Alto Aruya

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martes, 24 de marzo de 2020

La Sachavaca Endiablada

Cierta mañana Julio fue al monte a cazar. Le dijo a su esposa que volvería muy tarde y ella le puso en su morral un poco de fariña y un porongo con agua para que pudiera aguantar en el transcurso del día. Y el hombre con escopeta en mano se dirigió monte adentro.

Era mañana ruidosa como siempre en la selva. Las huasas en grupos chillaban y saltaban de rama en rama comiendo los deliciosos shimbillos, las perdices con sus cantos andaban por el suelo buscando semillas para comer, los zancudos que nunca dejan de zumbar por el oído y una que otras pequeñas abejas negra que trataban de libar el sudor del montaráz.
A pesar de que era mañana soleada, en la espesura todavía hacía frío y estaba un poco oscura debido a las tupidas hojas de las enormes quinillas.

Julio caminaba atento a cualquier sonido, él quería encontrar un animal grande ya sea una sachavaca o un venado porque se acercaba el cumpleaños de su sobrina y quería regalarle a su hermana, la madre de la niña, para que cocinara ese día.
Sabía que probablemente los hallaría cerca de  alguna cocha o aguajal.
Decidió ir cerca a los aguajales porque a veces a las sachavacas se les encuentra comiendo el fruto de estas palmeras o bebiendo agua y, bañándose en las pequeñas cochas que se forma entre los aguajes.

Debía andar con mucho cuidado por esos lugares porque podía molestar de repente a alguna boa negra que estuviese durmiendo bajo las enormes hojas secas amontonadas sobre el agua o tal vez un jergón que saltase sobre él de improviso.
Se acercó sigilosamente observando a su alrededor y de pronto la vio.
Era muy grande y estaba bebiendo agua, comenzó a mover su oreja captando la presencia del cazador y antes que la sachavaca levantara la cabeza, le disparó en el pecho.

El animal lanzó un bramido de dolor y comenzó a correr dejando rastros de sangre.
Julio comenzó a perseguirlo porque sabía que  se caería en algún lugar ya que le había dado bien.
Pero él hombre no se dio cuenta que la sangre de la supuesta sachavaca no era roja, era verde.
Lo que hacía suponer que no era algo de nuestro mundo.

De repente la "sachavaca" se metió entre los matorrales y cuando Julio se acercó se dio la sorpresa que entre el enorme charco de sangre verde, lo que era la sachavaca se había convertido en un añuje herido que comenzó a caminar cojeando y en ese momento él se aterrorizó.  El "añuje" tras caminar unos metros más adelante, ante los atónitos y aterrados ojos de Julio, se convirtió en nido de comején.

El pobre hombre se quedó paralizado por lo que acababa de ver, sintió un terrible escalofrío recorrer su cuerpo de pies a cabeza, sus vellos se erizaron y ahí parado tragó saliva y volvió triste y pensativo a su casa.

En el camino escuchaba risas, silbidos y golpes en las aletas de los árboles, recordaba sobre los cuentos de sus abuelos sobres los diablillos que cuidan y mezquinan a sus animales en el monte. Él había visto uno y lo estaba siguiendo fastidiándolo y burlándose de él.

Cuando por fin llegó a su casa, se dirigió donde estaba su mujer, se sentó a su lado, le contó lo sucedido y se desmayó.
Fue tanta la impresión de presenciar algo sobrenatural que lo dejó enfermo y traumado.
Se pudo recuperar de este susto en los siguientes semanas pero, desde aquel día nunca volvió ir al monte.

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Cuento
Fernando Bartra

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