Alto Aruya

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jueves, 30 de abril de 2020

El Yacuruna

Cierta vez una familia viajaba de regreso a su pueblo por el rio Ucayali. Retornaban en bote desde la ciudad de Pucallpa luego de vender su madera.
El viaje de vuelta tomaba tres largos días aunque si avanzaban de noche lo harían en un día y medio pero, era muy arriesgado debido a los enormes remolinos que se formaban en medio del rio y también por los troncos con los cuales podrían chocar y perecer.

-Allá en esa playa hay que atracar- Dijo el motorista Claudio.
-Sí, parece un buen lugar- Opinaron todos.

Esa primera noche de su viaje fue maravilloso. Eran los últimos días de la época de verano así que antes que oscureciera arribaron a aquella hermosa e inmensa playa. Antes que nada, levantaron el campamento y tendieron sus camas.

Por su parte los niños se pusieron a buscar los huevos de tibe en la arena. El tibe es una especie de ave parecida a la gaviota pero pequeña.
Y tomar sus huevos fue todo un reto porque mientras más cerca del nido se encontraban, estas avecillas se enojaban y comenzaban a sobrevolar y picotear la cabeza de los niñitos.
Estos corrían desesperados y felices con los huevecillos en sus manos e iban a entregárselas a sus madres para que se los cocinaran.

Por su parte los hombres dejaron encendiendo la fogata y se fueron a pescar con sus redes. Las mujeres se quedaron a cocinar el plátano y se sentaron a conversar alrededor del fuego, esperando el pescado para preparar el delicioso pango...
Esa noche descansaron tranquilos y al día siguiente continuaron su viaje.

Pero en esta jornada no les fue tan bien porque en casi todo el día sopló un ventarrón muy fuerte y las olas que se formaban en el rio eran enormes y peligrosas. Estas chocaban fuertemente contra la embarcación y eso obligaba a nuestros amigos a atracar en cualquier ribera y esperar a que se calmase un poco para poder avanzar.

-Me preocupa que no calme el viento, ya va oscurecer y por estos lugares no hay playas para pasar la noche- Dijo Claudio.
-Creo que como sea vamos a tener que dormir en el bote- Supuso José, el cuñado de este.
-Así va ser, ni loco para subir a esos barrancos, ahí debe haber un montón de víboras- Replicó el primero.
-Eso es lo malo del bajial, hay muchas víboras, arañas peludas y alacranes.- Dijo Don César, el suegro de Claudio, bostezando de cansancio.

Así que siguieron navegando y la situación se tornaba complicada, no hallaban un sitio propicio para acantarse. Ya anochecía cuando llegaron a una parte remansa del rio, la cuestión es que se encontraba cerca a un barranco muy alto pero, parecía que no había ningún riesgo, ya que, por lo menos si se desplomase no caería sobre ellos.

-¡Agarra la soga y amárrale en ese árbol¡ !amárrale bien para que el bote no balancee tanto¡- Ordenó el motorista a su cuñado quien se encontraba en la proa.
Luego todos en el bote se acomodaron como pudieron, amarraron sus mosquiteros y se dispusieron a dormir.

A la medianoche Don César tuvo una pesadilla.
En ella vio que un ser de color grisáceo salía del agua y caminaba levitando y gimiendo alrededor del bote.
Andaba encorvado, la contextura de su piel era como del bufeo, tenía bigotes como del bagre, sus manos y pies tenían membranas y, una gran aleta dorsal con espinas sobresalía de su espalda.

Mientras el hombre observaba asombrado todo esto, oyó una grave voz que le dijo:
-En mal lugar han venido a descansar esta noche, aquí estoy haciendo mi casa y hoy todo este sitio se va a desbarrancar
¡Váyanse ahora mismo de aquí¡-
-¿Realmente existes?- Balbuceaba el hombre.
-Yo soy el guardián de estas aguas, a tres vueltas más abajo hay otra playa para ti ¡Ahora levántense y lárguense!-

-Papito, despiértate, papi- Le susurraba su hijo mientras este, aún dormido hablaba palabras incoherentes
-Palmadéale despacio nomás. Tiene pesadilla, no le llames por su nombre sino, puede morir de la impresión.-Le dijo su madre.

