Alto Aruya

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sábado, 18 de enero de 2020

El Tigre Negro


Yo pensaba que ya habían acabado con todas estas fieras.  En el pasado mucha gente los cazaba indiscrimidamente, ya que su pelaje y dientes eran muy cotizados en el mercado. Para el año 2010 el tigre negro (Pantera) solo existía como leyenda en la zona.

Nosotros estudiábamos la primaria en un pueblito llamado Alto Aruya que se ubica en la provincia de Atalaya.  Pero mi padre trabajaba como docente en otro pueblo, rio arriba, llamado Paraíso. Él pasaba toda la semana trabajando en ese lugar y solo regresaba a Alto Aruya los fines de semana para estar con su familia. Para volver debía caminar como tres horas por la carretera bordeando al rio desde Paraíso hasta un embarcadero que se encontraba al frente de mi pueblo, luego llamaba gritando para que lo fuéramos a recoger en canoa.

Cierto viernes al mediodía, al finalizar sus clases, él se preparó para volver a casa. Con mochila en sus espaldas comenzó a caminar por la limpia carretera que dejaron los tractores de una empresa que sacaba madera en los terrenos que limitaban con la Reserva Nacional EL SIRA.  Mi padre temía encontrarse con una Shushupe o un jergón, pero, jamás imaginó que le tocaría algo distinto a sus miedos, algo más terrorífico que una simple serpiente que persigue hasta matar.
- ¡Don gato! Juu, buen día. -
Saludó mi padre al señor que vivía al borde de la carretera.
-Buen día, profe. ¿Tas de regreso al pueblo?
-Sí Don Gato, voy a ver cómo están mis chiquitos. - Dijo mi papá y se despidió para continuar su camino.

Avanzó unos 300 metros y de pronto, vio algo que le asustó y sorprendió a la vez. Echado en medio del camino se encontraba un animal parecido a un enorme toro negro que no se percató de la presencia de mi padre.

- ¿Don gato tiene toro? - Se preguntó extrañado mi papá.
-La semana pasada pasé por aquí y no vi ningún animal- se dijo.
Y se acercó más para pasar rápidamente cuando de repente la fiera levantó su cabeza y volteó a mirar a mi papá.
A él se le heló la sangre. Decían que ya no vivía ni uno por allí, que los habían cazado a todos. Pero ahí estaba uno, frente a frente con mi padre mirándolo con sus chispeantes ojos rojos.
-Aquí es mi muerte- Se dijo mi padre atemorizado.
El tigre negro se levantó y miró directo a mi padre, gruñendo y moviendo su cola incesantemente.
Mi papá resignado esperó a que la fiera lo atacara, pero, el animal se mantuvo mirándolo ferozmente sin avanzar. Él se volvió en sí y creyó que era un milagro así que, lentamente dio marcha atrás y volvió a la casa de Don Gato sin perder de vista al tigre que lo seguía observando a lo lejos. 
Es que dicen que los tigres negros no atacan de día. Solo lo hacen de noche: Toman por sorpresa a su víctima mientras este duerme, le incrusta sus enormes colmillos y lo arrastra monte adentro para devorarlo tranquilamente.

Mi padre asustado, blanco como papel, llegó a la casa de Don Gato y le pidió que lo llevara en peque peque hasta el pueblo donde nosotros, su familia, lo estábamos esperando.

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Relato adaptado
Fernando Bartra

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