Alto Aruya

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martes, 7 de abril de 2020

Duendes

Mi padre estaba triste. Luego de haber estado varios meses en la ciudad, había regresado solito a mi pueblo.
El resto de mi familia se había quedado en Pucallpa, aún eran vacaciones y por eso mi madre y mis hermanos habían decidido quedarse más tiempo allá.

Cuando mi papá llegó al pueblo, las malezas alrededor de nuestra casa habían crecido, estaba como decimos en la selva; "remontado".
Era muy tarde y decidió desempacar sus cosas para después ir a descansar.

-Buenas tardes profe, ¡ya estás de vuelta!- le saludó un tio que vivía cerca.
-Buenas tardes Jeshuco, sí, ya de nuevo en el pueblo. Respondió mi padre amablemente.
-¿Y cómo está mi hermana? -Preguntó mi tio.
-Ella está bien, se quedó con mis hijos allá en Pucallpa, ya vendrá este fin de mes-
-Ah ya. Ha sufrido mucho mi ñañita desde la muerte de Eduardito.-Dijo mi tio.

Luego de un suspiro mi padre repuso:
-Asi es Jeshuquito, solo dios sabe porqué pasan las cosas, hay que poner todo en las manos de él-
-Bueno pe profe, ya me voy. Haz de cuidarte nomás, los muchachos dicen que en las noches el tunchi silba en tu casa- dijo mi tio despidiéndose.
-Ja ja ja ¿asi? ¡Qué pues voy a tener miedo yo¡ -
-Sí profe, ese día tu cuñada también escuchó que alguien le llamaba desde adentro de la casa-
-Ya pe Jeshuco, hay que confíar en Dios nomás, él es más fuerte que el diablo-
Terminó diciendo mi padre y siguió desempacando sus cosas mientras mi tio regresaba  a su casa con su machete en mano luego de estar todo el dia en su chacra.

Ya estaba oscureciendo asi que, mi papá llenó petróleo en su mechero y lo encendió para poder alumbrarse durante la noche.
La casa era muy amplia, con un cuarto y cama grande. Él tendió su mosquitero porque los zancudos ya le comenzaban a picar.

Afuera era muy oscuro, típica noche en la selva, con el ayaymama y su canto fúnero en la penumbra, las lechuzas ululando por los aires. Los árboles se movían tenebrosamente con la fresca brisa que corría, los demás pobladores ya se encontraban en sus casas contándose cuentos y cenando alguna sopa de perdiz luego de un arduo dia más en la bella y misteriosa selva.

Mi padre dejó encendido el mechero, cerró la puerta del cuarto y se metió a su cama. No temía a las fuerzas misteriosas que rondan en el monte por las noches pero, tampoco se quería arriesgar asi que, tomó su biblia y la leyó  hasta quedarse dormido.

Como a la medianoche, de repente un fuerte bullicio lo hizo despertar de su profundo sueño.
¡Eran voces de personas que hablaban en un idioma extraño!
Mi padre frunció el ceño dudoso y no se levantó sino que, se quedó echado a esperar para ver quiénes eran los que querían entrar a su cuarto.
Se oían pasos y risitas malévolas y, alguien no humano forzó la puerta hasta abrirla de golpe.

A mi padre se le abrieron bien grande los ojos cuando vio que, de pronto entraban al cuarto, dos horribles seres pequeños, cabezones y con las orejas puntiagudas.
Con terror vio cómo uno de ellos se acercaba lentamente hacia su cama como queriendo ver quién estaba acostado adentro.

Mi papá se llenó de valor y, cuando aquel duende se asomó y levantó cuidadosamente el mosquitero, él le gritó:
¡Fuera de aqui demonio¡ 
Y le dio una fuerte patada en la cabeza a ese ser.
Estos duendes salieron huyendo despavoridos y mi papá se quedó alli, respirando agitadamente por el suceso.
Aún sentía en su pie la fria piel del duende y se arrodilló a orar.

No pudo dormir tranquilo esa noche, los perros comenzaron a ladrar y aullar a lo lejos como persiguiendo algo y por la madrugada un tunchi, ese al que en la selva le llamamos "maligno", silbó tres veces en mi patio.

Al día siguiente cuando él les contó a mis tios lo sucedido, estos le dijeron que tal vez esos duendes por la ausencia de mi familia se habían adueñado de mi casa y además, el tunchi maligno le molestó para hacerle creer que era el alma de mi hermano quien lo estaba asustando. 

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Cuento
Fernando Bartra

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