitaron y un enorme bufeo colorado saltó delante de ellos y huyó dando chapuzones rio arriba. En el monte los tunchis malignos comenzaron a silbar y a lo lejos los perros del pueblo aullaban de dolor. 
-No hay nada más que hacer. ¡El bufeo supay de venganza la ha matado!- Exclamó triste el brujo. -Si me hubieran buscado el mismo día de la desaparición yo habría podido salvarla- finalizó.
Esa noche, Don Joel y su esposa retornaron desconsolados a casa.  

Es muy triste describir el inmenso dolor que les embargó cuando al día siguiente tuvieron que ir a reconocer el cadáver de su hija. Unos pescadores lo habían encontrado flotando cerca al puerto de donde había sido raptada por el bufeo colorado.
Los escépticos decían que se había ahogado de borracha. Otros que el extraño había abusado de ella y la había asesinado para que no dijera nada.
A pesar de las habladurías y fríos comentarios de la gente los padres de la joven guardaron silencio. 
Mantuvieron con ellos la verdad del suceso por respeto y amor a su hija. 

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Cuento
▪Autor:
Fernando Bartra
▪Pintura:
Amaro Serruche


jueves, 28 de mayo de 2020

El Cazador y el Ente de la Colpa

Con un rifle en la mano Pedro aguardaba impaciente a que algún animal viniese a beber agua de aquella Colpa.
Sentado sobre su tarima se sentía un poco decepcionado porque no había logrado cazar nada aquella noche.

Ya rayaba el alba y, en su casa Otilia, su mujer, se levantaba a preparar el desayuno. Pronto los regatones llegarían al pueblo con sus botes cargados de productos de primera necesidad y otros artículos. Y era por ese motivo que su esposo, don Pedro, había salido a cazar, ya que quería intercambiar carne de monte por unas cajas de cartucho y un par machetes.

Aquella mañana era fría, la neblina cubría todo el lugar y un ambiente lúgubre embargaba el panorama. Apenas se escuchaban el ruido de los grillos que saltaban entre las anchas hojas de bijao.

En silencio Pedro seguía observando alerta por si se acercaba un animal y de pronto oyó un ruido que provenía del manantial. 
Al levantar la vista vio a una mujer semi desnuda que de espaldas se masajeaba delicadamente los brazos con un poco de greda. 
-¿Qué hace esta mujer a estas horas por aquí?- se preguntó curioso el cazador.
 
El hombre se acercó sigilosamente al borde del manantial y, al oír el crujir de las hojarascas en el suelo la mujer rápidamente volteó a verlo y sonrojada exclamó:
-¡Ay Pedro me asustaste!
-¿María? ¿Qué estás haciendo acá?-le preguntó el hombre, al darse cuenta de que era una de sus vecinas a quien solía acortejar a espaldas de su esposa. 
-Ah, solo he madrugado para curarme con un poco de greda fresca, creo que me han hecho daño- respondió melosa la supuesta María.
-Mmm ¿y has venido solita o con tu marido?-
-¡Ay no Pedro, solita he venido!-
-Aya ¡qué estás esperando entonces! vamos a mi tarima...- le insinuó el hombre.
Sin mediar palabras la mujer salió del agua y subió a la tarima del cazador. Se quitó por completo la ropa y empezaron a tener relaciones sexuales.

Mientras tanto en su casa, Otilia esperaba paciente a su esposo para desayunar juntos. Sentada en una banca de la cocina se imaginaba al cazador volviendo con su carga de venado o majás, ignorando lo que realmente sucedía.

-Mariíta, no vayas a contar a nadie sobre esto ¿ya?- indicó Pedro una vez consumado el acto. 
-No te preocupes mi amor ¡¿Cómo se te ocurre que yo voy a estar contando a la gente sobre lo nuestro?!- le susurró la mujer pero, esta vez con una tétrica voz y soltó una fuerte carcajada.
En ese preciso instante el hombre sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Sus ojos se abrieron bien grandes  cuando la mujer, mirándolo fijamente, se paró frente a él y se convirtió en una enorme sachavaca. 
El hombre gritó horrorizado y el animal de un brinco saltó de la tarima y huyó hacia la espesura.
El despavorido Pedro corrió también camino al pueblo, gritando y profiriendo maldiciones a aquel ente maligno. 

Una vez en casa, se tranquilizó un poco y se metió a la cocina. Temblaba mientras trataba de calentar sus manos en la fogata, ya que un terrible escalofrío le consumía. 
Su mujer, atolondrada por el extraño actuar de su esposo, le preguntó qué le pasaba.
-Nada mujer. Estoy bien, solo que no hallé mitayo y vine preocupado-. Respondió el hombre. 
Ella le creyó y fue sola a ver a los regatones que ya habían llegado. El cazador no había querido acompañarla, le dijo que sentía cansado y se había quedado echado en su hamaca tratando de despejar su mente de lo ocurrido.

Pero llegó la noche y dentro de su mosquitero el cazador deliraba a causa de una altísima fiebre.
Balbuceando repetía:
-¡Ahí viene una linda señorita! ¡Me está llamando! ¡Dice que me quiere llevar!- 
Mientras tanto su desesperada mujer, le pasaba paños húmedos por la frente pero aún así, la temperatura no le bajaba. Esperanzada le dio de beber un té preparado con piri piris especialmente para curar el espanto mas, estas hierbas no causaron efecto alguno en el cazador. 
Así que por la madrugada, en una fría madrugada, entre gritos y delirios... Pedro dejó de existir.

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•Cuento: 
  Fernando Bartra 

jueves, 21 de mayo de 2020

El Pescador y la Boa Negra

Eran como las cinco de la mañana cuando Julio, sin avisar a su esposa, salió de su casa y se dirigió presuroso al río.
El pescador aprovechó que aún estaba oscuro pues no quiera que nadie supiera a dónde iba. 

Cuando llegó al puerto desató la cuerda de la canoa que estaba atada a una rama de cetico, luego se subió a la embarcación y comenzó a remar rápidamente mirando hacia todos lados.
El hombre se encontraba nervioso, quería asegurarse de que nadie lo hubiera visto. Él era un pescador que había venido de la ciudad hacía un año atrás y había decidido quedarse en aquel pueblo, ya que se había enamorado perdidamente de una joven del lugar. 

Se tranquilizó un poco cuando vio que ya se había alejado del pueblo. Comenzó a silbar imitando el canto de las panguanas, mientras navegaba por el serpentino rio.
El día ya daba sus primeros albores. Los monitos frailecillos, más conocidos como huasas, saltaban y se colgaban de rama en rama por los árboles de las riberas.
-Es más tranquilo vivir aquí- Solía decir el pescador a su joven esposa. 
Pero en realidad, no se había acostumbrado del todo a las reglas de la comunidad, ya que aún no perdía su picardía.

Dentro del territorio de aquel pueblo, había una enorme cocha donde había muchos peces, especialmente los paiches. Este era una reserva y allí la pesca estaba prohibida para cualquier persona, solo podían hacerlo anualmente para el aniversario del pueblo. 

Lo que no sabían es que el majadero de Julio, se había propuesto pescar la mayor cantidad de paiches y gamitanas para luego vender la carne salada a un próspero comerciante de otro pueblo que en uno de esos días viajaría a la ciudad. 
Es por eso que no quería que nadie viera a dónde iba, no quería que la gente se enterara que en la tarde del día anterior, a escondidas, había dejado colgando sus redes en las aguas de aquella cocha.

Llegó hasta cierto paraje del río y se metió por un riachuelo y continuó navegando hasta llegar a la cocha. 
Mientras bogaba por las oscuras aguas, los bulliciosos loros parecían incómodos con su presencia, volaban y parloteaban entre los árboles cargados de deliciosos shimbillos. 
Las huamas que flotaban le estorbaban el paso y parecían advertirle que debería salir de allí porque la madre de la cocha, que dormía plácidamente en sus profundidades, saldría enfadada a dar caza al atrevido intruso. 

Julio recogía la trampa cuidadosamente
¡Qué alegría¡
Paiches, pacos y gamitanas llenaban la embarcación y de pronto ¡trac! ¡trac! algo dentro del agua rompió las redes. 
-¡Oh no! ¿justo tenía que haber palo acá?- Replicó enfadado el pescador y se paró para poder jalar un poquito más fuerte la trampera.... y de repente ¡Buuuum!
Un fuerte golpe lo arrojó al agua.

Desesperado quiso subirse a la canoa cuando sintió que unos poderosos colmillos se incrustaron en su hombro y una fuerza descomunal envolvió todo su cuerpo. 
¡Era la boa negra quien le había dado caza! 
Esta fiera le había lanzado fuertemente una bola de agua cuyo estruendoso sonido retumbó por toda la cocha. 

Dentro del agua los poderosos anillos de la boa comenzaron a presionar con fuerza el cuerpo del infortunado pescador. 
En su mente, el resignado Julio, creyó escuchar una voz que le decía:
-Muérdele bien fuerte hasta que te suelte. Los dientes del ser humano son venenosos para esas diabólicas boas.- 
Efectivamente, esto solía aconsejar un pueblerino cada vez que contaba su historia cuando casi fue devorado por una anaconda.

Dentro de la cocha, casi sin respiración, el hombre mordió con fuerza la dura piel de la serpiente y sintió cómo esta comenzó a estremecerse y desenvolverse de su cuerpo.
Julio aprovechó rápidamente para salir hacia la superficie y jadeando logró subirse a su canoa.
Remó vigorosamente hasta meterse por el riachuelo que lo llevaría al río.