En ese momento el hombre despertó asustado, estaba todo sudado y, respirando agitado dijo:
-Vamos avanzar más abajo, dile a Claudio que arranque el motor y nos vamos-
-¿Qué hablas suegro?- replicó el motorista desde su mosquitero.
-El Yacuruna se me ha presentado, me dijo que todo este sitio se va a desbarrancar porque aquí está haciendo su casa y por eso, quiere que nos vayamos ahora mismo.

Todos se quedaron atónitos por lo que decía. Pero obedecieron ya que en ese momento los remolinos comenzaron a formarse cerca de ellos.
Encendieron el motor y con un faro se alumbraban en el rio mientras se alejaban de aquel lugar.

El hombre se sintió intranquilo, dudaba si era real o solo una pesadilla pero de pronto, por encima del ruido del motor, oyeron un fuerte estallido a lo lejos. Al voltear y alumbrar con el potente faro, vieron asombrados cómo una enorme mano que sobresalía del agua desbarrancaba todo el lugar donde minutos antes habían estado.
Si hubieran desobedecido la orden del Yacuruna, el barranco se habría caído sobre ellos y toda esa tonelada de tierra los habría sepultado vivos bajo el agua.

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Cuento
Fernando Bartra


domingo, 26 de abril de 2020

El Hombre que se Burló del Chullachaqui

Cuando una empresa maderera manda a sus trabajadores al monte, ellos suelen establecer su campamento cerca a los lugares donde van a extraer las preciadas maderas.

Entre ellos hay gente que provienen de diferentes lugares ya sea de las mismas comunidades nativas o también gente venida de afuera, de la ciudad o de otra región.
La mayoría se adecúan y respeta las costumbres y creencias de los pueblos mientras otros, las desafían. Y el relato que narraré le sucedió a uno de ellos por no someterse a las leyes que rigen en la selva como es el respeto a los espíritus que habitan en ella:

Eran las primeras semanas de trabajo de este maderero llamado Sergio.
Él era un hombre crecido en la ciudad, amigable pero, a la vez prepotente y jactansioso.

Solía ser que cada fin de semana los hombres dejaban el campamento e iban de visita al pueblo más cercano ya sea para jugar un partido futbol, charlar, tomar masato o también cortejar a las señoritas.

En uno de esos fines de semana mientras Sergio y sus compañeros de trabajo charlaban y tomaban masato con los pueblerinos, un joven trabajador apodado "Machete", comentó que en una de sus expediciones en busca de las maderas oyó que alguien golpeaba fuertemente las aletas de los árboles.

-Debe ser el Chullachaqui- Dijo un comunero.
-Debes tener cuidado, no lo molestes, bien vengativo es- Dijo otro.
-Si pues, yo no le doy importancia. Yo sigo macheteando nomás, aunque a veces le escucho cerquita- Repuso el muchacho.

-¡Ushú Machete!-Exclamó Sergio con un gesto burlesco.
-¡Cómo le vas a tener miedo a ese duende cojo ya vuelta! ja ja ja-
-Oye promo, no hables así, eso es cierto cho.- le dijo asombrado otro compañero suyo.
-Ve ¿tú también? Si yo le encuentro, le pego nomás-. Prosiguió Sergio que al parecer estaba un poco borracho.

-No te estés burlando, ellos al toque escuchan y se enojan.- Le reprendió paciente un anciano del pueblo.
-Ellos están queriendo asustarles para que no sigan cortando madera- Prosiguió.
-Asi son los Shapshicos, lugares donde haya bastante madera o animales, ellos los cuidan como si fueran sus dueños- concordó otro.
-Bueno, a mi no me da miedo. Ese maldito duende para ustedes debe existir pero, como yo no creo, para mi no existe, es más si quiere que se presente ahorita- Sentenció Sergio.
Sus demás compañeros y los pueblerinos le miraron asustados, algunos moviendo la cabeza en señal de desaprobación.
Al final, antes que se hiciera más tarde, regresaron a su campamento y el día terminó sin novedades.

Las noches eran espantosas para algunos trabajadores que se internaban por primera vez en la selva. Aparte de los mosquitos que trataban de entrar al mosquitero de cualquier forma para succionarte la sangre, también había una especie de monos que chillaban como si fueran tigres. A muchos hizo despertar asustados la primera vez que los oyeron, los más experimentados solo se reían.
Por otro lado había sonidos extraños de los que nadie quería preguntar qué eran, como el silbido del tunchi por las madrugadas, o hasta a veces algunos contaban que oían pasos de personas caminando alrededor del campamento.

