Alto Aruya

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jueves, 21 de mayo de 2020

El Pescador y la Boa Negra

Eran como las cinco de la mañana cuando Julio, sin avisar a su esposa, salió de su casa y se dirigió presuroso al río.
El pescador aprovechó que aún estaba oscuro pues no quiera que nadie supiera a dónde iba. 

Cuando llegó al puerto desató la cuerda de la canoa que estaba atada a una rama de cetico, luego se subió a la embarcación y comenzó a remar rápidamente mirando hacia todos lados.
El hombre se encontraba nervioso, quería asegurarse de que nadie lo hubiera visto. Él era un pescador que había venido de la ciudad hacía un año atrás y había decidido quedarse en aquel pueblo, ya que se había enamorado perdidamente de una joven del lugar. 

Se tranquilizó un poco cuando vio que ya se había alejado del pueblo. Comenzó a silbar imitando el canto de las panguanas, mientras navegaba por el serpentino rio.
El día ya daba sus primeros albores. Los monitos frailecillos, más conocidos como huasas, saltaban y se colgaban de rama en rama por los árboles de las riberas.
-Es más tranquilo vivir aquí- Solía decir el pescador a su joven esposa. 
Pero en realidad, no se había acostumbrado del todo a las reglas de la comunidad, ya que aún no perdía su picardía.

Dentro del territorio de aquel pueblo, había una enorme cocha donde había muchos peces, especialmente los paiches. Este era una reserva y allí la pesca estaba prohibida para cualquier persona, solo podían hacerlo anualmente para el aniversario del pueblo. 

Lo que no sabían es que el majadero de Julio, se había propuesto pescar la mayor cantidad de paiches y gamitanas para luego vender la carne salada a un próspero comerciante de otro pueblo que en uno de esos días viajaría a la ciudad. 
Es por eso que no quería que nadie viera a dónde iba, no quería que la gente se enterara que en la tarde del día anterior, a escondidas, había dejado colgando sus redes en las aguas de aquella cocha.

Llegó hasta cierto paraje del río y se metió por un riachuelo y continuó navegando hasta llegar a la cocha. 
Mientras bogaba por las oscuras aguas, los bulliciosos loros parecían incómodos con su presencia, volaban y parloteaban entre los árboles cargados de deliciosos shimbillos. 
Las huamas que flotaban le estorbaban el paso y parecían advertirle que debería salir de allí porque la madre de la cocha, que dormía plácidamente en sus profundidades, saldría enfadada a dar caza al atrevido intruso. 

Julio recogía la trampa cuidadosamente
¡Qué alegría¡
Paiches, pacos y gamitanas llenaban la embarcación y de pronto ¡trac! ¡trac! algo dentro del agua rompió las redes. 
-¡Oh no! ¿justo tenía que haber palo acá?- Replicó enfadado el pescador y se paró para poder jalar un poquito más fuerte la trampera.... y de repente ¡Buuuum!
Un fuerte golpe lo arrojó al agua.

Desesperado quiso subirse a la canoa cuando sintió que unos poderosos colmillos se incrustaron en su hombro y una fuerza descomunal envolvió todo su cuerpo. 
¡Era la boa negra quien le había dado caza! 
Esta fiera le había lanzado fuertemente una bola de agua cuyo estruendoso sonido retumbó por toda la cocha. 

Dentro del agua los poderosos anillos de la boa comenzaron a presionar con fuerza el cuerpo del infortunado pescador. 
En su mente, el resignado Julio, creyó escuchar una voz que le decía:
-Muérdele bien fuerte hasta que te suelte. Los dientes del ser humano son venenosos para esas diabólicas boas.- 
Efectivamente, esto solía aconsejar un pueblerino cada vez que contaba su historia cuando casi fue devorado por una anaconda.

Dentro de la cocha, casi sin respiración, el hombre mordió con fuerza la dura piel de la serpiente y sintió cómo esta comenzó a estremecerse y desenvolverse de su cuerpo.
Julio aprovechó rápidamente para salir hacia la superficie y jadeando logró subirse a su canoa.
Remó vigorosamente hasta meterse por el riachuelo que lo llevaría al río.

Tras sus espaldas oía que las aguas de la cocha rompían en fortísimas oladas, los monos y aves chillaban y trinaban despavoridos, los árboles crujían y caían por el fuerte viento que soplaba. Era la boa negra que agonizante se revolcaba de dolor y con su cola golpeaba cada rincón de sus dominios. 

Julio, arrepentido por haberse metido a la reserva del pueblo, navegó desorbitado sin paiches ni gamitanas de vuelta a la comunidad.
En su mente resonaba de nuevo la voz del pueblerino:
-Los dientes del ser humano son venenos para esas diabólicas boas pero...
pero después de morderle, al día siguiente toditos tus dientes se caen-

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Cuento:
Fernando Bartra

¡Espero que lo disfruten! 😀

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