Tras sus espaldas oía que las aguas de la cocha rompían en fortísimas oladas, los monos y aves chillaban y trinaban despavoridos, los árboles crujían y caían por el fuerte viento que soplaba. Era la boa negra que agonizante se revolcaba de dolor y con su cola golpeaba cada rincón de sus dominios. 

Julio, arrepentido por haberse metido a la reserva del pueblo, navegó desorbitado sin paiches ni gamitanas de vuelta a la comunidad.
En su mente resonaba de nuevo la voz del pueblerino:
-Los dientes del ser humano son venenos para esas diabólicas boas pero...
pero después de morderle, al día siguiente toditos tus dientes se caen-

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Cuento:
Fernando Bartra

¡Espero que lo disfruten! 😀

viernes, 15 de mayo de 2020

El Demonio del Maspute

Había parado de lloviznar y hacía un poco de frio dentro del maspute. La tarde daba sus últimos pasos por la espesa selva y se retiraba poco a poco, dejando camino libre a la temible oscuridad.

Alberto estaba listo con su flecha, eran las ocasiones perfectas para que las perdices bajaran a comer las exquisitas semillas que solo ellas saben degustar.

Él era un cazador Ashéninka de mucha experiencia. Muy bueno con la cerbatana, con el  arco y las  flechas. Experto en hacer horcaderas y masputes para las aves.

En su pueblito allá en las faldas de los cerros de Atalaya, la población estaba aumentando y la comida escaseaba. Por eso, los hombres tenían que caminar cada vez más lejos en el monte para buscar mitayo. 
 
Alberto estaba preocupado por su esposa y sus dos pequeños hijos, dentro de poco se acabarían sus víveres así que, él necesitaba conseguir carne de monte para intercambiarlo con los regatones. 

-Mujer, voy a ir a mi maspute más tarde. Prepara mi fiambre por favor-. Dijo Alberto.

-Ya amor.  Tráeme tu morral para ponerte un pedazo de venado ahumado y tu yuquita asada- respondió su mujer.

El hombre le pasó su morral y se fue a prepararse. Alistó sus flechas y arco. Untó con veneno de rana a las agujas de la cerbatana y ya estaba listo partir.

-Papito cuidate mucho-. le decía su hijita.
-¡Papito yo también quiero ir! !yo también quiero ir!-  repetía el varoncito mientras sollozaba en los brazos de su madre.
Desde medio camino su papá les dijo: 
-No estén llorando hijitos, les voy a traer coquito y uvilla  si se quedan tranquilitos-.
Dicho esto, los niños se calmaron porque les gustaba las frutas que su padre traía cada vez que iba al monte.

El bosque ya no era el mismo de hacía unos años atrás. Los animales habían huído más lejos  hacia los cerros. Todo eso por la llegada de empresas madereras que destruían su habitat y les quitaban el espacio para reproducirse y frutos para alimentarse.

El hombre caminó como una hora por la trocha hasta llegar al lugar donde había hecho su maspute. 
El sol se iba alejando poco a poco tras los inmensos cerros y ya se escuchaban el canto de aquellas aves por todos lados.

Alberto se acomodó nuy bien en su maspute y empezo a imitar el canto de la perdiz.

-Fiiii  fiiii- Silbaba.
 No le respondían nada.
-Fiiii fiiii -Repitió otra vez . 

-Fiiii fiiii - Le respondieron esta vez, pero lejos .

Él siguió reparando y cada vez aquella supuesta perdiz le respondía cada vez más cerca.

Las perdices tienen la costumbre de caminar varias veces por el mismo lugar los cuales dejan como trochas. 
Había muchas asi que, Alberto las miraba atentamente para ver si por ahi venía una. 

-Fiii fiii- se oyó muy cerca.
El hombre puso una flecha en el arco y escuchaba muy atento para ver de dónde provenía exactamente el sonido.

-Fiii fiii-. Cantó la supuesta ave otra vez.
Pero su canto sonaba muy extraño, muy gutural y tenebroso.

Alberto se sintió un poco incómodo y el ambiente empezó a ponerse tenso. 
En ese momentos escuchó el ruido de las hojas secas pisadas por algo más pesado que una perdiz.

El cazador pensó que tal vez sería un paujil. Se alegró y con mucha atención se puso a ver el sendero mientras escuchaba cómo esto que hacía crujir las hojas se acercaba lentamente. 
 
El hombre silbó una vez más y el "ave" le reparó a unos metros en frente de él. 
Miró fijamente y de pronto, de entre la maleza salió caminando un horrible ser que silbó frente a él como la perdiz.

Era un ser pequeño, parecía salido del mismo infierno, su cara era horripiliante, tenía enormes garras, pelos por todo el cuerpo y patas de añuje.
Caminaba lentamente mirando hacia arriba y se dirigía hacia el maspute de Alberto.

En ese momento, bajó la cabeza y miró directamente a los ojos del pobre hombre que se quedó  como petrificado. Las piernas le comenzaron a temblar  y con el corazon le latía aceleradamente por el miedo.

-¡Dios líbrame de este demonio!- Exclamó Alberto y comenzó a correr de vuelta a casa gritando desesperado por el camino. 

Llegó al pueblo y se cayó en el patio de su casa botando espuma y temblando como un epiléptico.
Su mujer que hacía dormir a sus hijitos en la hamaca corrió asustada a verlo:
-¡Alberto! ¡Alberto! ¿qué te ha pasado? Dime ¡¿Qué tienes?! - le gritaba mientras le sobaba  tratando de tranquilizarlo.

Los vecinos escucharon los gritos de la mujer y corrieron a ver lo que sucedía.
-¡¿Qué le ha pasado a mi compadre?!- Preguntó sorprendida una vecina.  
 -Se había ido al monte a traer mitayo pero...-. La esposa no pudo continuar y se echó a llorar. 
-Tráeme agua de azar y agua florida.- ordenó la vecina.
Rápidamente le trajeron lo que había pedido. Ella le dio de beber un poco de agua de azahar, rezó un padre nuestro y le roció el agua florida por todo el cuerpo a Alberto.
Esto le tranquilizó un poco, lo subieron a su emponado y ahí se quedó dormido...

Y así estuvo postrado varios días. Por las noches se levantaba desesperado tratando de huir de algo mientras gritaba;
-¡He visto al shapshico¡ ¡He visto al demonio!-.  Y caía dormido nuevamente.
Sus paisanos venían a orar por él y ayudaban a su mujer con los deberes hasta que el hombre logró recuperarse y nunca más quiso volver solo al monte. 

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Cuento 
Fernando Bartra

Las Sirenas

Era la época del mijano y cierto día, la familia de Pablo decidió ir de pesca. Este anuncio puso feliz al joven porque gustaba mucho de esta actividad.
Su madre le dijo que irían a la Poza, que era un sitio del río bien conocida por ser muy profunda.  Allí el mijano de palometas y lisas comían de los frutos que caían de los ceticos.
Irían por la tarde para colgar las tramperas y pasarían la noche en una playa que se encontraba cerca al lugar.

Acabando de oír esto, el joven no perdió más tiempo, inmediatamente se puso a arreglar la trampera junto a su hermano pequeño quitándoles las hojarascas y ramas, y metiéndolas en un costal.

-¡Má, ya está listo la trampera!-gritó el joven.
-¡Ya hijo, vengan a almorzar ya para irnos!- respondió desde la cocina, Doña Elena, su madre.
-¡Pablo, tu plato ya está servido en la mesa!- Exclamó su esposa. 
En los pueblos generalmente la hora del almuerzo oscila entre las dos o tres de la tarde. 
Así que luego de disfrutar los boquichicos asados, acompañados con arroz y yuca, la familia entera se enrrumbó rio arriba en peque peque.

Llegaron a la playa y desembarcaron sus cosas y solo bajó la esposa de Pablo para cuidar de su pequeño cuñado y prender la candela para la cena.
El resto de la familia fue a colgar las extensas redes en las profundas aguas de aquella poza.
Gustosos veían a los peces saltar y boquear, comiendo los frutos que caían al río.

Mientras Pablo remaba lentamente, su madre y su padre soltaban las redes.
-Deberíamos venir más seguido a este  sitio- mencionó el joven.
-Sería bueno pero, el problema es que el mijano baja hasta salir al Ucayali- Respondió Don Carlos, su padre.
-Si hijo, por eso hay que aprovechar ahora, ya después salamos y soleamos el pescado, y tenemos para un mes.- Dijo Doña Elena.
-Aya má... ¿Y por qué no vino la tía Julia con nosotros?-
-Es que pasado mañana es su minga y está preparando su masato- Respondió ella.

Retornaron a la playa ya oscureciendo. Luego de cenar se metieron a sus mosquiteros a esperar para recoger las tramperas al día siguiente.
Pablo, acostado en su cama con su esposa, suspiró profundamente y se esforzó en conciliar el sueño. Afuera los murciélagos volaban en mancha, dormir en el mismo monte era fascinante: se podía oír los sonidos de todos los animales que habitaban en el lugar y uno que otro bufeo saltando en la oscuridad del rio.