Los días transcurrían normales, los motosierristas cortaban los árboles, otros con los tractores los recogían y otro grupo se encargaba de abrir las trochas hasta las maderas encontradas en el monte.
En este último se encontraba Sergio, ya
sobrio, se había olvidado de lo que había hablado en medio de su borrachera pero, había un ser, uno muy encolerizado que se escondía entre los árboles y vigilaba cada paso que daba el irresponsable hombre.

En cierta tarde, mientras ellos abrían trochas, llegaron hasta una zona lleno de Shihuahuacos pero, que daba con un precipicio y allí abajo se podía observar un hermoso riachuelo corriendo estruendoso entre las piedras y en sus riberas había muchos bambús.

-Oye Sergio ya está haciéndose muy tarde, vamos ya promo antes que oscurezca- Le dijo un compañero suyo a mitad de una siesta.
-Vamos ya pues- Asintió el hombre.
Mientras regresaban él se dio cuenta que no traía su hacha.
-¡Oigan espérenme, me olvidé traer mi hacha!- exclamó
-¿Dónde lo has dejado?- Preguntó otro trabajador.
-Allá nomás, donde estábamos descansando-
-Vete ya pe, acá te esperamos-.
Sergio dio media vuelta y regresó al lugar cerca al precipicio en busca de su herramienta.

-¡Así que aquí estás!-
Le dijo una voz muy ronca y tenebrosa tras sus espaldas.
Cuando Sergio volteó a ver quién le hablaba, sus ojos se abrieron bien grandes de miedo y sorpresa.
Un ser pequeño, fortachón, con la barba larga, una pata de cabra y de rostro horrible le miraba con sus ardientes ojos de odio y muerte.
-!Ahora estamos acá, ven y pegáme como has dicho pues¡-
Le gritó el enojado chullachaqui.

En ese momento el pobre hombre trató de huir gritando asustado, pero este duende, le estrechó y comenzó a golpearlo.
Cada golpe era como de piedra y destrozaba los huesos del trabajador.
Se trataba de defender como podía  pero, no había comparación contra aquella fuerza sobrenatural.
-Aparte de meterse en mi monte ustedes se burlan de mi.-
-¡Yo soy el dueñoooo¡- Le gritaba en su cara el chullachaqui y Sergio moribundo comenzaba a botar sangre por su boca por los puñetazos que recibía.

Sus amigos que habían escuchado sus gritos, regresaron corriendo pensando que le había pasado algún accidente.
Al llegar al sitio vieron a su compañero tirado en el suelo, bañado en sangre y que algo que ellos no podían ver  lo arrastraba hacia el precipicio.
Sergio los miraba horrorizado clamándoles ayuda pero, el chullachaqui lo lanzó muy fuerte hacia al precipicio.
Sus amigos no podían creer lo que acababa de suceder, al mirar hacia abajo, vieron a Sergio suspendido en el aire atravesado por la espalda por una estaca de bambú.

Regresaron y dieron aviso a los demás. Recogieron su cuerpo y la gente del pueblo comentaba que era el chullachaqui que había cobrado venganza ya que un domingo atrás lo habían escuchado retarle y burlarse de él. 

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Relato Adaptado
Fernando Bartra



El Maligno

Parado en mi patio observaba todo a mi alrededor.
La noche estaba clara ya que, una hermosa luna nueva iluminaba todo el lugar y me permitía ver incluso hasta las casas más lejanas del pueblo.
Las estrellas brillaban en todo su esplendor y en el aire se sentía una fresca brisa acompañada del sonido de las chicharras y los grillos.

Mi mamá me había mandado a recoger una silla que había quedado en el patio ya que hacía poco que mi tío Julio había vuelto a su casa luego de visitarnos con toda su familia.
Había sido una visita muy amena. Mi madre y mi tía habían preparado sopa de perdiz y todos felices habíamos cenado y charlado hasta casi la media noche.

Subí a mi casa y me metí a mi cuarto. Allí encontré durmiendo a mis dos hermanos mayores. Yo era el menor con seis años en aquel entonces y
los tres dormíamos en una enorme cama.
A mi me gustaba siempre acostarme al costado de la pared pues esta, al ser del tallo de una especie de palmera llamada pona, tenía muchas rendijas y me permitía observar el exterior.
Oré como mi religiosa madre me había enseñado, me cubrí con la frazada y me quedé dormido.

