Alto Aruya

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viernes, 10 de abril de 2020

Perdido en la Selva

Mi padre, un hombre ciudad, nunca antes había vivido en contacto directo con el monte.
Conoció a mi madre en el pueblito en el que fue a trabajar y había decidido vivir allá, junto a ella.
Se sentía muy feliz y tranquilo porque la gente lo trataba muy bien. Además, había bastante alimento como pescado, yuca, etc y no necesitaba nada más para vivir. 

Llegó la época de verano, época donde la gente del pueblo saca madera para llevar a venderla en la ciudad. 
Mi madre y sus otros paisanos iban monte adentro con sus hachas y machetes para cortar los árboles y jalarlos hasta el riachuelo más próxima para luego arrearlos (llevar por rio) hasta el rio principal llamado Aruya. 

Mi padre inexperto y con el afán de ayudar, les acompañaba en esta dura faena. Ellos siempre le decían que no se alejase para nada de su lado, que era peligroso para él, porque no conocía bien la selva y podía perderse.

Cierto día mi madre y sus paisanos decidieron continuar jalando madera hasta un poco más tarde de lo habitual. Mi padre ya tenía hambre y estaba muy cansado asi que, mi mamá le dijo:
-Jaime, puedes adelantarte si ya quieres ir, acá nosotros vamos a demorar un poco más.-
-Ya mujer. No te preocupes.- Respondió mi padre.
-Lleva tu machete y la escopeta y, vete por ese camino- Le dijo mi madre señalándole un amplio sendero al otro lado del riachuelo.

Mi papá se despidió y emprendió el retorno a casa. Cuenta él que, mientras caminaba como unos 20 minutos se le hizo raro que  el camino se le hiciera cada vez más angosto.
Él se asustó y al mirar hacia atrás todo estaba lleno de malezas.
Asustado trató de regresar y se dio cuenta que siempre salía en el mismo punto varias veces.
-Ya me he perdido ¿Qué hago ahora?- Se dijo.
Recordó que mi madre le había enseñado cómo ubicarse en el monte según la orientación del sol.

Señaló hacia donde se iría y estuvo caminando como una hora hasta llegar a un rio completamente desconocido. Atemorizado, temiendo encontrarse con una shushupe o algún lagarto decidió dar marchar atrás e internarse nuevamente en la jungla.

Poco a poco el día se tornaba oscuro. Los loros parloteaban volando hacia sus árboles, los grillos y chicharras ya emitían sus hirientes sonidos vespertinos.

Mi padre caminaba pensando y
trazandose posibles rutas en su mente hasta que llegó a una loma. Subió allí y se dio cuenta que se encontraba cerca a los cerros, muy lejos del pueblo. Entonces decidió dormir en ese lugar aquella noche asi que, con su hacha cortó fuertes palos y las ató con lianas y armó una alta tarima. Se acostó allí, acurrucado de frio ya que su ropa estaba mojada debido a que temprano había estado metido en el agua empujando las maderas.

Mientras tanto en el pueblo mi madre ya había regresado. Ya era de noche y cuando llegó a casa preguntó por mi papá.
-¿No iba a venir contigo pues?-respondió la mayor.
-Sí hijita, pero yo lo he mandado primero porque él ya quería regresar-
-No ha llegado mamita- repuso la más pequeña.
Mi madre se comenzó a preocupar, sabiendo que mi padre no conocía el monte, rápidamente mando a llamar a toda la gente del pueblo.
Se armaron en grupos y cada uno fue  por diferentes direcciones en búsqueda de mi padre.

En casa mis hermanitas quedaron tristes al cuidado de mi tía.
-Mi papito se ha perdido- Dijo la más pequeña comenzó a llorar.
-No llores hijita, tú mamá ha ido a buscar a tu papá ¿ya?- le dijo mi tía consolándola.

En el monte la gente gritaba
-¡Jaime!-
-¡¿Dónde estás?!-
Otros hacían disparos al aire y soplaban fuertemente el cañón de las escopetas.
Mi madre desesperada gritaba a todo pulmón:
-¡Jaime!
!juuuuuuuuu¡
Pero no había respuesta. Mi padre se encontraba muy muy lejos, solo y perdido en la espesura del monte.

Él estaba acurrucado, temblando y mirando las estrellas triste y resignado pensando en su familia. De repente oyó un débil y continuo grito a lo lejos.
Él se atemorizó.
-Debe ser un Shapshico-
-Si le escucho por segunda vez voy a contestar- Se dijo decidido.

Estuvo muy atento y oyó otro grito mucho más cerca.
-Este es voz de gente- Se dijo.
Muy emocionado se subió a un árbol y comenzó a gritar 
-Juuuuuuuuuu- y esperó.
-Juuuuuuuuuu- Le respondieron más cerca.
Él se alegró y continuó gritándoles.
-¡Por aquí¡ ¡juuuuu!

En el grupo que le respondía venía mi madre y mis tios, ellos se dijeron sorprendidos:
-¡¿Tan lejos caminó Jaime?!
Y siguieron gritándose y respondiéndose hasta que llegaron al lugar donde se encontraba mi padre.

Él se bajó del árbol y mi mamá fue corriendo a abrazarlo mientras lloraba de la emoción.
Le dieron ropa limpia, comida y emprendieron el regreso al pueblo.

Los demás grupos de búsqueda ya habían regresado y toditos estaban amontonados y conversando preocupados en mi casa sobre mi papá.

De repente, como a las tres de la madrugada los vieron salir del monte alumbrando con sus linternas y junto a ellos venía mi padre.
-¡Ahí está Jaime!-
Gritaron todos emocionados y felices lo recibieron y atendieron esa noche.

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Anéctoda adaptada
Fernando Bartra

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