Por la madrugada el joven sufrió una pesadilla, en ella oyó que una suave voz le llamaba desde la Poza.
Y cuando miró hacia allá, vio a dos hermosas mujeres desnudas, llevaban el cabello muy largo, eran blancas y de encantadora voz.
Como hipnotizado el joven salió de su mosquitero y caminó por la arena directo al rio. Con el agua hasta las rodillas, las mujeres riéndose coquetamente, se acercaron y le jalaron de la mano sumergiéndolo dentro del agua.

Mientras nadaban hacia las profundidades Pablo se dio cuenta de que, desde la cintura para abajo, en lugar de piernas y pies ellas
tenían enormes colas de pez.
Esto lo asustó pero, las sirenas lo calmaron con sus caricias, y pronto llegaron a un hermoso reino.
Allí había muchas otras mujeres hermosísimas como ellas, estas sonriendo se acercaban a tocarlo y a mirarlo.
También había enormes y coloridas anacondas, bufeos colorados en su forma humanoide y otros seres místicos y maravillosos que nadaban de aquí para allá.
Vio que vivían felices, en paz, y había abundancia de alimento y muchos tesoros.

-Deja a tu mujer y ven vivir con nosotras. Aquí nunca te faltará nada y jamás conocerás la muerte- Le susurró una de las sirenas.
Pablo aún sorprendido se recordó de su esposa y su familia. ¡No quería abandonarlos!
-!No, no, sáquenme de aquí por favor¡- Exclamó agitado. 
-¿Por qué quieres irte tan rápido?- preguntaron las sirenas mirándolo seductoramente.
Pablo se desesperó y quiso nadar hacia la superficie. 
-Te vamos a dejar ir pero, si un día quieres venir, solo lánzate a esta poza y nosotras te recogeremos- le dijeron las sirenas.

En ese instante el desesperado muchacho se despertó en su cama lanzando un fuerte grito.
Su esposa se levantó a verlo, y su madre también salió de su mosquitero a ver lo que sucedía.
-¿Qué le pasó hija?- preguntó parada desde afuera.
-Ha tenido pesadilla suegra. Está bien sudado.- le respondió su nuera.
Pablo jadeando dijo:
-He soñado con las sirenas, me querían llevar a vivir con ellas-
-Ay hijo, haz de orar antes de dormir, esos son espíritus malos- le dijo su madre.
-Ya mamita, a ver voy a tratar de descansar de nuevo- respondió el joven más calmado.
-Ya hijito, hasta mañana- se despidió Doña Elena.
Él se arrodilló a orar, abrazó muy fuerte a su esposa y pudo dormir tranquilo el resto de la noche.

Luego de aquella pesca, el joven no fue el mismo de antes. Andaba perturbado por aquella pesadilla y siempre solía mirar con melancolía hacia el rio. 
A veces, cuando iba en canoa a colgar la trampera, le parecía ver sentadas en algunas rocas de las riberas a aquellas sirenas. Estas se peinaban sus largos cabellos y cuando se daban cuenta de la presencia del joven, coquetamente le sonreían y se lanzaban al agua.

En casa, su mujer comenzó a darse cuenta de que algo no andaba bien en su esposo pero, esta no le decía nada. Mas bien callaba y le contaba todo a su suegra.
-Gracias hija, haz de avisarme nomás, ya mañana voy a hablar con él-. Decía la madre del muchacho.

Y ese mañana nunca llegó porque una tarde, Pablo desorbitado salió de su casa con remo en mano.
Se fue al puerto para tomar su canoa y comenzó a remar rumbo a aquella Poza donde había sufrido la pesadilla.
Cuando llegó, se formaron remolinos alrededor de su canoa, él simplemente se paró, y sin meditarlo se arrojó al agua.

Su familia nunca volvió a saber nada de él. Lo buscaron desesperados durante varios días y por todos lados pero, al final solo encontraron su canoa varada en medio de una palizada.

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▪Cuento: 
     Fernando Bartra
▪Gracias por la pintura al artista: 
     Amaro Serruche

jueves, 30 de abril de 2020

El Yacuruna

Cierta vez una familia viajaba de regreso a su pueblo por el rio Ucayali. Retornaban en bote desde la ciudad de Pucallpa luego de vender su madera.
El viaje de vuelta tomaba tres largos días aunque si avanzaban de noche lo harían en un día y medio pero, era muy arriesgado debido a los enormes remolinos que se formaban en medio del rio y también por los troncos con los cuales podrían chocar y perecer.

-Allá en esa playa hay que atracar- Dijo el motorista Claudio.
-Sí, parece un buen lugar- Opinaron todos.

Esa primera noche de su viaje fue maravilloso. Eran los últimos días de la época de verano así que antes que oscureciera arribaron a aquella hermosa e inmensa playa. Antes que nada, levantaron el campamento y tendieron sus camas.

Por su parte los niños se pusieron a buscar los huevos de tibe en la arena. El tibe es una especie de ave parecida a la gaviota pero pequeña.
Y tomar sus huevos fue todo un reto porque mientras más cerca del nido se encontraban, estas avecillas se enojaban y comenzaban a sobrevolar y picotear la cabeza de los niñitos.
Estos corrían desesperados y felices con los huevecillos en sus manos e iban a entregárselas a sus madres para que se los cocinaran.

Por su parte los hombres dejaron encendiendo la fogata y se fueron a pescar con sus redes. Las mujeres se quedaron a cocinar el plátano y se sentaron a conversar alrededor del fuego, esperando el pescado para preparar el delicioso pango...
Esa noche descansaron tranquilos y al día siguiente continuaron su viaje.

Pero en esta jornada no les fue tan bien porque en casi todo el día sopló un ventarrón muy fuerte y las olas que se formaban en el rio eran enormes y peligrosas. Estas chocaban fuertemente contra la embarcación y eso obligaba a nuestros amigos a atracar en cualquier ribera y esperar a que se calmase un poco para poder avanzar.

-Me preocupa que no calme el viento, ya va oscurecer y por estos lugares no hay playas para pasar la noche- Dijo Claudio.
-Creo que como sea vamos a tener que dormir en el bote- Supuso José, el cuñado de este.
-Así va ser, ni loco para subir a esos barrancos, ahí debe haber un montón de víboras- Replicó el primero.
-Eso es lo malo del bajial, hay muchas víboras, arañas peludas y alacranes.- Dijo Don César, el suegro de Claudio, bostezando de cansancio.

Así que siguieron navegando y la situación se tornaba complicada, no hallaban un sitio propicio para acantarse. Ya anochecía cuando llegaron a una parte remansa del rio, la cuestión es que se encontraba cerca a un barranco muy alto pero, parecía que no había ningún riesgo, ya que, por lo menos si se desplomase no caería sobre ellos.

-¡Agarra la soga y amárrale en ese árbol¡ !amárrale bien para que el bote no balancee tanto¡- Ordenó el motorista a su cuñado quien se encontraba en la proa.
Luego todos en el bote se acomodaron como pudieron, amarraron sus mosquiteros y se dispusieron a dormir.

A la medianoche Don César tuvo una pesadilla.
En ella vio que un ser de color grisáceo salía del agua y caminaba levitando y gimiendo alrededor del bote.
Andaba encorvado, la contextura de su piel era como del bufeo, tenía bigotes como del bagre, sus manos y pies tenían membranas y, una gran aleta dorsal con espinas sobresalía de su espalda.

Mientras el hombre observaba asombrado todo esto, oyó una grave voz que le dijo:
-En mal lugar han venido a descansar esta noche, aquí estoy haciendo mi casa y hoy todo este sitio se va a desbarrancar
¡Váyanse ahora mismo de aquí¡-
-¿Realmente existes?- Balbuceaba el hombre.
-Yo soy el guardián de estas aguas, a tres vueltas más abajo hay otra playa para ti ¡Ahora levántense y lárguense!-

-Papito, despiértate, papi- Le susurraba su hijo mientras este, aún dormido hablaba palabras incoherentes
-Palmadéale despacio nomás. Tiene pesadilla, no le llames por su nombre sino, puede morir de la impresión.-Le dijo su madre.

En ese momento el hombre despertó asustado, estaba todo sudado y, respirando agitado dijo:
-Vamos avanzar más abajo, dile a Claudio que arranque el motor y nos vamos-
-¿Qué hablas suegro?- replicó el motorista desde su mosquitero.
-El Yacuruna se me ha presentado, me dijo que todo este sitio se va a desbarrancar porque aquí está haciendo su casa y por eso, quiere que nos vayamos ahora mismo.

Todos se quedaron atónitos por lo que decía. Pero obedecieron ya que en ese momento los remolinos comenzaron a formarse cerca de ellos.
Encendieron el motor y con un faro se alumbraban en el rio mientras se alejaban de aquel lugar.

El hombre se sintió intranquilo, dudaba si era real o solo una pesadilla pero de pronto, por encima del ruido del motor, oyeron un fuerte estallido a lo lejos. Al voltear y alumbrar con el potente faro, vieron asombrados cómo una enorme mano que sobresalía del agua desbarrancaba todo el lugar donde minutos antes habían estado.
Si hubieran desobedecido la orden del Yacuruna, el barranco se habría caído sobre ellos y toda esa tonelada de tierra los habría sepultado vivos bajo el agua.

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Cuento
Fernando Bartra


domingo, 26 de abril de 2020

El Hombre que se Burló del Chullachaqui

Cuando una empresa maderera manda a sus trabajadores al monte, ellos suelen establecer su campamento cerca a los lugares donde van a extraer las preciadas maderas.