-¡Guau! ¡guau! ¡guau¡-
Los ladridos de los perros calle abajo me despertaron a altas horas de la madrugada.
Escuché que silbaba el tunchi pero, su silbido no era como los que había escuchado en otras ocasiones.
De miedo me acurruqué y me envolví bien con la frazada.
-Fiiiiiiin-
Silbaba este y parecía que se acercaba cada vez más. Los perros ladraban y lloriqueaban de dolor como si alguien los estuviera golpeando pero, aún asi no dejaban de seguir por detrás al tunchi.

Oí que ya casi silbaba por el patio de mi casa.
Yo estaba temblando, quería que mis hermanos se despertaran y me abrazaran y, comencé a palmadear al que estaba a mi lado.
-Ñaño, ñaño-Le llamaba en voz baja pero, este no me respondía.

Entre mi miedo y curiosidad de niño, mi curiosidad ganó y sentí deseos de ver a través de la rendija cómo era el tunchi.
De repente vi que mi perrito de apenas tres meses salió de su canasto que se encontraba debajo de la casa y comenzó a ladrar también a ese ser. En es momento me llené de valor y acerqué mi cara a la pared.

-Fiiiiiiiin - Silbó una vez más y al mirar por la rendija vi que un ser de silueta humana, alto y muy muy oscuro, iba caminando lento por la calle, vestía capa con capucha y andaba con la mirada baja.
De pronto mi perrito fue a querer morderle la capa por detrás. "El maligno" simplemente se inclinó y con su mano tocó suavemente la cabeza de mi mascota. Este comenzó a lanzar alaridos de dolor y corriendo se metió a adebajo de la casa de nuevo.

En ese preciso instante, sentí una mano que me tapó la boca y me cubrió con la frazada.
Casi grité del espanto cuando me di cuenta que era mi hermano mayor.
Enojado me dijo que no debía mirar lo que sea que andase afuera por la noche, que no eran cosas de este mundo.
Me abrazó y me quedé pensativo recordando a esa silueta humanoide.
Los perros siguieron ladrándole al maligno hasta llegar al final de la calle donde se calmaron y este espíritu se perdió con su silbido en el monte.

Cuando amaneció desperté con escalofrios, con un poco de fiebre y con el semblante triste. No quería comer y estaba sentadito al borde del emponado mirando al patio.
De todas formas mi hermano fue a contarle lo sucedido a mi mamá ya que ella estaba muy preocupada por mi.
Al enterarse mi madre, muy enojada, comenzó a reñirme y me dijo para arrodillarnos y pedir perdón a Dios por atreverme a mirar cosas que no provenían de él.

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Cuento en primera persona
Fernando Bartra



miércoles, 15 de abril de 2020

La Cría de la Boa Negra

Érase una vez una familia que vivía en una balsa en el rio Ucayali.
Los tres hijos mayores se dedicaban a la pesca y mientras sus padres, de avanzada edad, se quedaban en casa cuidando los botes, chalupas y otras embarcaciones que la gente de un pueblo cercano les dejaba.

Cierta tarde, como de costumbre, la madre atizaba la candela en la tushpa para preparar la cena.
Estaba en estas labores cuando oyó un bullicio afuera de la casa. 
Sus hijos habían llegado, estaban hablando emocionados con su padre y ella salió a ver lo qué pasaba. 

-¡Si papá! es una boa chiquita nomás, medirá unos tres o cuatro metros.
Decía Darío, el hijo mayor, muy alegre como si se hubiera ganado un trofeo. 
-¿Y cómo asi lo atraparon?-preguntó curioso y sonriente el padre.
-Estábamos recogiendo la trampera, ya para venir y, sentimos algo que pesaba mucho. Pensé que la trampa se había atajado en algún palo y casi buzo papá.-contaba el menor.

-Yo decía que eran varias taricayas porque no dejaba de moverse- interrumpió Cesar, su segundo hijo.

-Entonces le dije a Dario para arrastrarlo hasta la playa y, mientras jalábamos la trampera, vimos que era una boa. Como no era tan grande le agarramos entre los tres y le metimos en el costal pensando venderle mañana.- continuó contando emocionado el menor.

