Alto Aruya

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martes, 24 de marzo de 2020

El Hijo de la Anaconda

En un pueblito muy remoto de la selva vivía Aurora junto a su madre y sus hermanos. Ellos se encargaban de la caza y la pesca para el sustento de la familia y ella con su madre se encargaban de los quehaceres de la casa y de la chacra. Su mamá era una mujer muy disciplinada y protegía mucho a Aurora porque era su única hija. 
El pueblo donde ellos vivían era grande, todos sus habitantes mantenían sus costumbres y hablaban su lengua nativa. Su comunidad era como un paraíso pues la tierra era fructífera, o sea, todo lo que sembraban les producía en abundancia. Había peces, aves y animales que cazar. La gente no sufría hambre y los niños, futuros guerreros, crecían fuertes y robustos. Su pueblo se encontraba rodeado de inmensas montañas. Sus atardeceres en el rio reflejaban la hermosura de la creación de su dios Oria (sol). 
El rio era cristalino, abundancia de vida nadaban en sus aguas. Se podía ver a las anguilas, a los enormes paiches e incluso a las soberbias boas que sacaban sus cabezas afuera del agua para tomar un poco de aire. Había muchas cataratas, todas ella rodeadas de enormes rocas. 

Aurora era joven y hermosa, su piel canela y sus ojos almendras hacía que los guerreros se fijasen en ella cada vez que iban a beber masato en su casa. Solía pintarse con achiote sus mejillas lo cual le hacía mucho más atractiva.
Todo parecía bien mas no todo era perfecto, ella vivía triste. Extrañaba a su padre que había muerto de un flechazo en la guerra con otro pueblo. 
Un día la joven fue al rio a bañarse. Se fue a su puerto y con el agua hasta las rodillas lavaba su cushma mientras cantaba una melancólica canción. De pronto vio que el agua se estaba tiñendo de rojo y volvió hacia la ribera porque se dio cuenta que le había dado su menstruación. En ese instante vio la cabeza de una enorme anaconda sumergirse a unos pocos metros de distancia y ella corrió asustada a su casa.
Le contó a su madre lo sucedido y ella le dio de beber un té hecha de las hojas de un piri piri. 
Aurora simplemente bebió el té y como era tarde se acostó en su estera y se quedó profundamente dormida. Mas en sueños se le apareció la anaconda que le dijo:
 -Me enamoré de ti, tú llevas un hijo mío en tu vientre, soy el guardián de este rio, siempre te voy a cuidar-.
Ella dio un grito y se despertó, ya era medianoche y sus hermanos vinieron a ver qué le pasaba.
 -Un espíritu se le ha presentado - dijo uno de ellos.
 -Sí, se le nota en su mirada- añadió el mayor. 
-Soñé a una boa grande- le dijo a su madre. Pero no le contó que aquel espíritu la dicho que tendría un hijo suyo. 
Sus hermanos se fueron a dormir de nuevo y su madre se quedó cantándole ícaros. 

Pasaron los meses con sus días y estaciones, pasaron tan rápido como el vuelo del colibrí, como el correr del venado. Aurora trataba de esconder su embarazo poniéndose cushmas grandes, durante todo ese tiempo su familia no se dio cuenta hasta que finalmente llegó el día de dar a luz. 
Cierta noche mientras asaba yuca le dio un horrible dolor de vientre, era insoportable y se acostó en el suelo delante de su madre. 
- ¡Mamita, ayúdame! -
Su madre sorprendida comenzó a frotarla y se dio cuenta de lo que en verdad pasaba.
- ¡Aurora! ¡Estás embarazada ¡- Exclamó. 
 -No te quería contar mamita, perdóname- dijo la muchacha. 
-Ishaco, llámale a tu abuelita, ¡apúrate! - Ordenó a su hijo menor. 
Atendieron a Aurora y dio a luz a un varoncito blanco, rubio y hermoso. Su familia quedó sorprendida, su madre comenzó a hostigarla preguntándole de quién era hijo, pero, la chica se negaba a decir algo, solo lloraba. 
Amamantó a su bebito y se quedaron dormidos. Como a la medianoche Aurora se levantó aterrorizada, sintió algo flemoso y pesado sobre su pecho. Se dio cuenta que era una pequeña serpiente y lo arrojó a un lado, este comenzó llorar como si fuera en realidad un ser humano. Al darse cuenta de que era su hijo en realidad lo envolvió rápidamente y se sentó a amamantarlo, su mamá vino a ver por qué lloraba su nietito.
-Quería tomar su leche- dijo Aurora disimuladamente.
-Acomódale bonito a un costado, cuidado lo vayas a apretar- le recomendó su madre y se fue a acostarse de nuevo. 