Entre ellos hay gente que provienen de diferentes lugares ya sea de las mismas comunidades nativas o también gente venida de afuera, de la ciudad o de otra región.
La mayoría se adecúan y respeta las costumbres y creencias de los pueblos mientras otros, las desafían. Y el relato que narraré le sucedió a uno de ellos por no someterse a las leyes que rigen en la selva como es el respeto a los espíritus que habitan en ella:

Eran las primeras semanas de trabajo de este maderero llamado Sergio.
Él era un hombre crecido en la ciudad, amigable pero, a la vez prepotente y jactansioso.

Solía ser que cada fin de semana los hombres dejaban el campamento e iban de visita al pueblo más cercano ya sea para jugar un partido futbol, charlar, tomar masato o también cortejar a las señoritas.

En uno de esos fines de semana mientras Sergio y sus compañeros de trabajo charlaban y tomaban masato con los pueblerinos, un joven trabajador apodado "Machete", comentó que en una de sus expediciones en busca de las maderas oyó que alguien golpeaba fuertemente las aletas de los árboles.

-Debe ser el Chullachaqui- Dijo un comunero.
-Debes tener cuidado, no lo molestes, bien vengativo es- Dijo otro.
-Si pues, yo no le doy importancia. Yo sigo macheteando nomás, aunque a veces le escucho cerquita- Repuso el muchacho.

-¡Ushú Machete!-Exclamó Sergio con un gesto burlesco.
-¡Cómo le vas a tener miedo a ese duende cojo ya vuelta! ja ja ja-
-Oye promo, no hables así, eso es cierto cho.- le dijo asombrado otro compañero suyo.
-Ve ¿tú también? Si yo le encuentro, le pego nomás-. Prosiguió Sergio que al parecer estaba un poco borracho.

-No te estés burlando, ellos al toque escuchan y se enojan.- Le reprendió paciente un anciano del pueblo.
-Ellos están queriendo asustarles para que no sigan cortando madera- Prosiguió.
-Asi son los Shapshicos, lugares donde haya bastante madera o animales, ellos los cuidan como si fueran sus dueños- concordó otro.
-Bueno, a mi no me da miedo. Ese maldito duende para ustedes debe existir pero, como yo no creo, para mi no existe, es más si quiere que se presente ahorita- Sentenció Sergio.
Sus demás compañeros y los pueblerinos le miraron asustados, algunos moviendo la cabeza en señal de desaprobación.
Al final, antes que se hiciera más tarde, regresaron a su campamento y el día terminó sin novedades.

Las noches eran espantosas para algunos trabajadores que se internaban por primera vez en la selva. Aparte de los mosquitos que trataban de entrar al mosquitero de cualquier forma para succionarte la sangre, también había una especie de monos que chillaban como si fueran tigres. A muchos hizo despertar asustados la primera vez que los oyeron, los más experimentados solo se reían.
Por otro lado había sonidos extraños de los que nadie quería preguntar qué eran, como el silbido del tunchi por las madrugadas, o hasta a veces algunos contaban que oían pasos de personas caminando alrededor del campamento.

Los días transcurrían normales, los motosierristas cortaban los árboles, otros con los tractores los recogían y otro grupo se encargaba de abrir las trochas hasta las maderas encontradas en el monte.
En este último se encontraba Sergio, ya
sobrio, se había olvidado de lo que había hablado en medio de su borrachera pero, había un ser, uno muy encolerizado que se escondía entre los árboles y vigilaba cada paso que daba el irresponsable hombre.

En cierta tarde, mientras ellos abrían trochas, llegaron hasta una zona lleno de Shihuahuacos pero, que daba con un precipicio y allí abajo se podía observar un hermoso riachuelo corriendo estruendoso entre las piedras y en sus riberas había muchos bambús.

-Oye Sergio ya está haciéndose muy tarde, vamos ya promo antes que oscurezca- Le dijo un compañero suyo a mitad de una siesta.
-Vamos ya pues- Asintió el hombre.
Mientras regresaban él se dio cuenta que no traía su hacha.
-¡Oigan espérenme, me olvidé traer mi hacha!- exclamó
-¿Dónde lo has dejado?- Preguntó otro trabajador.
-Allá nomás, donde estábamos descansando-
-Vete ya pe, acá te esperamos-.
Sergio dio media vuelta y regresó al lugar cerca al precipicio en busca de su herramienta.

-¡Así que aquí estás!-
Le dijo una voz muy ronca y tenebrosa tras sus espaldas.
Cuando Sergio volteó a ver quién le hablaba, sus ojos se abrieron bien grandes de miedo y sorpresa.
Un ser pequeño, fortachón, con la barba larga, una pata de cabra y de rostro horrible le miraba con sus ardientes ojos de odio y muerte.
-!Ahora estamos acá, ven y pegáme como has dicho pues¡-
Le gritó el enojado chullachaqui.

En ese momento el pobre hombre trató de huir gritando asustado, pero este duende, le estrechó y comenzó a golpearlo.
Cada golpe era como de piedra y destrozaba los huesos del trabajador.
Se trataba de defender como podía  pero, no había comparación contra aquella fuerza sobrenatural.
-Aparte de meterse en mi monte ustedes se burlan de mi.-
-¡Yo soy el dueñoooo¡- Le gritaba en su cara el chullachaqui y Sergio moribundo comenzaba a botar sangre por su boca por los puñetazos que recibía.

Sus amigos que habían escuchado sus gritos, regresaron corriendo pensando que le había pasado algún accidente.
Al llegar al sitio vieron a su compañero tirado en el suelo, bañado en sangre y que algo que ellos no podían ver  lo arrastraba hacia el precipicio.
Sergio los miraba horrorizado clamándoles ayuda pero, el chullachaqui lo lanzó muy fuerte hacia al precipicio.
Sus amigos no podían creer lo que acababa de suceder, al mirar hacia abajo, vieron a Sergio suspendido en el aire atravesado por la espalda por una estaca de bambú.

Regresaron y dieron aviso a los demás. Recogieron su cuerpo y la gente del pueblo comentaba que era el chullachaqui que había cobrado venganza ya que un domingo atrás lo habían escuchado retarle y burlarse de él. 

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Relato Adaptado
Fernando Bartra



El Maligno

Parado en mi patio observaba todo a mi alrededor.
La noche estaba clara ya que, una hermosa luna nueva iluminaba todo el lugar y me permitía ver incluso hasta las casas más lejanas del pueblo.
Las estrellas brillaban en todo su esplendor y en el aire se sentía una fresca brisa acompañada del sonido de las chicharras y los grillos.

Mi mamá me había mandado a recoger una silla que había quedado en el patio ya que hacía poco que mi tío Julio había vuelto a su casa luego de visitarnos con toda su familia.
Había sido una visita muy amena. Mi madre y mi tía habían preparado sopa de perdiz y todos felices habíamos cenado y charlado hasta casi la media noche.

Subí a mi casa y me metí a mi cuarto. Allí encontré durmiendo a mis dos hermanos mayores. Yo era el menor con seis años en aquel entonces y
los tres dormíamos en una enorme cama.
A mi me gustaba siempre acostarme al costado de la pared pues esta, al ser del tallo de una especie de palmera llamada pona, tenía muchas rendijas y me permitía observar el exterior.
Oré como mi religiosa madre me había enseñado, me cubrí con la frazada y me quedé dormido.

-¡Guau! ¡guau! ¡guau¡-
Los ladridos de los perros calle abajo me despertaron a altas horas de la madrugada.
Escuché que silbaba el tunchi pero, su silbido no era como los que había escuchado en otras ocasiones.
De miedo me acurruqué y me envolví bien con la frazada.
-Fiiiiiiin-
Silbaba este y parecía que se acercaba cada vez más. Los perros ladraban y lloriqueaban de dolor como si alguien los estuviera golpeando pero, aún asi no dejaban de seguir por detrás al tunchi.

Oí que ya casi silbaba por el patio de mi casa.
Yo estaba temblando, quería que mis hermanos se despertaran y me abrazaran y, comencé a palmadear al que estaba a mi lado.
-Ñaño, ñaño-Le llamaba en voz baja pero, este no me respondía.

Entre mi miedo y curiosidad de niño, mi curiosidad ganó y sentí deseos de ver a través de la rendija cómo era el tunchi.
De repente vi que mi perrito de apenas tres meses salió de su canasto que se encontraba debajo de la casa y comenzó a ladrar también a ese ser. En es momento me llené de valor y acerqué mi cara a la pared.

-Fiiiiiiiin - Silbó una vez más y al mirar por la rendija vi que un ser de silueta humana, alto y muy muy oscuro, iba caminando lento por la calle, vestía capa con capucha y andaba con la mirada baja.
De pronto mi perrito fue a querer morderle la capa por detrás. "El maligno" simplemente se inclinó y con su mano tocó suavemente la cabeza de mi mascota. Este comenzó a lanzar alaridos de dolor y corriendo se metió a adebajo de la casa de nuevo.

En ese preciso instante, sentí una mano que me tapó la boca y me cubrió con la frazada.
Casi grité del espanto cuando me di cuenta que era mi hermano mayor.
Enojado me dijo que no debía mirar lo que sea que andase afuera por la noche, que no eran cosas de este mundo.
Me abrazó y me quedé pensativo recordando a esa silueta humanoide.
Los perros siguieron ladrándole al maligno hasta llegar al final de la calle donde se calmaron y este espíritu se perdió con su silbido en el monte.