-¡¿Qué hacen trayendo esa boa a la casa?! -Exclamo muy asustada la señora.
-Le vamos a vender mañana mamita-explicó el menor.
-Nada de vender ¡bótenle al agua¡ eso no es cualquier animal, es una cría de boa negra y su madre le debe estar siguiendo- Dijo la señora mientras miraba preocupada cómo la serpiente zigzagueaba dentro del transparente costal.

-Ayayay mujer, ¡¿cómo vas a estar creyendo eso ya vuelta?!
Deja a tus hijos, ellos ya verán lo que hacen- repuso el papá.

En ese momento todos se quedaron atónitos cuando la pequeña boa lanzó un silbido suave:
-sss sss sss-
-Ja ja ja ja ja- todos los hombres se echaron rieron.
-¡Está llorando!- exclamó Darío.
-No está llorando, está llamando a su mamá- dijo la ofuscada señora y se metió a la casa.

Los demás restaron importancia al asunto y como había un bidón grande por ahí, agarraron a la boa y lo metieron dentro con el plan de llevarlo a venderlo al siguiente dia.
Luego de cenar una deliciosa patarashca de bagre más su café caliente, cada uno se fue a descansar.

El cielo estaba estrellado esa noche, el vaivén de las olas golpeaba suavemente la balsa. En la lejanía se escuchaba el débil sonido de la música en el pueblo. Pero la señora estaba preocupada, esa "boíta" no había cesado de silbar casi todo ese tiempo y a lo lejos, rio abajo, no sabía si era su imaginación o miedo, pero había creído escuchar otro silbido más agudo como respuesta.

A esos de las dos de la madrugada, cuando por el cansancio ya se estaba quedando dormida, algo golpeó fuertemente desde debajo de la balsa. 
-¡Dios mio¡- exclamó ella asustada.
-¿Qué es?- Preguntó bostezando su marido.
-Como que algo ha chocado debajo de la balsa- respondió la mujer.
-Debe ser algún tronco. Ahorita la mando a Dario para que vaya a ver-.
Ni bien terminada de decir esto, cuando oyó ese agudo silbido de nuevo:
-Sss sss sss-
Pero ahora muy fuerte y al costado de su balsa.
Todos se despertaron y atemorizados no quisieron salir.
-Yo les he dicho. ¡Es su madre!-
Exclamó enojada la mujer.

Todos oyeron cómo algo subió reptando pesadamente a la balsa y se arrastró hasta donde estaba el bidón con la cría de la boa adentro. Solo escucharon cómo el bidón se cayó al agua.
-¡La escopeta¡ ¡la escopeta¡ ¡pásame la escopeta¡- comenzó a gritar el padre y todos salieron trás él con sus linternas y machetes.

Cuando alumbraron hacia el agua, vieron la cabeza de la pequeña boa y de otra muy grande que se sumergían y dejaban tras sí fuertes remolinos.
Eran la madre y su cría que tras rescatarla, regresaban juntas a su medio natural y de paso había dejado asustada a una familia entera que no pudo dormir toda aquella noche.

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Cuento
Fernando Bartra

viernes, 10 de abril de 2020

Perdido en la Selva

Mi padre, un hombre ciudad, nunca antes había vivido en contacto directo con el monte.
Conoció a mi madre en el pueblito en el que fue a trabajar y había decidido vivir allá, junto a ella.
Se sentía muy feliz y tranquilo porque la gente lo trataba muy bien. Además, había bastante alimento como pescado, yuca, etc y no necesitaba nada más para vivir. 

Llegó la época de verano, época donde la gente del pueblo saca madera para llevar a venderla en la ciudad. 
Mi madre y sus otros paisanos iban monte adentro con sus hachas y machetes para cortar los árboles y jalarlos hasta el riachuelo más próxima para luego arrearlos (llevar por rio) hasta el rio principal llamado Aruya. 

Mi padre inexperto y con el afán de ayudar, les acompañaba en esta dura faena. Ellos siempre le decían que no se alejase para nada de su lado, que era peligroso para él, porque no conocía bien la selva y podía perderse.

Cierto día mi madre y sus paisanos decidieron continuar jalando madera hasta un poco más tarde de lo habitual. Mi padre ya tenía hambre y estaba muy cansado asi que, mi mamá le dijo:
-Jaime, puedes adelantarte si ya quieres ir, acá nosotros vamos a demorar un poco más.-
-Ya mujer. No te preocupes.- Respondió mi padre.
-Lleva tu machete y la escopeta y, vete por ese camino- Le dijo mi madre señalándole un amplio sendero al otro lado del riachuelo.

