Alto Aruya

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miércoles, 1 de julio de 2020

EL CAZADOR Y EL JAGUAR

En un lejano lugar de la selva, vivía una vez un cazador Ashéninka junto a su esposa y sus dos pequeños hijos. 
En cierta ocasión el hombre se fue al monte a revisar una trampa de aves que había dejado el día anterior.
Esta trampa se llamaba horcadera y constaba en cercar con hojas de palmera los senderos por donde las perdices y panguanas frecuentaban en busca de sus alimentos. 
Una vez hecho el cerco; en cada sendero se entreabría un poco las hojas y, en estos espacios se colocaban cuerdas de nailon con un nudo corredizo, de tal manera que las aves terminaban ahorcadas cuando intentaban pasar.

Aquel hombre caminaba tranquilo a través de la maraña con su arco y flechas en la mano. Atravesaba cristalinos riachuelos y con su presencia hacía huir a uno que otro venado que se le cruzaba por el camino.
A esas horas de la tarde, las diurnas aves daban sus últimos cantos y era todo un  maravilloso concierto de melodías que alegraban y enfriaban el corazón del selvático. 

Él anhelaba encontrar una perdiz azul para preparar con ella un delicioso caldo con yucas.  Esta especie se caracteriza por poseer un brillante plumaje azul en su pecho y también, por ser de un mayor tamaño.  

De repente, en medio de su trayecto un crujir de hojas secas lo detuvo. Volteó a ver a todos lados y no había nada.  Entonces continuó su camino hasta pasar por un lugar lleno de árboles de guavilla y, en cuyas ramas muchos monos pichicos se deleitaban con sus gordos frutos.
"La próxima vez voy a traer a mis hijitos para que vengan a recoger guavillas" pensó el cazador. 
Y mientras se alejaba del lugar se oyó un fuerte bullicio tras sus espaldas. Eran los monitos quienes chillaban alborotados como si hubieran visto algo que les había perturbado tremendamente.

Esta vez el ambiente se volvió un poco tenso; por el aire se percibía unos escalofriantes respiros que no provenían necesariamente del cazador. El hombre pausó la marcha, ya que de repente comenzó a sentirse vigilado por unos ojos procedentes de los matorrales. Volteó a observar a todos lados de nuevo y soltando un hondo suspiro aceleró el paso. 

Ni bien llegó a las horcaderas se puso a revisarlas una por una. En la primera; no había nada; en la segunda; una pequeña panguana pero, en estado de descomposición.
-Pucha, esta habrá caído temprano- se lamentó el hombre y antes de que pudiera dar un paso más, un fuerte aleteo le llamó la atención; más adelante, una gran perdiz azul había caído en la trampa. El ave trataba de huir y el cazador corrió a sujetarla cuando de pronto un poderoso rugido le puso los pelos de punta. 
Al tratar de mirar hacia atrás solo sintió un pesado cuerpo que se abalanzó sobre él y lo derribó al suelo. ¡Se trataba de un enorme jaguar!

Comenzó entonces una mortal lucha entre el cazador y la fiera; esta con sus garras trataba de sujetarlo y tomarle del cuello, mas el desdichado hombre se protegía como podía.  
Para suerte del cazador, ese día utilizaba cushma. Entonces tomó una de sus flechas e hirió al animal en el pecho. Este lo soltó y lanzó un fuerte gruñido, en ese momento el cazador sin saber qué hacer, se sacó su cushma y se la puso en la cabeza del jaguar.
La enfurecida fiera trataba de quitársela de encima y el hombre aprovechó para huir del lugar. 

Corría sin mirar hacia atrás; sorteaba árboles, saltaba troncos caídos, cruzaba arroyos, y por momentos creía escuchar los pasos del jaguar corriendo tras él.
Como loco salió gritando del monte hacia su patio donde jugaban felices sus dos pequeños hijos. De inmediato los tomó en sus brazos y los metió en la casa donde se encontraba su esposa tejiendo una canasta.

Cerró de golpe la puerta y exclamó:
-¡Kashekari! ¡kashekari!-*
Su mujer lo miró con los ojos bien abiertos mientras este caminaba de aquí por allá observando hacia el monte por las rendijas de la casa.
Estaba semi desnudo y ensangrentado, su pecho y piernas estaban llenos de arañazos y, en sus brazos tenía marcas de las mordeduras del jaguar. 

Ya estaba oscureciendo así que al ver que nada sucedía, salió a revisar todo el lugar. Luego juntó bastante leña y encendió una fogata en el patio para alumbrarse por la noche. 
Por su parte, su esposa le preparó algunos remedios para aliviar sus heridas y después, se puso a dormir a sus hijitos para que no hicieran ningún ruido, ya que seguramente aquella noche el felino seguiría el rastro del cazador hasta llegar a su casa.

El hombre pasó la noche entera cuidando de su familia y felizmente amaneció el día sin ningún suceso, apenas se habían escuchado algunos rugidos lejanos por la madrugada. 
Como ellos vivían solos en esa parte del monte decidieron mudarse rio abajo cerca de unos parientes suyos y allí construyeron su casa. 

Por otro lado, el cazador continuó yendo al monte hacer sus horcaderas. Pero en estas veces llevaba consigo una escopeta que había conseguido gracias a unos regatones que llegaron a la zona. 
De esta forma se sentía más seguro, ya que ahora podría defenderse de cualquier ataque, ya sea del mismo jaguar o cualquier otra fiera del monte.

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*Kashekari: Jaguar en idioma Ashéninka.

Cuento
▪Autor: Fernando Bartra

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