Cuando amaneció desperté con escalofrios, con un poco de fiebre y con el semblante triste. No quería comer y estaba sentadito al borde del emponado mirando al patio.
De todas formas mi hermano fue a contarle lo sucedido a mi mamá ya que ella estaba muy preocupada por mi.
Al enterarse mi madre, muy enojada, comenzó a reñirme y me dijo para arrodillarnos y pedir perdón a Dios por atreverme a mirar cosas que no provenían de él.

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Cuento en primera persona
Fernando Bartra



miércoles, 15 de abril de 2020

La Cría de la Boa Negra

Érase una vez una familia que vivía en una balsa en el rio Ucayali.
Los tres hijos mayores se dedicaban a la pesca y mientras sus padres, de avanzada edad, se quedaban en casa cuidando los botes, chalupas y otras embarcaciones que la gente de un pueblo cercano les dejaba.

Cierta tarde, como de costumbre, la madre atizaba la candela en la tushpa para preparar la cena.
Estaba en estas labores cuando oyó un bullicio afuera de la casa. 
Sus hijos habían llegado, estaban hablando emocionados con su padre y ella salió a ver lo qué pasaba. 

-¡Si papá! es una boa chiquita nomás, medirá unos tres o cuatro metros.
Decía Darío, el hijo mayor, muy alegre como si se hubiera ganado un trofeo. 
-¿Y cómo asi lo atraparon?-preguntó curioso y sonriente el padre.
-Estábamos recogiendo la trampera, ya para venir y, sentimos algo que pesaba mucho. Pensé que la trampa se había atajado en algún palo y casi buzo papá.-contaba el menor.

-Yo decía que eran varias taricayas porque no dejaba de moverse- interrumpió Cesar, su segundo hijo.

-Entonces le dije a Dario para arrastrarlo hasta la playa y, mientras jalábamos la trampera, vimos que era una boa. Como no era tan grande le agarramos entre los tres y le metimos en el costal pensando venderle mañana.- continuó contando emocionado el menor.

-¡¿Qué hacen trayendo esa boa a la casa?! -Exclamo muy asustada la señora.
-Le vamos a vender mañana mamita-explicó el menor.
-Nada de vender ¡bótenle al agua¡ eso no es cualquier animal, es una cría de boa negra y su madre le debe estar siguiendo- Dijo la señora mientras miraba preocupada cómo la serpiente zigzagueaba dentro del transparente costal.

-Ayayay mujer, ¡¿cómo vas a estar creyendo eso ya vuelta?!
Deja a tus hijos, ellos ya verán lo que hacen- repuso el papá.

En ese momento todos se quedaron atónitos cuando la pequeña boa lanzó un silbido suave:
-sss sss sss-
-Ja ja ja ja ja- todos los hombres se echaron rieron.
-¡Está llorando!- exclamó Darío.
-No está llorando, está llamando a su mamá- dijo la ofuscada señora y se metió a la casa.

Los demás restaron importancia al asunto y como había un bidón grande por ahí, agarraron a la boa y lo metieron dentro con el plan de llevarlo a venderlo al siguiente dia.
Luego de cenar una deliciosa patarashca de bagre más su café caliente, cada uno se fue a descansar.

El cielo estaba estrellado esa noche, el vaivén de las olas golpeaba suavemente la balsa. En la lejanía se escuchaba el débil sonido de la música en el pueblo. Pero la señora estaba preocupada, esa "boíta" no había cesado de silbar casi todo ese tiempo y a lo lejos, rio abajo, no sabía si era su imaginación o miedo, pero había creído escuchar otro silbido más agudo como respuesta.

A esos de las dos de la madrugada, cuando por el cansancio ya se estaba quedando dormida, algo golpeó fuertemente desde debajo de la balsa. 
-¡Dios mio¡- exclamó ella asustada.
-¿Qué es?- Preguntó bostezando su marido.
-Como que algo ha chocado debajo de la balsa- respondió la mujer.
-Debe ser algún tronco. Ahorita la mando a Dario para que vaya a ver-.
Ni bien terminada de decir esto, cuando oyó ese agudo silbido de nuevo:
-Sss sss sss-
Pero ahora muy fuerte y al costado de su balsa.
Todos se despertaron y atemorizados no quisieron salir.
-Yo les he dicho. ¡Es su madre!-
Exclamó enojada la mujer.

Todos oyeron cómo algo subió reptando pesadamente a la balsa y se arrastró hasta donde estaba el bidón con la cría de la boa adentro. Solo escucharon cómo el bidón se cayó al agua.
-¡La escopeta¡ ¡la escopeta¡ ¡pásame la escopeta¡- comenzó a gritar el padre y todos salieron trás él con sus linternas y machetes.

Cuando alumbraron hacia el agua, vieron la cabeza de la pequeña boa y de otra muy grande que se sumergían y dejaban tras sí fuertes remolinos.
Eran la madre y su cría que tras rescatarla, regresaban juntas a su medio natural y de paso había dejado asustada a una familia entera que no pudo dormir toda aquella noche.

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Cuento
Fernando Bartra

viernes, 10 de abril de 2020

Perdido en la Selva

Mi padre, un hombre ciudad, nunca antes había vivido en contacto directo con el monte.
Conoció a mi madre en el pueblito en el que fue a trabajar y había decidido vivir allá, junto a ella.
Se sentía muy feliz y tranquilo porque la gente lo trataba muy bien. Además, había bastante alimento como pescado, yuca, etc y no necesitaba nada más para vivir. 

Llegó la época de verano, época donde la gente del pueblo saca madera para llevar a venderla en la ciudad. 
Mi madre y sus otros paisanos iban monte adentro con sus hachas y machetes para cortar los árboles y jalarlos hasta el riachuelo más próxima para luego arrearlos (llevar por rio) hasta el rio principal llamado Aruya. 

Mi padre inexperto y con el afán de ayudar, les acompañaba en esta dura faena. Ellos siempre le decían que no se alejase para nada de su lado, que era peligroso para él, porque no conocía bien la selva y podía perderse.

Cierto día mi madre y sus paisanos decidieron continuar jalando madera hasta un poco más tarde de lo habitual. Mi padre ya tenía hambre y estaba muy cansado asi que, mi mamá le dijo:
-Jaime, puedes adelantarte si ya quieres ir, acá nosotros vamos a demorar un poco más.-
-Ya mujer. No te preocupes.- Respondió mi padre.
-Lleva tu machete y la escopeta y, vete por ese camino- Le dijo mi madre señalándole un amplio sendero al otro lado del riachuelo.

Mi papá se despidió y emprendió el retorno a casa. Cuenta él que, mientras caminaba como unos 20 minutos se le hizo raro que  el camino se le hiciera cada vez más angosto.
Él se asustó y al mirar hacia atrás todo estaba lleno de malezas.
Asustado trató de regresar y se dio cuenta que siempre salía en el mismo punto varias veces.
-Ya me he perdido ¿Qué hago ahora?- Se dijo.
Recordó que mi madre le había enseñado cómo ubicarse en el monte según la orientación del sol.

Señaló hacia donde se iría y estuvo caminando como una hora hasta llegar a un rio completamente desconocido. Atemorizado, temiendo encontrarse con una shushupe o algún lagarto decidió dar marchar atrás e internarse nuevamente en la jungla.

Poco a poco el día se tornaba oscuro. Los loros parloteaban volando hacia sus árboles, los grillos y chicharras ya emitían sus hirientes sonidos vespertinos.

Mi padre caminaba pensando y
trazandose posibles rutas en su mente hasta que llegó a una loma. Subió allí y se dio cuenta que se encontraba cerca a los cerros, muy lejos del pueblo. Entonces decidió dormir en ese lugar aquella noche asi que, con su hacha cortó fuertes palos y las ató con lianas y armó una alta tarima. Se acostó allí, acurrucado de frio ya que su ropa estaba mojada debido a que temprano había estado metido en el agua empujando las maderas.

Mientras tanto en el pueblo mi madre ya había regresado. Ya era de noche y cuando llegó a casa preguntó por mi papá.
-¿No iba a venir contigo pues?-respondió la mayor.
-Sí hijita, pero yo lo he mandado primero porque él ya quería regresar-
-No ha llegado mamita- repuso la más pequeña.
Mi madre se comenzó a preocupar, sabiendo que mi padre no conocía el monte, rápidamente mando a llamar a toda la gente del pueblo.
Se armaron en grupos y cada uno fue  por diferentes direcciones en búsqueda de mi padre.

En casa mis hermanitas quedaron tristes al cuidado de mi tía.
-Mi papito se ha perdido- Dijo la más pequeña comenzó a llorar.
-No llores hijita, tú mamá ha ido a buscar a tu papá ¿ya?- le dijo mi tía consolándola.

En el monte la gente gritaba
-¡Jaime!-
-¡¿Dónde estás?!-
Otros hacían disparos al aire y soplaban fuertemente el cañón de las escopetas.
Mi madre desesperada gritaba a todo pulmón:
-¡Jaime!
!juuuuuuuuu¡
Pero no había respuesta. Mi padre se encontraba muy muy lejos, solo y perdido en la espesura del monte.

Él estaba acurrucado, temblando y mirando las estrellas triste y resignado pensando en su familia. De repente oyó un débil y continuo grito a lo lejos.
Él se atemorizó.
-Debe ser un Shapshico-
-Si le escucho por segunda vez voy a contestar- Se dijo decidido.