Mi papá se despidió y emprendió el retorno a casa. Cuenta él que, mientras caminaba como unos 20 minutos se le hizo raro que  el camino se le hiciera cada vez más angosto.
Él se asustó y al mirar hacia atrás todo estaba lleno de malezas.
Asustado trató de regresar y se dio cuenta que siempre salía en el mismo punto varias veces.
-Ya me he perdido ¿Qué hago ahora?- Se dijo.
Recordó que mi madre le había enseñado cómo ubicarse en el monte según la orientación del sol.

Señaló hacia donde se iría y estuvo caminando como una hora hasta llegar a un rio completamente desconocido. Atemorizado, temiendo encontrarse con una shushupe o algún lagarto decidió dar marchar atrás e internarse nuevamente en la jungla.

Poco a poco el día se tornaba oscuro. Los loros parloteaban volando hacia sus árboles, los grillos y chicharras ya emitían sus hirientes sonidos vespertinos.

Mi padre caminaba pensando y
trazandose posibles rutas en su mente hasta que llegó a una loma. Subió allí y se dio cuenta que se encontraba cerca a los cerros, muy lejos del pueblo. Entonces decidió dormir en ese lugar aquella noche asi que, con su hacha cortó fuertes palos y las ató con lianas y armó una alta tarima. Se acostó allí, acurrucado de frio ya que su ropa estaba mojada debido a que temprano había estado metido en el agua empujando las maderas.

Mientras tanto en el pueblo mi madre ya había regresado. Ya era de noche y cuando llegó a casa preguntó por mi papá.
-¿No iba a venir contigo pues?-respondió la mayor.
-Sí hijita, pero yo lo he mandado primero porque él ya quería regresar-
-No ha llegado mamita- repuso la más pequeña.
Mi madre se comenzó a preocupar, sabiendo que mi padre no conocía el monte, rápidamente mando a llamar a toda la gente del pueblo.
Se armaron en grupos y cada uno fue  por diferentes direcciones en búsqueda de mi padre.

En casa mis hermanitas quedaron tristes al cuidado de mi tía.
-Mi papito se ha perdido- Dijo la más pequeña comenzó a llorar.
-No llores hijita, tú mamá ha ido a buscar a tu papá ¿ya?- le dijo mi tía consolándola.

En el monte la gente gritaba
-¡Jaime!-
-¡¿Dónde estás?!-
Otros hacían disparos al aire y soplaban fuertemente el cañón de las escopetas.
Mi madre desesperada gritaba a todo pulmón:
-¡Jaime!
!juuuuuuuuu¡
Pero no había respuesta. Mi padre se encontraba muy muy lejos, solo y perdido en la espesura del monte.

Él estaba acurrucado, temblando y mirando las estrellas triste y resignado pensando en su familia. De repente oyó un débil y continuo grito a lo lejos.
Él se atemorizó.
-Debe ser un Shapshico-
-Si le escucho por segunda vez voy a contestar- Se dijo decidido.

Estuvo muy atento y oyó otro grito mucho más cerca.
-Este es voz de gente- Se dijo.
Muy emocionado se subió a un árbol y comenzó a gritar 
-Juuuuuuuuuu- y esperó.
-Juuuuuuuuuu- Le respondieron más cerca.
Él se alegró y continuó gritándoles.
-¡Por aquí¡ ¡juuuuu!

En el grupo que le respondía venía mi madre y mis tios, ellos se dijeron sorprendidos:
-¡¿Tan lejos caminó Jaime?!
Y siguieron gritándose y respondiéndose hasta que llegaron al lugar donde se encontraba mi padre.

Él se bajó del árbol y mi mamá fue corriendo a abrazarlo mientras lloraba de la emoción.
Le dieron ropa limpia, comida y emprendieron el regreso al pueblo.

Los demás grupos de búsqueda ya habían regresado y toditos estaban amontonados y conversando preocupados en mi casa sobre mi papá.

De repente, como a las tres de la madrugada los vieron salir del monte alumbrando con sus linternas y junto a ellos venía mi padre.
-¡Ahí está Jaime!-
Gritaron todos emocionados y felices lo recibieron y atendieron esa noche.

