Alto Aruya

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jueves, 30 de abril de 2020

El Yacuruna

Cierta vez una familia viajaba de regreso a su pueblo por el rio Ucayali. Retornaban en bote desde la ciudad de Pucallpa luego de vender su madera.
El viaje de vuelta tomaba tres largos días aunque si avanzaban de noche lo harían en un día y medio pero, era muy arriesgado debido a los enormes remolinos que se formaban en medio del rio y también por los troncos con los cuales podrían chocar y perecer.

-Allá en esa playa hay que atracar- Dijo el motorista Claudio.
-Sí, parece un buen lugar- Opinaron todos.

Esa primera noche de su viaje fue maravilloso. Eran los últimos días de la época de verano así que antes que oscureciera arribaron a aquella hermosa e inmensa playa. Antes que nada, levantaron el campamento y tendieron sus camas.

Por su parte los niños se pusieron a buscar los huevos de tibe en la arena. El tibe es una especie de ave parecida a la gaviota pero pequeña.
Y tomar sus huevos fue todo un reto porque mientras más cerca del nido se encontraban, estas avecillas se enojaban y comenzaban a sobrevolar y picotear la cabeza de los niñitos.
Estos corrían desesperados y felices con los huevecillos en sus manos e iban a entregárselas a sus madres para que se los cocinaran.

Por su parte los hombres dejaron encendiendo la fogata y se fueron a pescar con sus redes. Las mujeres se quedaron a cocinar el plátano y se sentaron a conversar alrededor del fuego, esperando el pescado para preparar el delicioso pango...
Esa noche descansaron tranquilos y al día siguiente continuaron su viaje.

Pero en esta jornada no les fue tan bien porque en casi todo el día sopló un ventarrón muy fuerte y las olas que se formaban en el rio eran enormes y peligrosas. Estas chocaban fuertemente contra la embarcación y eso obligaba a nuestros amigos a atracar en cualquier ribera y esperar a que se calmase un poco para poder avanzar.

-Me preocupa que no calme el viento, ya va oscurecer y por estos lugares no hay playas para pasar la noche- Dijo Claudio.
-Creo que como sea vamos a tener que dormir en el bote- Supuso José, el cuñado de este.
-Así va ser, ni loco para subir a esos barrancos, ahí debe haber un montón de víboras- Replicó el primero.
-Eso es lo malo del bajial, hay muchas víboras, arañas peludas y alacranes.- Dijo Don César, el suegro de Claudio, bostezando de cansancio.

Así que siguieron navegando y la situación se tornaba complicada, no hallaban un sitio propicio para acantarse. Ya anochecía cuando llegaron a una parte remansa del rio, la cuestión es que se encontraba cerca a un barranco muy alto pero, parecía que no había ningún riesgo, ya que, por lo menos si se desplomase no caería sobre ellos.

-¡Agarra la soga y amárrale en ese árbol¡ !amárrale bien para que el bote no balancee tanto¡- Ordenó el motorista a su cuñado quien se encontraba en la proa.
Luego todos en el bote se acomodaron como pudieron, amarraron sus mosquiteros y se dispusieron a dormir.

A la medianoche Don César tuvo una pesadilla.
En ella vio que un ser de color grisáceo salía del agua y caminaba levitando y gimiendo alrededor del bote.
Andaba encorvado, la contextura de su piel era como del bufeo, tenía bigotes como del bagre, sus manos y pies tenían membranas y, una gran aleta dorsal con espinas sobresalía de su espalda.

Mientras el hombre observaba asombrado todo esto, oyó una grave voz que le dijo:
-En mal lugar han venido a descansar esta noche, aquí estoy haciendo mi casa y hoy todo este sitio se va a desbarrancar
¡Váyanse ahora mismo de aquí¡-
-¿Realmente existes?- Balbuceaba el hombre.
-Yo soy el guardián de estas aguas, a tres vueltas más abajo hay otra playa para ti ¡Ahora levántense y lárguense!-

-Papito, despiértate, papi- Le susurraba su hijo mientras este, aún dormido hablaba palabras incoherentes
-Palmadéale despacio nomás. Tiene pesadilla, no le llames por su nombre sino, puede morir de la impresión.-Le dijo su madre.

En ese momento el hombre despertó asustado, estaba todo sudado y, respirando agitado dijo:
-Vamos avanzar más abajo, dile a Claudio que arranque el motor y nos vamos-
-¿Qué hablas suegro?- replicó el motorista desde su mosquitero.
-El Yacuruna se me ha presentado, me dijo que todo este sitio se va a desbarrancar porque aquí está haciendo su casa y por eso, quiere que nos vayamos ahora mismo.

Todos se quedaron atónitos por lo que decía. Pero obedecieron ya que en ese momento los remolinos comenzaron a formarse cerca de ellos.
Encendieron el motor y con un faro se alumbraban en el rio mientras se alejaban de aquel lugar.

El hombre se sintió intranquilo, dudaba si era real o solo una pesadilla pero de pronto, por encima del ruido del motor, oyeron un fuerte estallido a lo lejos. Al voltear y alumbrar con el potente faro, vieron asombrados cómo una enorme mano que sobresalía del agua desbarrancaba todo el lugar donde minutos antes habían estado.
Si hubieran desobedecido la orden del Yacuruna, el barranco se habría caído sobre ellos y toda esa tonelada de tierra los habría sepultado vivos bajo el agua.

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Cuento
Fernando Bartra


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