En los días siguientes la gente del pueblo venía a visitar al bebito y se quedaban admirados porque era rubio y blanco. 
Aurora no decía nada, guardaba su secreto y solo les mostraba sonriente a su pequeñito, que en el día era humano y en la medianoche se convertía en boa. 
Pero la verdad siempre se manifiesta, así que una noche, el bebé lloró demasiado. La chica no sabía cómo hacerlo callar, tenía miedo de que su madre viniera y la descubriera. El bebé estaba en su forma de serpiente cuando lo inevitable pasó.
-Aurora dame a tu bebito, aprovecha que hay candela todavía y haz hervir agua- Dijo su madre.
-Debe estar enfermito- añadió.
-No mami, ahorita se va a callar- repuso la muchacha asustada. 
-Aurora hazme caso o ¿estás queriendo que tu hijo se agrave?
-No mamita, ya está mamando-. 
El niño seguía llorando y su madre se enojó con con ella porque no la quería obedecer. 
-Dame a tu hijito y vete prepararle su remedio ahorita- le dijo enfurecida.
A la chica no le quedó de otra de entregar a su bebito y cuando su madre lo tuvo en sus brazos y le sacó la telita que lo cubría, dio un grito de espanto. 
- ¡Es una boa! -  y antes que Aurora pudiera hacer algo, lo arrojó a la candela. 
- ¡Nooo, hijito ¡- exclamó la chica. 
La pequeña serpiente se revolcaba de dolor gimiendo como humano sobre los rojos carbones. Aurora rápidamente lo agarró y corrió a su puerto y lo arrojó al rio. 
Cuando volvió a casa llorando, encontró a su mamá que aún no podía asimilar lo que había pasado. 

Le contó la verdad y su madre se sintió culpable por lo que había hecho, pensaron tristes que el bebé anaconda moriría ahogado cuando recuperara su forma humana. 
Triste paraba Aurora, hasta que una noche se le apareció en sueños su hijito, pero esta vez se le presentó como una anaconda más grande y le habló a su madre:
-Mamita, ya no estés triste, les perdono por lo que hicieron, yo aquí estoy bien. -
-Aquí mi papá me está cuidando. - y cuando dijo eso apareció otra inmensa anaconda.
-Mamita, va a llover bastante en uno de estos días, todo nuestro pueblito, la gente, el monte y los cerros van a desaparecer, pero yo no quiero que tú, ni la abuelita, ni mis tíos y sus familias mueran. Por eso agarra un plátano, yuca, piña, algodón y todo lo que necesites arrójalos en tu chacra y al día siguiente vas a ver que se ha llenado todito de plátanos, de yucas, de piñas... Después, busca el árbol más grande y construye tu tarima, pon ahí todo lo que has cosechado y cuando veas que quiere llover, suban ustedes para que se salven. Yo y papá les vamos a estar cuidando- Le dijo.

Al día siguiente su madre con ayuda de sus hermanos hizo todo lo que su hijo le había dicho, los pobladores miraban extrañados por qué hacía esto y no le dieron importancia más bien, seguían masateando y emborrachándose en las mingas nomás. 
Un día de la nada el cielo se tornó oscuro, Aurora y su familia llamaron a sus paisanos para que subieron con ellos, pero no les hicieron caso. 
-Ya va pasar, qué van hacer arriba de un árbol en plena tormenta- dijo una de sus vecinas. 
Ellos no insistieron más y ni bien subieron comenzó a llover, los pobladores se refugiaron en sus casas. Pasó toda la noche lloviendo y a la mañana ya estaban asustados, la lluvia no cesaba y pronto comenzó los griteríos de hombres y mujeres porque el pueblo ya estaba halagando, en medio de la lluvia fueron camino al cerros con sus hijitos en brazos temblando de frio, con sus canastas sobre sus espaldas llevando sus cosas pensando que se salvarían, pero la lluvia no pasó, el agua cubrió todo el pueblo, todos los cerros y murieron todos ahogados. Solo Aurora y su familia se salvaron hasta que cesó de llover y pudieron bajar a tierra para repoblarla de nuevo.

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Relato oral - Adaptado
Fernando Bartra

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