Alto Aruya

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domingo, 26 de abril de 2020

El Maligno

Parado en mi patio observaba todo a mi alrededor.
La noche estaba clara ya que, una hermosa luna nueva iluminaba todo el lugar y me permitía ver incluso hasta las casas más lejanas del pueblo.
Las estrellas brillaban en todo su esplendor y en el aire se sentía una fresca brisa acompañada del sonido de las chicharras y los grillos.

Mi mamá me había mandado a recoger una silla que había quedado en el patio ya que hacía poco que mi tío Julio había vuelto a su casa luego de visitarnos con toda su familia.
Había sido una visita muy amena. Mi madre y mi tía habían preparado sopa de perdiz y todos felices habíamos cenado y charlado hasta casi la media noche.

Subí a mi casa y me metí a mi cuarto. Allí encontré durmiendo a mis dos hermanos mayores. Yo era el menor con seis años en aquel entonces y
los tres dormíamos en una enorme cama.
A mi me gustaba siempre acostarme al costado de la pared pues esta, al ser del tallo de una especie de palmera llamada pona, tenía muchas rendijas y me permitía observar el exterior.
Oré como mi religiosa madre me había enseñado, me cubrí con la frazada y me quedé dormido.

-¡Guau! ¡guau! ¡guau¡-
Los ladridos de los perros calle abajo me despertaron a altas horas de la madrugada.
Escuché que silbaba el tunchi pero, su silbido no era como los que había escuchado en otras ocasiones.
De miedo me acurruqué y me envolví bien con la frazada.
-Fiiiiiiin-
Silbaba este y parecía que se acercaba cada vez más. Los perros ladraban y lloriqueaban de dolor como si alguien los estuviera golpeando pero, aún asi no dejaban de seguir por detrás al tunchi.

Oí que ya casi silbaba por el patio de mi casa.
Yo estaba temblando, quería que mis hermanos se despertaran y me abrazaran y, comencé a palmadear al que estaba a mi lado.
-Ñaño, ñaño-Le llamaba en voz baja pero, este no me respondía.

Entre mi miedo y curiosidad de niño, mi curiosidad ganó y sentí deseos de ver a través de la rendija cómo era el tunchi.
De repente vi que mi perrito de apenas tres meses salió de su canasto que se encontraba debajo de la casa y comenzó a ladrar también a ese ser. En es momento me llené de valor y acerqué mi cara a la pared.

-Fiiiiiiiin - Silbó una vez más y al mirar por la rendija vi que un ser de silueta humana, alto y muy muy oscuro, iba caminando lento por la calle, vestía capa con capucha y andaba con la mirada baja.
De pronto mi perrito fue a querer morderle la capa por detrás. "El maligno" simplemente se inclinó y con su mano tocó suavemente la cabeza de mi mascota. Este comenzó a lanzar alaridos de dolor y corriendo se metió a adebajo de la casa de nuevo.

En ese preciso instante, sentí una mano que me tapó la boca y me cubrió con la frazada.
Casi grité del espanto cuando me di cuenta que era mi hermano mayor.
Enojado me dijo que no debía mirar lo que sea que andase afuera por la noche, que no eran cosas de este mundo.
Me abrazó y me quedé pensativo recordando a esa silueta humanoide.
Los perros siguieron ladrándole al maligno hasta llegar al final de la calle donde se calmaron y este espíritu se perdió con su silbido en el monte.

Cuando amaneció desperté con escalofrios, con un poco de fiebre y con el semblante triste. No quería comer y estaba sentadito al borde del emponado mirando al patio.
De todas formas mi hermano fue a contarle lo sucedido a mi mamá ya que ella estaba muy preocupada por mi.
Al enterarse mi madre, muy enojada, comenzó a reñirme y me dijo para arrodillarnos y pedir perdón a Dios por atreverme a mirar cosas que no provenían de él.

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Cuento en primera persona
Fernando Bartra



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