Estuvo muy atento y oyó otro grito mucho más cerca.
-Este es voz de gente- Se dijo.
Muy emocionado se subió a un árbol y comenzó a gritar 
-Juuuuuuuuuu- y esperó.
-Juuuuuuuuuu- Le respondieron más cerca.
Él se alegró y continuó gritándoles.
-¡Por aquí¡ ¡juuuuu!

En el grupo que le respondía venía mi madre y mis tios, ellos se dijeron sorprendidos:
-¡¿Tan lejos caminó Jaime?!
Y siguieron gritándose y respondiéndose hasta que llegaron al lugar donde se encontraba mi padre.

Él se bajó del árbol y mi mamá fue corriendo a abrazarlo mientras lloraba de la emoción.
Le dieron ropa limpia, comida y emprendieron el regreso al pueblo.

Los demás grupos de búsqueda ya habían regresado y toditos estaban amontonados y conversando preocupados en mi casa sobre mi papá.

De repente, como a las tres de la madrugada los vieron salir del monte alumbrando con sus linternas y junto a ellos venía mi padre.
-¡Ahí está Jaime!-
Gritaron todos emocionados y felices lo recibieron y atendieron esa noche.

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Anéctoda adaptada
Fernando Bartra

martes, 7 de abril de 2020

Duendes

Mi padre estaba triste. Luego de haber estado varios meses en la ciudad, había regresado solito a mi pueblo.
El resto de mi familia se había quedado en Pucallpa, aún eran vacaciones y por eso mi madre y mis hermanos habían decidido quedarse más tiempo allá.

Cuando mi papá llegó al pueblo, las malezas alrededor de nuestra casa habían crecido, estaba como decimos en la selva; "remontado".
Era muy tarde y decidió desempacar sus cosas para después ir a descansar.

-Buenas tardes profe, ¡ya estás de vuelta!- le saludó un tio que vivía cerca.
-Buenas tardes Jeshuco, sí, ya de nuevo en el pueblo. Respondió mi padre amablemente.
-¿Y cómo está mi hermana? -Preguntó mi tio.
-Ella está bien, se quedó con mis hijos allá en Pucallpa, ya vendrá este fin de mes-
-Ah ya. Ha sufrido mucho mi ñañita desde la muerte de Eduardito.-Dijo mi tio.

Luego de un suspiro mi padre repuso:
-Asi es Jeshuquito, solo dios sabe porqué pasan las cosas, hay que poner todo en las manos de él-
-Bueno pe profe, ya me voy. Haz de cuidarte nomás, los muchachos dicen que en las noches el tunchi silba en tu casa- dijo mi tio despidiéndose.
-Ja ja ja ¿asi? ¡Qué pues voy a tener miedo yo¡ -
-Sí profe, ese día tu cuñada también escuchó que alguien le llamaba desde adentro de la casa-
-Ya pe Jeshuco, hay que confíar en Dios nomás, él es más fuerte que el diablo-
Terminó diciendo mi padre y siguió desempacando sus cosas mientras mi tio regresaba  a su casa con su machete en mano luego de estar todo el dia en su chacra.

Ya estaba oscureciendo asi que, mi papá llenó petróleo en su mechero y lo encendió para poder alumbrarse durante la noche.
La casa era muy amplia, con un cuarto y cama grande. Él tendió su mosquitero porque los zancudos ya le comenzaban a picar.

Afuera era muy oscuro, típica noche en la selva, con el ayaymama y su canto fúnero en la penumbra, las lechuzas ululando por los aires. Los árboles se movían tenebrosamente con la fresca brisa que corría, los demás pobladores ya se encontraban en sus casas contándose cuentos y cenando alguna sopa de perdiz luego de un arduo dia más en la bella y misteriosa selva.

Mi padre dejó encendido el mechero, cerró la puerta del cuarto y se metió a su cama. No temía a las fuerzas misteriosas que rondan en el monte por las noches pero, tampoco se quería arriesgar asi que, tomó su biblia y la leyó  hasta quedarse dormido.

Como a la medianoche, de repente un fuerte bullicio lo hizo despertar de su profundo sueño.
¡Eran voces de personas que hablaban en un idioma extraño!
Mi padre frunció el ceño dudoso y no se levantó sino que, se quedó echado a esperar para ver quiénes eran los que querían entrar a su cuarto.
Se oían pasos y risitas malévolas y, alguien no humano forzó la puerta hasta abrirla de golpe.

A mi padre se le abrieron bien grande los ojos cuando vio que, de pronto entraban al cuarto, dos horribles seres pequeños, cabezones y con las orejas puntiagudas.
Con terror vio cómo uno de ellos se acercaba lentamente hacia su cama como queriendo ver quién estaba acostado adentro.

Mi papá se llenó de valor y, cuando aquel duende se asomó y levantó cuidadosamente el mosquitero, él le gritó:
¡Fuera de aqui demonio¡ 
Y le dio una fuerte patada en la cabeza a ese ser.
Estos duendes salieron huyendo despavoridos y mi papá se quedó alli, respirando agitadamente por el suceso.
Aún sentía en su pie la fria piel del duende y se arrodilló a orar.

No pudo dormir tranquilo esa noche, los perros comenzaron a ladrar y aullar a lo lejos como persiguiendo algo y por la madrugada un tunchi, ese al que en la selva le llamamos "maligno", silbó tres veces en mi patio.

Al día siguiente cuando él les contó a mis tios lo sucedido, estos le dijeron que tal vez esos duendes por la ausencia de mi familia se habían adueñado de mi casa y además, el tunchi maligno le molestó para hacerle creer que era el alma de mi hermano quien lo estaba asustando. 

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Cuento
Fernando Bartra

miércoles, 25 de marzo de 2020

Los Madereros y los Tigres Negros

Los madereros estaban alegres. En medio de la selva habían encontrado un lugar con mucha caoba, cedro y tornillo.
Ese mismo día en bote, partieron del pueblito rio arriba hacia aquel lugar poco explorado. 

Eran nueve personas, la mayoría foráneos, ambiciosos y presuntuosos. Solo uno era un poblador indígena llamado Manuel que habían llevado como guía.
Llegaron a un paraje del rio y siguieron navegando por otro más angosto, que los llevó hacia una gran cocha y ellos emocionados arribaron a la ribera para armar su campamento y pernoctar esa noche.

-Don Rogelio mira allá ¡tremendos cedros hay ahí ve!- exclamó Cesar, uno de los trabajadores.
-Sí di, mañana mismo comenzamos a tumbar-.
-Aqui ya hemos hecho plata- dijo otro muchacho mientras miraba ambiciosamente todos los enormes cedros que le rodeaban. 

-Claro, además aqui podemos ir a chapanear y matar algún trompetero para comer- Dijo otro.
-Hablando de comida, ya me dio hambre cho-Dijo Don Rogelio.
-¡Oye Cesar mira en la cocha hay pato de monte! vete a matar algunos pe.- ordenó Don Rogelio al muchacho.

En efecto en la cocha habían muchos patos silvestres, que nadaban y se zambullían en el agua. Pero lo extraño es que eran de diferentes colores, había rojo, negro, otros amarillo, verde e incluso azul.
Como ellos no conocían pensaron que era normal y Cesar se disponía ir a cazar cuando de repente Manuel le gritó:
-¡No!
No los mates promoción, esos patos no son normales, tienen su dueño, te pueden hacer daño.-
Las otros personas se rieron y don Rogelio le dijo:
-No te preocupes Mañuquito, cómo vas a estar creyendo en eso ya vuelta-
-Bueno, conste que les avisé-repuso Manuel un poco intranquilo.
 Y esa tarde comieron patos asados con arroz y plátano. 
Menos el guía, él sólo observaba y los demás bromeaban.

Ya se estaba haciendo tarde y todos se pusieron armar su campamento y amarrar sus mosquiteros. 
Solo Manuel hizo su tarima en un árbol alto y ramudo para dormir allí arriba, el chicua no había dejado de lanzar su malaguero canto toda esa tarde y él, creyente de los misterios de la selva se había prevenido de esa manera.

Ya llegada la noche, todo reían abajo.
-¡Manuel, cuidao te vas a caer¡- le gritó Cesar y todos se echaron a reír.
-Ja ja ja,  ¡¿qué pués es?¡ ¡sonámbulo así!-Exclamó Manuel.

Era noche de luna, el cielo estaba despejado, se veía claro alrededor, los sonidos que emitían los mosquitos y aves nocturnas daban cierto temor y ya muy
Y avanzada la noche todos se quedaron profundamente dormidos menos el muchacho.
Él pensaba en los patos de colores, nunca antes los había visto, y además había visto huellas de jaguares a los alrededores, pero los madereros estaban en grupo y bien armados y, nada malo pasaría pensaba él.

De pronto,
-rrr rrr rrr, rrr rrr rrr-
Un unísono de muchos animales se escuchó a lo lejos.

-¡Oh tigres¡ ¡tigres!-Exclamó Manuel.
-¡César, Don Rogelio, Jonatan!
 !Levántense¡ !tigres¡ !tigres¡
-¡César¡ ¡Don Rogelio¡
Les gritaba desde arriba el desesperado Manuel intentando hacer que se despertasen pero, no obtenía respuesta.

