Alto Aruya

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domingo, 26 de abril de 2020

El Hombre que se Burló del Chullachaqui

Cuando una empresa maderera manda a sus trabajadores al monte, ellos suelen establecer su campamento cerca a los lugares donde van a extraer las preciadas maderas.

Entre ellos hay gente que provienen de diferentes lugares ya sea de las mismas comunidades nativas o también gente venida de afuera, de la ciudad o de otra región.
La mayoría se adecúan y respeta las costumbres y creencias de los pueblos mientras otros, las desafían. Y el relato que narraré le sucedió a uno de ellos por no someterse a las leyes que rigen en la selva como es el respeto a los espíritus que habitan en ella:

Eran las primeras semanas de trabajo de este maderero llamado Sergio.
Él era un hombre crecido en la ciudad, amigable pero, a la vez prepotente y jactansioso.

Solía ser que cada fin de semana los hombres dejaban el campamento e iban de visita al pueblo más cercano ya sea para jugar un partido futbol, charlar, tomar masato o también cortejar a las señoritas.

En uno de esos fines de semana mientras Sergio y sus compañeros de trabajo charlaban y tomaban masato con los pueblerinos, un joven trabajador apodado "Machete", comentó que en una de sus expediciones en busca de las maderas oyó que alguien golpeaba fuertemente las aletas de los árboles.

-Debe ser el Chullachaqui- Dijo un comunero.
-Debes tener cuidado, no lo molestes, bien vengativo es- Dijo otro.
-Si pues, yo no le doy importancia. Yo sigo macheteando nomás, aunque a veces le escucho cerquita- Repuso el muchacho.

-¡Ushú Machete!-Exclamó Sergio con un gesto burlesco.
-¡Cómo le vas a tener miedo a ese duende cojo ya vuelta! ja ja ja-
-Oye promo, no hables así, eso es cierto cho.- le dijo asombrado otro compañero suyo.
-Ve ¿tú también? Si yo le encuentro, le pego nomás-. Prosiguió Sergio que al parecer estaba un poco borracho.

-No te estés burlando, ellos al toque escuchan y se enojan.- Le reprendió paciente un anciano del pueblo.
-Ellos están queriendo asustarles para que no sigan cortando madera- Prosiguió.
-Asi son los Shapshicos, lugares donde haya bastante madera o animales, ellos los cuidan como si fueran sus dueños- concordó otro.
-Bueno, a mi no me da miedo. Ese maldito duende para ustedes debe existir pero, como yo no creo, para mi no existe, es más si quiere que se presente ahorita- Sentenció Sergio.
Sus demás compañeros y los pueblerinos le miraron asustados, algunos moviendo la cabeza en señal de desaprobación.
Al final, antes que se hiciera más tarde, regresaron a su campamento y el día terminó sin novedades.

Las noches eran espantosas para algunos trabajadores que se internaban por primera vez en la selva. Aparte de los mosquitos que trataban de entrar al mosquitero de cualquier forma para succionarte la sangre, también había una especie de monos que chillaban como si fueran tigres. A muchos hizo despertar asustados la primera vez que los oyeron, los más experimentados solo se reían.
Por otro lado había sonidos extraños de los que nadie quería preguntar qué eran, como el silbido del tunchi por las madrugadas, o hasta a veces algunos contaban que oían pasos de personas caminando alrededor del campamento.

Los días transcurrían normales, los motosierristas cortaban los árboles, otros con los tractores los recogían y otro grupo se encargaba de abrir las trochas hasta las maderas encontradas en el monte.
En este último se encontraba Sergio, ya
sobrio, se había olvidado de lo que había hablado en medio de su borrachera pero, había un ser, uno muy encolerizado que se escondía entre los árboles y vigilaba cada paso que daba el irresponsable hombre.

En cierta tarde, mientras ellos abrían trochas, llegaron hasta una zona lleno de Shihuahuacos pero, que daba con un precipicio y allí abajo se podía observar un hermoso riachuelo corriendo estruendoso entre las piedras y en sus riberas había muchos bambús.

-Oye Sergio ya está haciéndose muy tarde, vamos ya promo antes que oscurezca- Le dijo un compañero suyo a mitad de una siesta.
-Vamos ya pues- Asintió el hombre.
Mientras regresaban él se dio cuenta que no traía su hacha.
-¡Oigan espérenme, me olvidé traer mi hacha!- exclamó
-¿Dónde lo has dejado?- Preguntó otro trabajador.
-Allá nomás, donde estábamos descansando-
-Vete ya pe, acá te esperamos-.
Sergio dio media vuelta y regresó al lugar cerca al precipicio en busca de su herramienta.

-¡Así que aquí estás!-
Le dijo una voz muy ronca y tenebrosa tras sus espaldas.
Cuando Sergio volteó a ver quién le hablaba, sus ojos se abrieron bien grandes de miedo y sorpresa.
Un ser pequeño, fortachón, con la barba larga, una pata de cabra y de rostro horrible le miraba con sus ardientes ojos de odio y muerte.
-!Ahora estamos acá, ven y pegáme como has dicho pues¡-
Le gritó el enojado chullachaqui.

En ese momento el pobre hombre trató de huir gritando asustado, pero este duende, le estrechó y comenzó a golpearlo.
Cada golpe era como de piedra y destrozaba los huesos del trabajador.
Se trataba de defender como podía  pero, no había comparación contra aquella fuerza sobrenatural.
-Aparte de meterse en mi monte ustedes se burlan de mi.-
-¡Yo soy el dueñoooo¡- Le gritaba en su cara el chullachaqui y Sergio moribundo comenzaba a botar sangre por su boca por los puñetazos que recibía.

Sus amigos que habían escuchado sus gritos, regresaron corriendo pensando que le había pasado algún accidente.
Al llegar al sitio vieron a su compañero tirado en el suelo, bañado en sangre y que algo que ellos no podían ver  lo arrastraba hacia el precipicio.
Sergio los miraba horrorizado clamándoles ayuda pero, el chullachaqui lo lanzó muy fuerte hacia al precipicio.
Sus amigos no podían creer lo que acababa de suceder, al mirar hacia abajo, vieron a Sergio suspendido en el aire atravesado por la espalda por una estaca de bambú.

Regresaron y dieron aviso a los demás. Recogieron su cuerpo y la gente del pueblo comentaba que era el chullachaqui que había cobrado venganza ya que un domingo atrás lo habían escuchado retarle y burlarse de él. 

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Relato Adaptado
Fernando Bartra



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