Alto Aruya

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miércoles, 25 de marzo de 2020

Los Madereros y los Tigres Negros

Los madereros estaban alegres. En medio de la selva habían encontrado un lugar con mucha caoba, cedro y tornillo.
Ese mismo día en bote, partieron del pueblito rio arriba hacia aquel lugar poco explorado. 

Eran nueve personas, la mayoría foráneos, ambiciosos y presuntuosos. Solo uno era un poblador indígena llamado Manuel que habían llevado como guía.
Llegaron a un paraje del rio y siguieron navegando por otro más angosto, que los llevó hacia una gran cocha y ellos emocionados arribaron a la ribera para armar su campamento y pernoctar esa noche.

-Don Rogelio mira allá ¡tremendos cedros hay ahí ve!- exclamó Cesar, uno de los trabajadores.
-Sí di, mañana mismo comenzamos a tumbar-.
-Aqui ya hemos hecho plata- dijo otro muchacho mientras miraba ambiciosamente todos los enormes cedros que le rodeaban. 

-Claro, además aqui podemos ir a chapanear y matar algún trompetero para comer- Dijo otro.
-Hablando de comida, ya me dio hambre cho-Dijo Don Rogelio.
-¡Oye Cesar mira en la cocha hay pato de monte! vete a matar algunos pe.- ordenó Don Rogelio al muchacho.

En efecto en la cocha habían muchos patos silvestres, que nadaban y se zambullían en el agua. Pero lo extraño es que eran de diferentes colores, había rojo, negro, otros amarillo, verde e incluso azul.
Como ellos no conocían pensaron que era normal y Cesar se disponía ir a cazar cuando de repente Manuel le gritó:
-¡No!
No los mates promoción, esos patos no son normales, tienen su dueño, te pueden hacer daño.-
Las otros personas se rieron y don Rogelio le dijo:
-No te preocupes Mañuquito, cómo vas a estar creyendo en eso ya vuelta-
-Bueno, conste que les avisé-repuso Manuel un poco intranquilo.
 Y esa tarde comieron patos asados con arroz y plátano. 
Menos el guía, él sólo observaba y los demás bromeaban.

Ya se estaba haciendo tarde y todos se pusieron armar su campamento y amarrar sus mosquiteros. 
Solo Manuel hizo su tarima en un árbol alto y ramudo para dormir allí arriba, el chicua no había dejado de lanzar su malaguero canto toda esa tarde y él, creyente de los misterios de la selva se había prevenido de esa manera.

Ya llegada la noche, todo reían abajo.
-¡Manuel, cuidao te vas a caer¡- le gritó Cesar y todos se echaron a reír.
-Ja ja ja,  ¡¿qué pués es?¡ ¡sonámbulo así!-Exclamó Manuel.

Era noche de luna, el cielo estaba despejado, se veía claro alrededor, los sonidos que emitían los mosquitos y aves nocturnas daban cierto temor y ya muy
Y avanzada la noche todos se quedaron profundamente dormidos menos el muchacho.
Él pensaba en los patos de colores, nunca antes los había visto, y además había visto huellas de jaguares a los alrededores, pero los madereros estaban en grupo y bien armados y, nada malo pasaría pensaba él.

De pronto,
-rrr rrr rrr, rrr rrr rrr-
Un unísono de muchos animales se escuchó a lo lejos.

-¡Oh tigres¡ ¡tigres!-Exclamó Manuel.
-¡César, Don Rogelio, Jonatan!
 !Levántense¡ !tigres¡ !tigres¡
-¡César¡ ¡Don Rogelio¡
Les gritaba desde arriba el desesperado Manuel intentando hacer que se despertasen pero, no obtenía respuesta.

Los gruñidos y pisadas de la manada de tigres se oían cada vez más cerca asi que él rápidamente bajó del árbol.
Manuel corría de mosquitero a mosquitero tratando de hacerles despertar pero ellos estaban profundamente dormidos ¡estaban hipnotizados! los patos demoniacos de colores que habían comido eran una trampa, les habían hecho caer en un profundo sueño.
-¡Don Rogelio¡ ¡Jonatan!
¡Levántense por favor!
Exclamaba el pobre Manuel casi llorando pero sus amigos parecían tranquilos durmiendo y roncando.
No tuvo otra opción que abandonarlos y trepó de nuevo a la tarima en el árbol.

Desde allí horrorizado vio como muchos  tigres negros, con sus ojos rojos y rugiendo horriblemente se acercaban al campamento donde dormían hipnotizados los madereros.
Oyó como tronaban los huesos de sus amigos mientras eran devorados y algunos arrastrados hacia la espesura. 
¡Ni un grito de dolor, ni un gemido!
Las fieras peleaban entre ellas por su comida.
Rugían y corrían persiguiéndose por un pedazo de carne.

Manuel, desde arriba, solo oía temblando de miedo y llorando de terror en silencio.
No debía hacer ruido o correría la misma suerte.
Allí arriba quedó él todo el tiempo hasta que los tigres negros se alejaron cuando llegó el alba.
No quiso bajar ese mismo rato, esperó a que el día aclarase bien y recién bajó.

Quedó aterrado al ver charcos de sangre, huesos  esparcidos de aqui por allá. En el suelo se veían las huellas de las fieras y el sendero ensangrentado que habían dejados con sus poderosas pisadas.

Sin perder tiempo, el joven corrió rápidamente al bote, mirando asustado hacia todos lados. Encendió el motor y regresó rio abajo hasta llegar al pueblo.
Les contó a todos lo que había pasado, los familiares de los madereros devorados, lloraron y encolerizados planearon regresar al lugar para acabar con estas malditas bestias.

Manuel no quería regresar, pero tuvo que ir a la fuerza con ellos, porque algunos dudaban de lo que él les contaba aterrado.
Ese mismo día se fueron muchos hombres con escopetas y afilados machetes.
Llegaron a la cocha y mataron a todas las patos de colores mas no lo comieron, prepararon sus tarimas y tendieron algunas camas en el suelo para parecer que estaban durmiendo abajo.

A la media noche oyeron estruendosos rugidos y pisadas que se acercaban al campamento y ellos desde arriba con sus escopetas esperaran la llegada de estos animales.
Las fieras comenzaron a rugir y  buscar en el campamento las supuestas personas  y los hombres desde arriba en los árboles comenzaron a dispararles a todos ellos.
Los tigres gruñían de dolor, algunos huyeron pero la gente, logró matar a la mayoría...

De esa forma se vengaron de sus parientes que habían sido devorados primero, se regresaron al pueblo y a esta vez a todo aquel maderero que quería entrar a tala, les advertían de los peligros que conllevaba realizarlo en ese lugar del monte.

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Relato oral - Adaptado
Fernando Bartra

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