Alto Aruya

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viernes, 15 de mayo de 2020

El Demonio del Maspute

Había parado de lloviznar y hacía un poco de frio dentro del maspute. La tarde daba sus últimos pasos por la espesa selva y se retiraba poco a poco, dejando camino libre a la temible oscuridad.

Alberto estaba listo con su flecha, eran las ocasiones perfectas para que las perdices bajaran a comer las exquisitas semillas que solo ellas saben degustar.

Él era un cazador Ashéninka de mucha experiencia. Muy bueno con la cerbatana, con el  arco y las  flechas. Experto en hacer horcaderas y masputes para las aves.

En su pueblito allá en las faldas de los cerros de Atalaya, la población estaba aumentando y la comida escaseaba. Por eso, los hombres tenían que caminar cada vez más lejos en el monte para buscar mitayo. 
 
Alberto estaba preocupado por su esposa y sus dos pequeños hijos, dentro de poco se acabarían sus víveres así que, él necesitaba conseguir carne de monte para intercambiarlo con los regatones. 

-Mujer, voy a ir a mi maspute más tarde. Prepara mi fiambre por favor-. Dijo Alberto.

-Ya amor.  Tráeme tu morral para ponerte un pedazo de venado ahumado y tu yuquita asada- respondió su mujer.

El hombre le pasó su morral y se fue a prepararse. Alistó sus flechas y arco. Untó con veneno de rana a las agujas de la cerbatana y ya estaba listo partir.

-Papito cuidate mucho-. le decía su hijita.
-¡Papito yo también quiero ir! !yo también quiero ir!-  repetía el varoncito mientras sollozaba en los brazos de su madre.
Desde medio camino su papá les dijo: 
-No estén llorando hijitos, les voy a traer coquito y uvilla  si se quedan tranquilitos-.
Dicho esto, los niños se calmaron porque les gustaba las frutas que su padre traía cada vez que iba al monte.

El bosque ya no era el mismo de hacía unos años atrás. Los animales habían huído más lejos  hacia los cerros. Todo eso por la llegada de empresas madereras que destruían su habitat y les quitaban el espacio para reproducirse y frutos para alimentarse.

El hombre caminó como una hora por la trocha hasta llegar al lugar donde había hecho su maspute. 
El sol se iba alejando poco a poco tras los inmensos cerros y ya se escuchaban el canto de aquellas aves por todos lados.

Alberto se acomodó nuy bien en su maspute y empezo a imitar el canto de la perdiz.

-Fiiii  fiiii- Silbaba.
 No le respondían nada.
-Fiiii fiiii -Repitió otra vez . 

-Fiiii fiiii - Le respondieron esta vez, pero lejos .

Él siguió reparando y cada vez aquella supuesta perdiz le respondía cada vez más cerca.

Las perdices tienen la costumbre de caminar varias veces por el mismo lugar los cuales dejan como trochas. 
Había muchas asi que, Alberto las miraba atentamente para ver si por ahi venía una. 

-Fiii fiii- se oyó muy cerca.
El hombre puso una flecha en el arco y escuchaba muy atento para ver de dónde provenía exactamente el sonido.

-Fiii fiii-. Cantó la supuesta ave otra vez.
Pero su canto sonaba muy extraño, muy gutural y tenebroso.

Alberto se sintió un poco incómodo y el ambiente empezó a ponerse tenso. 
En ese momentos escuchó el ruido de las hojas secas pisadas por algo más pesado que una perdiz.

El cazador pensó que tal vez sería un paujil. Se alegró y con mucha atención se puso a ver el sendero mientras escuchaba cómo esto que hacía crujir las hojas se acercaba lentamente. 
 
El hombre silbó una vez más y el "ave" le reparó a unos metros en frente de él. 
Miró fijamente y de pronto, de entre la maleza salió caminando un horrible ser que silbó frente a él como la perdiz.

Era un ser pequeño, parecía salido del mismo infierno, su cara era horripiliante, tenía enormes garras, pelos por todo el cuerpo y patas de añuje.
Caminaba lentamente mirando hacia arriba y se dirigía hacia el maspute de Alberto.

En ese momento, bajó la cabeza y miró directamente a los ojos del pobre hombre que se quedó  como petrificado. Las piernas le comenzaron a temblar  y con el corazon le latía aceleradamente por el miedo.

-¡Dios líbrame de este demonio!- Exclamó Alberto y comenzó a correr de vuelta a casa gritando desesperado por el camino. 

Llegó al pueblo y se cayó en el patio de su casa botando espuma y temblando como un epiléptico.
Su mujer que hacía dormir a sus hijitos en la hamaca corrió asustada a verlo:
-¡Alberto! ¡Alberto! ¿qué te ha pasado? Dime ¡¿Qué tienes?! - le gritaba mientras le sobaba  tratando de tranquilizarlo.

Los vecinos escucharon los gritos de la mujer y corrieron a ver lo que sucedía.
-¡¿Qué le ha pasado a mi compadre?!- Preguntó sorprendida una vecina.  
 -Se había ido al monte a traer mitayo pero...-. La esposa no pudo continuar y se echó a llorar. 
-Tráeme agua de azar y agua florida.- ordenó la vecina.
Rápidamente le trajeron lo que había pedido. Ella le dio de beber un poco de agua de azahar, rezó un padre nuestro y le roció el agua florida por todo el cuerpo a Alberto.
Esto le tranquilizó un poco, lo subieron a su emponado y ahí se quedó dormido...

Y así estuvo postrado varios días. Por las noches se levantaba desesperado tratando de huir de algo mientras gritaba;
-¡He visto al shapshico¡ ¡He visto al demonio!-.  Y caía dormido nuevamente.
Sus paisanos venían a orar por él y ayudaban a su mujer con los deberes hasta que el hombre logró recuperarse y nunca más quiso volver solo al monte. 

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Cuento 
Fernando Bartra

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