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Anéctoda adaptada
Fernando Bartra

martes, 7 de abril de 2020

Duendes

Mi padre estaba triste. Luego de haber estado varios meses en la ciudad, había regresado solito a mi pueblo.
El resto de mi familia se había quedado en Pucallpa, aún eran vacaciones y por eso mi madre y mis hermanos habían decidido quedarse más tiempo allá.

Cuando mi papá llegó al pueblo, las malezas alrededor de nuestra casa habían crecido, estaba como decimos en la selva; "remontado".
Era muy tarde y decidió desempacar sus cosas para después ir a descansar.

-Buenas tardes profe, ¡ya estás de vuelta!- le saludó un tio que vivía cerca.
-Buenas tardes Jeshuco, sí, ya de nuevo en el pueblo. Respondió mi padre amablemente.
-¿Y cómo está mi hermana? -Preguntó mi tio.
-Ella está bien, se quedó con mis hijos allá en Pucallpa, ya vendrá este fin de mes-
-Ah ya. Ha sufrido mucho mi ñañita desde la muerte de Eduardito.-Dijo mi tio.

Luego de un suspiro mi padre repuso:
-Asi es Jeshuquito, solo dios sabe porqué pasan las cosas, hay que poner todo en las manos de él-
-Bueno pe profe, ya me voy. Haz de cuidarte nomás, los muchachos dicen que en las noches el tunchi silba en tu casa- dijo mi tio despidiéndose.
-Ja ja ja ¿asi? ¡Qué pues voy a tener miedo yo¡ -
-Sí profe, ese día tu cuñada también escuchó que alguien le llamaba desde adentro de la casa-
-Ya pe Jeshuco, hay que confíar en Dios nomás, él es más fuerte que el diablo-
Terminó diciendo mi padre y siguió desempacando sus cosas mientras mi tio regresaba  a su casa con su machete en mano luego de estar todo el dia en su chacra.

Ya estaba oscureciendo asi que, mi papá llenó petróleo en su mechero y lo encendió para poder alumbrarse durante la noche.
La casa era muy amplia, con un cuarto y cama grande. Él tendió su mosquitero porque los zancudos ya le comenzaban a picar.

Afuera era muy oscuro, típica noche en la selva, con el ayaymama y su canto fúnero en la penumbra, las lechuzas ululando por los aires. Los árboles se movían tenebrosamente con la fresca brisa que corría, los demás pobladores ya se encontraban en sus casas contándose cuentos y cenando alguna sopa de perdiz luego de un arduo dia más en la bella y misteriosa selva.

Mi padre dejó encendido el mechero, cerró la puerta del cuarto y se metió a su cama. No temía a las fuerzas misteriosas que rondan en el monte por las noches pero, tampoco se quería arriesgar asi que, tomó su biblia y la leyó  hasta quedarse dormido.

Como a la medianoche, de repente un fuerte bullicio lo hizo despertar de su profundo sueño.
¡Eran voces de personas que hablaban en un idioma extraño!
Mi padre frunció el ceño dudoso y no se levantó sino que, se quedó echado a esperar para ver quiénes eran los que querían entrar a su cuarto.
Se oían pasos y risitas malévolas y, alguien no humano forzó la puerta hasta abrirla de golpe.

A mi padre se le abrieron bien grande los ojos cuando vio que, de pronto entraban al cuarto, dos horribles seres pequeños, cabezones y con las orejas puntiagudas.
Con terror vio cómo uno de ellos se acercaba lentamente hacia su cama como queriendo ver quién estaba acostado adentro.

Mi papá se llenó de valor y, cuando aquel duende se asomó y levantó cuidadosamente el mosquitero, él le gritó:
¡Fuera de aqui demonio¡ 
Y le dio una fuerte patada en la cabeza a ese ser.
Estos duendes salieron huyendo despavoridos y mi papá se quedó alli, respirando agitadamente por el suceso.
Aún sentía en su pie la fria piel del duende y se arrodilló a orar.

No pudo dormir tranquilo esa noche, los perros comenzaron a ladrar y aullar a lo lejos como persiguiendo algo y por la madrugada un tunchi, ese al que en la selva le llamamos "maligno", silbó tres veces en mi patio.

Al día siguiente cuando él les contó a mis tios lo sucedido, estos le dijeron que tal vez esos duendes por la ausencia de mi familia se habían adueñado de mi casa y además, el tunchi maligno le molestó para hacerle creer que era el alma de mi hermano quien lo estaba asustando. 

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Cuento
Fernando Bartra