Alto Aruya

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jueves, 28 de mayo de 2020

El Cazador y el Ente de la Colpa

Con un rifle en la mano Pedro aguardaba impaciente a que algún animal viniese a beber agua de aquella Colpa.
Sentado sobre su tarima se sentía un poco decepcionado porque no había logrado cazar nada aquella noche.

Ya rayaba el alba y, en su casa Otilia, su mujer, se levantaba a preparar el desayuno. Pronto los regatones llegarían al pueblo con sus botes cargados de productos de primera necesidad y otros artículos. Y era por ese motivo que su esposo, don Pedro, había salido a cazar, ya que quería intercambiar carne de monte por unas cajas de cartucho y un par machetes.

Aquella mañana era fría, la neblina cubría todo el lugar y un ambiente lúgubre embargaba el panorama. Apenas se escuchaban el ruido de los grillos que saltaban entre las anchas hojas de bijao.

En silencio Pedro seguía observando alerta por si se acercaba un animal y de pronto oyó un ruido que provenía del manantial. 
Al levantar la vista vio a una mujer semi desnuda que de espaldas se masajeaba delicadamente los brazos con un poco de greda. 
-¿Qué hace esta mujer a estas horas por aquí?- se preguntó curioso el cazador.
 
El hombre se acercó sigilosamente al borde del manantial y, al oír el crujir de las hojarascas en el suelo la mujer rápidamente volteó a verlo y sonrojada exclamó:
-¡Ay Pedro me asustaste!
-¿María? ¿Qué estás haciendo acá?-le preguntó el hombre, al darse cuenta de que era una de sus vecinas a quien solía acortejar a espaldas de su esposa. 
-Ah, solo he madrugado para curarme con un poco de greda fresca, creo que me han hecho daño- respondió melosa la supuesta María.
-Mmm ¿y has venido solita o con tu marido?-
-¡Ay no Pedro, solita he venido!-
-Aya ¡qué estás esperando entonces! vamos a mi tarima...- le insinuó el hombre.
Sin mediar palabras la mujer salió del agua y subió a la tarima del cazador. Se quitó por completo la ropa y empezaron a tener relaciones sexuales.

Mientras tanto en su casa, Otilia esperaba paciente a su esposo para desayunar juntos. Sentada en una banca de la cocina se imaginaba al cazador volviendo con su carga de venado o majás, ignorando lo que realmente sucedía.

-Mariíta, no vayas a contar a nadie sobre esto ¿ya?- indicó Pedro una vez consumado el acto. 
-No te preocupes mi amor ¡¿Cómo se te ocurre que yo voy a estar contando a la gente sobre lo nuestro?!- le susurró la mujer pero, esta vez con una tétrica voz y soltó una fuerte carcajada.
En ese preciso instante el hombre sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Sus ojos se abrieron bien grandes  cuando la mujer, mirándolo fijamente, se paró frente a él y se convirtió en una enorme sachavaca. 
El hombre gritó horrorizado y el animal de un brinco saltó de la tarima y huyó hacia la espesura.
El despavorido Pedro corrió también camino al pueblo, gritando y profiriendo maldiciones a aquel ente maligno. 

Una vez en casa, se tranquilizó un poco y se metió a la cocina. Temblaba mientras trataba de calentar sus manos en la fogata, ya que un terrible escalofrío le consumía. 
Su mujer, atolondrada por el extraño actuar de su esposo, le preguntó qué le pasaba.
-Nada mujer. Estoy bien, solo que no hallé mitayo y vine preocupado-. Respondió el hombre. 
Ella le creyó y fue sola a ver a los regatones que ya habían llegado. El cazador no había querido acompañarla, le dijo que sentía cansado y se había quedado echado en su hamaca tratando de despejar su mente de lo ocurrido.

Pero llegó la noche y dentro de su mosquitero el cazador deliraba a causa de una altísima fiebre.
Balbuceando repetía:
-¡Ahí viene una linda señorita! ¡Me está llamando! ¡Dice que me quiere llevar!- 
Mientras tanto su desesperada mujer, le pasaba paños húmedos por la frente pero aún así, la temperatura no le bajaba. Esperanzada le dio de beber un té preparado con piri piris especialmente para curar el espanto mas, estas hierbas no causaron efecto alguno en el cazador. 
Así que por la madrugada, en una fría madrugada, entre gritos y delirios... Pedro dejó de existir.

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•Cuento: 
  Fernando Bartra 

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