Los gruñidos y pisadas de la manada de tigres se oían cada vez más cerca asi que él rápidamente bajó del árbol.
Manuel corría de mosquitero a mosquitero tratando de hacerles despertar pero ellos estaban profundamente dormidos ¡estaban hipnotizados! los patos demoniacos de colores que habían comido eran una trampa, les habían hecho caer en un profundo sueño.
-¡Don Rogelio¡ ¡Jonatan!
¡Levántense por favor!
Exclamaba el pobre Manuel casi llorando pero sus amigos parecían tranquilos durmiendo y roncando.
No tuvo otra opción que abandonarlos y trepó de nuevo a la tarima en el árbol.

Desde allí horrorizado vio como muchos  tigres negros, con sus ojos rojos y rugiendo horriblemente se acercaban al campamento donde dormían hipnotizados los madereros.
Oyó como tronaban los huesos de sus amigos mientras eran devorados y algunos arrastrados hacia la espesura. 
¡Ni un grito de dolor, ni un gemido!
Las fieras peleaban entre ellas por su comida.
Rugían y corrían persiguiéndose por un pedazo de carne.

Manuel, desde arriba, solo oía temblando de miedo y llorando de terror en silencio.
No debía hacer ruido o correría la misma suerte.
Allí arriba quedó él todo el tiempo hasta que los tigres negros se alejaron cuando llegó el alba.
No quiso bajar ese mismo rato, esperó a que el día aclarase bien y recién bajó.

Quedó aterrado al ver charcos de sangre, huesos  esparcidos de aqui por allá. En el suelo se veían las huellas de las fieras y el sendero ensangrentado que habían dejados con sus poderosas pisadas.

Sin perder tiempo, el joven corrió rápidamente al bote, mirando asustado hacia todos lados. Encendió el motor y regresó rio abajo hasta llegar al pueblo.
Les contó a todos lo que había pasado, los familiares de los madereros devorados, lloraron y encolerizados planearon regresar al lugar para acabar con estas malditas bestias.

Manuel no quería regresar, pero tuvo que ir a la fuerza con ellos, porque algunos dudaban de lo que él les contaba aterrado.
Ese mismo día se fueron muchos hombres con escopetas y afilados machetes.
Llegaron a la cocha y mataron a todas las patos de colores mas no lo comieron, prepararon sus tarimas y tendieron algunas camas en el suelo para parecer que estaban durmiendo abajo.

A la media noche oyeron estruendosos rugidos y pisadas que se acercaban al campamento y ellos desde arriba con sus escopetas esperaran la llegada de estos animales.
Las fieras comenzaron a rugir y  buscar en el campamento las supuestas personas  y los hombres desde arriba en los árboles comenzaron a dispararles a todos ellos.
Los tigres gruñían de dolor, algunos huyeron pero la gente, logró matar a la mayoría...

De esa forma se vengaron de sus parientes que habían sido devorados primero, se regresaron al pueblo y a esta vez a todo aquel maderero que quería entrar a tala, les advertían de los peligros que conllevaba realizarlo en ese lugar del monte.

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Relato oral - Adaptado
Fernando Bartra

martes, 24 de marzo de 2020

El Hijo de la Anaconda

En un pueblito muy remoto de la selva vivía Aurora junto a su madre y sus hermanos. Ellos se encargaban de la caza y la pesca para el sustento de la familia y ella con su madre se encargaban de los quehaceres de la casa y de la chacra. Su mamá era una mujer muy disciplinada y protegía mucho a Aurora porque era su única hija. 
El pueblo donde ellos vivían era grande, todos sus habitantes mantenían sus costumbres y hablaban su lengua nativa. Su comunidad era como un paraíso pues la tierra era fructífera, o sea, todo lo que sembraban les producía en abundancia. Había peces, aves y animales que cazar. La gente no sufría hambre y los niños, futuros guerreros, crecían fuertes y robustos. Su pueblo se encontraba rodeado de inmensas montañas. Sus atardeceres en el rio reflejaban la hermosura de la creación de su dios Oria (sol). 
El rio era cristalino, abundancia de vida nadaban en sus aguas. Se podía ver a las anguilas, a los enormes paiches e incluso a las soberbias boas que sacaban sus cabezas afuera del agua para tomar un poco de aire. Había muchas cataratas, todas ella rodeadas de enormes rocas. 

Aurora era joven y hermosa, su piel canela y sus ojos almendras hacía que los guerreros se fijasen en ella cada vez que iban a beber masato en su casa. Solía pintarse con achiote sus mejillas lo cual le hacía mucho más atractiva.
Todo parecía bien mas no todo era perfecto, ella vivía triste. Extrañaba a su padre que había muerto de un flechazo en la guerra con otro pueblo. 
Un día la joven fue al rio a bañarse. Se fue a su puerto y con el agua hasta las rodillas lavaba su cushma mientras cantaba una melancólica canción. De pronto vio que el agua se estaba tiñendo de rojo y volvió hacia la ribera porque se dio cuenta que le había dado su menstruación. En ese instante vio la cabeza de una enorme anaconda sumergirse a unos pocos metros de distancia y ella corrió asustada a su casa.
Le contó a su madre lo sucedido y ella le dio de beber un té hecha de las hojas de un piri piri. 
Aurora simplemente bebió el té y como era tarde se acostó en su estera y se quedó profundamente dormida. Mas en sueños se le apareció la anaconda que le dijo:
 -Me enamoré de ti, tú llevas un hijo mío en tu vientre, soy el guardián de este rio, siempre te voy a cuidar-.
Ella dio un grito y se despertó, ya era medianoche y sus hermanos vinieron a ver qué le pasaba.
 -Un espíritu se le ha presentado - dijo uno de ellos.
 -Sí, se le nota en su mirada- añadió el mayor. 
-Soñé a una boa grande- le dijo a su madre. Pero no le contó que aquel espíritu la dicho que tendría un hijo suyo. 
Sus hermanos se fueron a dormir de nuevo y su madre se quedó cantándole ícaros. 

Pasaron los meses con sus días y estaciones, pasaron tan rápido como el vuelo del colibrí, como el correr del venado. Aurora trataba de esconder su embarazo poniéndose cushmas grandes, durante todo ese tiempo su familia no se dio cuenta hasta que finalmente llegó el día de dar a luz. 
Cierta noche mientras asaba yuca le dio un horrible dolor de vientre, era insoportable y se acostó en el suelo delante de su madre. 
- ¡Mamita, ayúdame! -
Su madre sorprendida comenzó a frotarla y se dio cuenta de lo que en verdad pasaba.
- ¡Aurora! ¡Estás embarazada ¡- Exclamó. 
 -No te quería contar mamita, perdóname- dijo la muchacha. 
-Ishaco, llámale a tu abuelita, ¡apúrate! - Ordenó a su hijo menor. 
Atendieron a Aurora y dio a luz a un varoncito blanco, rubio y hermoso. Su familia quedó sorprendida, su madre comenzó a hostigarla preguntándole de quién era hijo, pero, la chica se negaba a decir algo, solo lloraba. 
Amamantó a su bebito y se quedaron dormidos. Como a la medianoche Aurora se levantó aterrorizada, sintió algo flemoso y pesado sobre su pecho. Se dio cuenta que era una pequeña serpiente y lo arrojó a un lado, este comenzó llorar como si fuera en realidad un ser humano. Al darse cuenta de que era su hijo en realidad lo envolvió rápidamente y se sentó a amamantarlo, su mamá vino a ver por qué lloraba su nietito.
-Quería tomar su leche- dijo Aurora disimuladamente.
-Acomódale bonito a un costado, cuidado lo vayas a apretar- le recomendó su madre y se fue a acostarse de nuevo. 

En los días siguientes la gente del pueblo venía a visitar al bebito y se quedaban admirados porque era rubio y blanco. 
Aurora no decía nada, guardaba su secreto y solo les mostraba sonriente a su pequeñito, que en el día era humano y en la medianoche se convertía en boa. 
Pero la verdad siempre se manifiesta, así que una noche, el bebé lloró demasiado. La chica no sabía cómo hacerlo callar, tenía miedo de que su madre viniera y la descubriera. El bebé estaba en su forma de serpiente cuando lo inevitable pasó.
-Aurora dame a tu bebito, aprovecha que hay candela todavía y haz hervir agua- Dijo su madre.
-Debe estar enfermito- añadió.
-No mami, ahorita se va a callar- repuso la muchacha asustada. 
-Aurora hazme caso o ¿estás queriendo que tu hijo se agrave?
-No mamita, ya está mamando-. 
El niño seguía llorando y su madre se enojó con con ella porque no la quería obedecer. 
-Dame a tu hijito y vete prepararle su remedio ahorita- le dijo enfurecida.
A la chica no le quedó de otra de entregar a su bebito y cuando su madre lo tuvo en sus brazos y le sacó la telita que lo cubría, dio un grito de espanto. 
- ¡Es una boa! -  y antes que Aurora pudiera hacer algo, lo arrojó a la candela. 
- ¡Nooo, hijito ¡- exclamó la chica. 
La pequeña serpiente se revolcaba de dolor gimiendo como humano sobre los rojos carbones. Aurora rápidamente lo agarró y corrió a su puerto y lo arrojó al rio. 
Cuando volvió a casa llorando, encontró a su mamá que aún no podía asimilar lo que había pasado. 

