Alto Aruya

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viernes, 15 de mayo de 2020

Las Sirenas

Era la época del mijano y cierto día, la familia de Pablo decidió ir de pesca. Este anuncio puso feliz al joven porque gustaba mucho de esta actividad.
Su madre le dijo que irían a la Poza, que era un sitio del río bien conocida por ser muy profunda.  Allí el mijano de palometas y lisas comían de los frutos que caían de los ceticos.
Irían por la tarde para colgar las tramperas y pasarían la noche en una playa que se encontraba cerca al lugar.

Acabando de oír esto, el joven no perdió más tiempo, inmediatamente se puso a arreglar la trampera junto a su hermano pequeño quitándoles las hojarascas y ramas, y metiéndolas en un costal.

-¡Má, ya está listo la trampera!-gritó el joven.
-¡Ya hijo, vengan a almorzar ya para irnos!- respondió desde la cocina, Doña Elena, su madre.
-¡Pablo, tu plato ya está servido en la mesa!- Exclamó su esposa. 
En los pueblos generalmente la hora del almuerzo oscila entre las dos o tres de la tarde. 
Así que luego de disfrutar los boquichicos asados, acompañados con arroz y yuca, la familia entera se enrrumbó rio arriba en peque peque.

Llegaron a la playa y desembarcaron sus cosas y solo bajó la esposa de Pablo para cuidar de su pequeño cuñado y prender la candela para la cena.
El resto de la familia fue a colgar las extensas redes en las profundas aguas de aquella poza.
Gustosos veían a los peces saltar y boquear, comiendo los frutos que caían al río.

Mientras Pablo remaba lentamente, su madre y su padre soltaban las redes.
-Deberíamos venir más seguido a este  sitio- mencionó el joven.
-Sería bueno pero, el problema es que el mijano baja hasta salir al Ucayali- Respondió Don Carlos, su padre.
-Si hijo, por eso hay que aprovechar ahora, ya después salamos y soleamos el pescado, y tenemos para un mes.- Dijo Doña Elena.
-Aya má... ¿Y por qué no vino la tía Julia con nosotros?-
-Es que pasado mañana es su minga y está preparando su masato- Respondió ella.

Retornaron a la playa ya oscureciendo. Luego de cenar se metieron a sus mosquiteros a esperar para recoger las tramperas al día siguiente.
Pablo, acostado en su cama con su esposa, suspiró profundamente y se esforzó en conciliar el sueño. Afuera los murciélagos volaban en mancha, dormir en el mismo monte era fascinante: se podía oír los sonidos de todos los animales que habitaban en el lugar y uno que otro bufeo saltando en la oscuridad del rio.

Por la madrugada el joven sufrió una pesadilla, en ella oyó que una suave voz le llamaba desde la Poza.
Y cuando miró hacia allá, vio a dos hermosas mujeres desnudas, llevaban el cabello muy largo, eran blancas y de encantadora voz.
Como hipnotizado el joven salió de su mosquitero y caminó por la arena directo al rio. Con el agua hasta las rodillas, las mujeres riéndose coquetamente, se acercaron y le jalaron de la mano sumergiéndolo dentro del agua.

Mientras nadaban hacia las profundidades Pablo se dio cuenta de que, desde la cintura para abajo, en lugar de piernas y pies ellas
tenían enormes colas de pez.
Esto lo asustó pero, las sirenas lo calmaron con sus caricias, y pronto llegaron a un hermoso reino.
Allí había muchas otras mujeres hermosísimas como ellas, estas sonriendo se acercaban a tocarlo y a mirarlo.
También había enormes y coloridas anacondas, bufeos colorados en su forma humanoide y otros seres místicos y maravillosos que nadaban de aquí para allá.
Vio que vivían felices, en paz, y había abundancia de alimento y muchos tesoros.

-Deja a tu mujer y ven vivir con nosotras. Aquí nunca te faltará nada y jamás conocerás la muerte- Le susurró una de las sirenas.
Pablo aún sorprendido se recordó de su esposa y su familia. ¡No quería abandonarlos!
-!No, no, sáquenme de aquí por favor¡- Exclamó agitado. 
-¿Por qué quieres irte tan rápido?- preguntaron las sirenas mirándolo seductoramente.
Pablo se desesperó y quiso nadar hacia la superficie. 
-Te vamos a dejar ir pero, si un día quieres venir, solo lánzate a esta poza y nosotras te recogeremos- le dijeron las sirenas.

En ese instante el desesperado muchacho se despertó en su cama lanzando un fuerte grito.
Su esposa se levantó a verlo, y su madre también salió de su mosquitero a ver lo que sucedía.
-¿Qué le pasó hija?- preguntó parada desde afuera.
-Ha tenido pesadilla suegra. Está bien sudado.- le respondió su nuera.
Pablo jadeando dijo:
-He soñado con las sirenas, me querían llevar a vivir con ellas-
-Ay hijo, haz de orar antes de dormir, esos son espíritus malos- le dijo su madre.
-Ya mamita, a ver voy a tratar de descansar de nuevo- respondió el joven más calmado.
-Ya hijito, hasta mañana- se despidió Doña Elena.
Él se arrodilló a orar, abrazó muy fuerte a su esposa y pudo dormir tranquilo el resto de la noche.

Luego de aquella pesca, el joven no fue el mismo de antes. Andaba perturbado por aquella pesadilla y siempre solía mirar con melancolía hacia el rio. 
A veces, cuando iba en canoa a colgar la trampera, le parecía ver sentadas en algunas rocas de las riberas a aquellas sirenas. Estas se peinaban sus largos cabellos y cuando se daban cuenta de la presencia del joven, coquetamente le sonreían y se lanzaban al agua.

En casa, su mujer comenzó a darse cuenta de que algo no andaba bien en su esposo pero, esta no le decía nada. Mas bien callaba y le contaba todo a su suegra.
-Gracias hija, haz de avisarme nomás, ya mañana voy a hablar con él-. Decía la madre del muchacho.

Y ese mañana nunca llegó porque una tarde, Pablo desorbitado salió de su casa con remo en mano.
Se fue al puerto para tomar su canoa y comenzó a remar rumbo a aquella Poza donde había sufrido la pesadilla.
Cuando llegó, se formaron remolinos alrededor de su canoa, él simplemente se paró, y sin meditarlo se arrojó al agua.

Su familia nunca volvió a saber nada de él. Lo buscaron desesperados durante varios días y por todos lados pero, al final solo encontraron su canoa varada en medio de una palizada.

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▪Cuento: 
     Fernando Bartra
▪Gracias por la pintura al artista: 
     Amaro Serruche

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