Le contó la verdad y su madre se sintió culpable por lo que había hecho, pensaron tristes que el bebé anaconda moriría ahogado cuando recuperara su forma humana. 
Triste paraba Aurora, hasta que una noche se le apareció en sueños su hijito, pero esta vez se le presentó como una anaconda más grande y le habló a su madre:
-Mamita, ya no estés triste, les perdono por lo que hicieron, yo aquí estoy bien. -
-Aquí mi papá me está cuidando. - y cuando dijo eso apareció otra inmensa anaconda.
-Mamita, va a llover bastante en uno de estos días, todo nuestro pueblito, la gente, el monte y los cerros van a desaparecer, pero yo no quiero que tú, ni la abuelita, ni mis tíos y sus familias mueran. Por eso agarra un plátano, yuca, piña, algodón y todo lo que necesites arrójalos en tu chacra y al día siguiente vas a ver que se ha llenado todito de plátanos, de yucas, de piñas... Después, busca el árbol más grande y construye tu tarima, pon ahí todo lo que has cosechado y cuando veas que quiere llover, suban ustedes para que se salven. Yo y papá les vamos a estar cuidando- Le dijo.

Al día siguiente su madre con ayuda de sus hermanos hizo todo lo que su hijo le había dicho, los pobladores miraban extrañados por qué hacía esto y no le dieron importancia más bien, seguían masateando y emborrachándose en las mingas nomás. 
Un día de la nada el cielo se tornó oscuro, Aurora y su familia llamaron a sus paisanos para que subieron con ellos, pero no les hicieron caso. 
-Ya va pasar, qué van hacer arriba de un árbol en plena tormenta- dijo una de sus vecinas. 
Ellos no insistieron más y ni bien subieron comenzó a llover, los pobladores se refugiaron en sus casas. Pasó toda la noche lloviendo y a la mañana ya estaban asustados, la lluvia no cesaba y pronto comenzó los griteríos de hombres y mujeres porque el pueblo ya estaba halagando, en medio de la lluvia fueron camino al cerros con sus hijitos en brazos temblando de frio, con sus canastas sobre sus espaldas llevando sus cosas pensando que se salvarían, pero la lluvia no pasó, el agua cubrió todo el pueblo, todos los cerros y murieron todos ahogados. Solo Aurora y su familia se salvaron hasta que cesó de llover y pudieron bajar a tierra para repoblarla de nuevo.

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Relato oral - Adaptado
Fernando Bartra

La Sachavaca Endiablada

Cierta mañana Julio fue al monte a cazar. Le dijo a su esposa que volvería muy tarde y ella le puso en su morral un poco de fariña y un porongo con agua para que pudiera aguantar en el transcurso del día. Y el hombre con escopeta en mano se dirigió monte adentro.

Era mañana ruidosa como siempre en la selva. Las huasas en grupos chillaban y saltaban de rama en rama comiendo los deliciosos shimbillos, las perdices con sus cantos andaban por el suelo buscando semillas para comer, los zancudos que nunca dejan de zumbar por el oído y una que otras pequeñas abejas negra que trataban de libar el sudor del montaráz.
A pesar de que era mañana soleada, en la espesura todavía hacía frío y estaba un poco oscura debido a las tupidas hojas de las enormes quinillas.

Julio caminaba atento a cualquier sonido, él quería encontrar un animal grande ya sea una sachavaca o un venado porque se acercaba el cumpleaños de su sobrina y quería regalarle a su hermana, la madre de la niña, para que cocinara ese día.
Sabía que probablemente los hallaría cerca de  alguna cocha o aguajal.
Decidió ir cerca a los aguajales porque a veces a las sachavacas se les encuentra comiendo el fruto de estas palmeras o bebiendo agua y, bañándose en las pequeñas cochas que se forma entre los aguajes.

Debía andar con mucho cuidado por esos lugares porque podía molestar de repente a alguna boa negra que estuviese durmiendo bajo las enormes hojas secas amontonadas sobre el agua o tal vez un jergón que saltase sobre él de improviso.
Se acercó sigilosamente observando a su alrededor y de pronto la vio.
Era muy grande y estaba bebiendo agua, comenzó a mover su oreja captando la presencia del cazador y antes que la sachavaca levantara la cabeza, le disparó en el pecho.

El animal lanzó un bramido de dolor y comenzó a correr dejando rastros de sangre.
Julio comenzó a perseguirlo porque sabía que  se caería en algún lugar ya que le había dado bien.
Pero él hombre no se dio cuenta que la sangre de la supuesta sachavaca no era roja, era verde.
Lo que hacía suponer que no era algo de nuestro mundo.

De repente la "sachavaca" se metió entre los matorrales y cuando Julio se acercó se dio la sorpresa que entre el enorme charco de sangre verde, lo que era la sachavaca se había convertido en un añuje herido que comenzó a caminar cojeando y en ese momento él se aterrorizó.  El "añuje" tras caminar unos metros más adelante, ante los atónitos y aterrados ojos de Julio, se convirtió en nido de comején.

El pobre hombre se quedó paralizado por lo que acababa de ver, sintió un terrible escalofrío recorrer su cuerpo de pies a cabeza, sus vellos se erizaron y ahí parado tragó saliva y volvió triste y pensativo a su casa.

En el camino escuchaba risas, silbidos y golpes en las aletas de los árboles, recordaba sobre los cuentos de sus abuelos sobres los diablillos que cuidan y mezquinan a sus animales en el monte. Él había visto uno y lo estaba siguiendo fastidiándolo y burlándose de él.

Cuando por fin llegó a su casa, se dirigió donde estaba su mujer, se sentó a su lado, le contó lo sucedido y se desmayó.
Fue tanta la impresión de presenciar algo sobrenatural que lo dejó enfermo y traumado.
Se pudo recuperar de este susto en los siguientes semanas pero, desde aquel día nunca volvió ir al monte.

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Cuento
Fernando Bartra

miércoles, 22 de enero de 2020

La Shushupe

-Mi Marita va entrar a la secundaria para el año que viene- Se dijo Don Casimiro mientras huactapeaba el monte alto para hacer su porotal.
Él vivía en un pueblito del rio. Era un hombre de bajos recursos económicos que trabajaba en la agricultura para poder mantener a su familia. Su esposa vendía ropa de segunda para poder ayudarlo.
Tenían una hija mayor llamada María y otros dos pequeños llamados Juan y Eliseo.
Él estaba preocupado porque María, iba a acabar la primaria ese año.
Debía ahorrar dinero para comprarle sus útiles escolares y su uniforme.
Por eso se había propuesto sembrar frejol regional pues, decían que en Pucallpa lo podía vender a un buen precio.
Absorto en sus pensamientos estaba Don Casimiro y cultivaba sin cesar hasta que llegó la hora del fiambre.
-Tengo que sacarme el ancho por mis hijos- Se decía.
-De repente, mañana más tarde, cuando tengan su profesión me van a pasar alguito siquiera-.
Y bebió el shibé que su mujer le había entregado junto con un táper con arroz y lisa ahumada.
Eran como las tres de la tarde y siguió cultivando hasta que llegó a la parte de los ceticales y yarinales. No se dio cuenta que bajo las hojas secas del cetico una serpiente, la más temida de todas, dormía plácidamente y no quería ser fastidiada.
Don Casimiro no había prestado atención a los sonidos que hace la Shushupe cuando duerme, unos sonidos que parecen ronquidos.
Si se hubiera percatado antes, su final hubiera sido diferente.
Los machetazos que daba el pobre agricultor a las hojas de yarina hizo poner en alerta rápidamente al reptil que se puso en posición de ataque. Levantó su cabeza y se irguió hasta quedar a la altura de la cara del hombre y esperó sigilosa.
Mientras Don Casimiro cultivaba la maleza pensando en el futuro de sus hijos, su machete casi golpea a la serpiente que hizo su sonido terrorífico con su cola: -shshsh, shshsh, shshsh-.
El hombre aterrado buscó de donde provenía ese sonido y al levantar la cabeza se encontró frente a frente a la enorme Shushupe que lo miraba con sus potentes ojos rojos.
El agricultor comenzó a correr despavorido, y la Shushupe lo persiguió por su tras. Cuando estuvo cerca al hombre esta se lanzó sobre él y lo derribó al suelo.
Él quiso defenderse con su machete, pero la serpiente le mordió en la cara, luego en el brazo y en el pecho.
Don Casimiro gritaba desesperado, el dolor que sentía era como fuego quemándolo, entre tanto, el mortal veneno de la Shushupe lo mataba rápidamente.
Sintió que ya no tenía fuerzas, se dejó desvanecerse en el suelo y comenzó a agonizar. La serpiente por su parte, se enroscó en su cuerpo y acostó su cabeza sobre su pecho, esperando a que su corazón dejara de latir para poder marcharse tranquila.
En el pueblo su mujer estaba preocupada, ya eran las seis de la tarde y su marido no regresaba.
Mandó a llamar a dos de sus sobrinos para que fueran en búsqueda del agricultor.
Sus sobrinos tomaron su escopeta y machetes y fueron charlando hacia la chacra de su tío.
En la mitad del trayecto, vieron tirado inerte al pobre Casimiro y a la temible Shushupe enroscada sobre su cuerpo.
Esta al escuchar los pasos de los jovencitos quiso lanzarse sobre ellos.
Estos indignados, soltaron varios disparos que destrozó la cabeza de la serpiente.
La remataron a machetazos y volvieron 
corriendo al pueblo a pedir ayuda para poder recoger el cadáver de Casimiro.

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Cuento
Fernando Bartra